El día de la madre

por Alicia Pérez Gil

FEAT-ESCRIBIRTerminó el escaparate para el día de la madre con la angustia pintada en la cara: rosas, papeles de colores, claveles para los más humildes, centros complejos para los otros, margaritas para las mujeres más sencillas, hortensias para los arriesgados y carteles con bonitas frases preñadas de vacío.

Cuando subió a la primera planta, a casa, ya no lloraba. Había llegado al convencimiento, además, de que no volvería hacerlo. Llorar. Por fin se convertía en cierta la frase hecha; por fin se le habían gastado las lágrimas, que no el amor, aunque lo hubiera usado tanto. Sentía la piel seca y tirante bajo los ojos. Le ardía. Se pasó las manos de madre, suaves, expertas en caricias, delicadas, por las mejillas. Quería comprobarlo una última vez. No. Ya no lloraba.

La hora de actuar había llegado. La hora de que los pensamientos quedaran atrás, las ideas ingenuas que dieran pábulo a sus sueños de futuro merecían un entierro digno. La casita prefabricada escogida en las páginas del catálogo mientras Michel paseaba su calzón estampado en cuadros de vichí color celeste ya no existiría. No la comprarían. No pedirían ayuda con la fontanería al mejor amigo de Carlos ni usarían la colcha tejida por su abuela para cubrir la cama de su nidito. No habría nidito.

Para condenar de manera definitiva esas puertas necesitaba abrir una última. Se encontraba frente a ella, frente a la puerta del dormitorio de Michel. Conocía de memoria el trazo de lápiz que su hijo de cuatro años había borratajeado varios centímetros por encima de su cabecita con un rotulador permanente de la floristería. En realidad se las había apañado para dibujar, sin querer, una estrella estirada de tres puntas con un rabo en el lugar que correspondía a la cuarta. Carlos le había revuelto el pelo de la cabeza. Llevaba la ropa de estar en casa: un pantalón de pijama atado al desgaire con un cordón que le colgaba bajo la camiseta de manga larga con el emblema de una universidad. Ella notó que iba a llamar campeón a Michel e intervino con el tiempo justo para evitarlo.

Poco después Carlos desapareció y ella se hundió en los recuerdos de los buenos tiempos. Los conservaba en una caja de cartón decorada con fotografías en sepia de lugares que le habría gustado visitar. Él nunca volvió ni ella lo había buscado. Tampoco lo llamó para el velatorio del niño. No habrían podido soportarlo. Ninguno de los dos.

Abrió por fin la puerta. Contuvo la respiración pero de todos mudos hubo de sofocar el grito con la mano. Se apretó la boca como para asfixiarse. Todo permanecía igual, claro. Así debía ser puesto que nadie había entrado allí desde que sucediera.

Cogió los sacos grandes de basura y la cesta con los productos de limpieza. No imaginaba que dolería tanto. Se tomó un momento más para fijar el recuerdo: los bloques de construcción esparcidos por la alfombra con aviones, el edredón de coches de carreras, los cuadros de veleros blancos sobre fondo azul, el balón de plástico verde. Todo aquello debía partir. Todo. La ropa de cama, almohada incluida, no alcanzó a llenar la primera bolsa, así que la completó con peluches y cosas blandas. Cada muñeco una historia, cada juguete un momento.

Cuando no cupo nada más, la ropa, los zapatos , las últimas zapatillas que le había puesto, los calcetines impares porque Michel escondía las parejas en lugares inverosímiles para volverla loca, acabaron en un segundo saco negro. Al principio parecían no tener fondo. No era así.

Trataba de recogerlo todo con la eficacia de cada mañana, como si el pequeño fuese a regresar unas horas más tarde de la guardería, pero el corazón se le desbocaba  a veces. Como con el tarro de café lleno de piedras del río. Carlos le había ayudado a escoger las más redondas. Iban a dibujarles ojos con pintura de dedos. Aquel día su marido llevaba una camiseta de rayas de estilo marinero, mocasines amarillos y vaqueros remangados a la altura del tobillo. Ella vestía de pistacho y rosa como en un anuncio de felicidad. Las piedras nunca parpadearon.

La sexta bolsa se llenó, solo hasta la mitad, de libros repletos de grandes dibujos y solapas con sorpresas. A Michel no le gustaban, pero Carlos y ella compartían la opinión de que debían educar su gusto por la lectura. Además, ambos disfrutaban con los colores y las texturas; con las formas exageradas y las historias simples. Tenían todo eso en común.

Se pasó la mano por la frente. No lloraba no.  Tenía calor, pero no sudaba. Se había quedado seca por dentro. Tan vacía como la habitación de su hijo muerto.

Metió las bolsas  en la parte trasera de la furgoneta de reparto. Todo se encontraba en buen estado y no  quería decidir todavía qué haría con ello. De vuelta a la casa se fijó en los pensamientos recién plantados. Debía trabajar en ellos, cubrir las calvas entre las hojas.  Debía seguir adelante, que el camino hacia la tienda pareciese de  cuento, con sus lirios amarillos, espigados, tan británicos incluso en el clima tórrido de Madrid. Sus clientes buscaban consejo para mantener verde el césped y poblados sus parterres. No  verían el dolor, sino el trabajo chapucero.

Cuando terminó de limpiar la habitación no quedaba nada de Michel en ella. Podría no haber existido jamás. Ni el más ligero resto de aroma, ni una señal. Solo el borratajo en la puerta. Eso no podía eliminarlo.

Por la mañana se despertó a la hora de siempre, miró por la ventana mientras la cafetera italiana hacía su trabajo. Los pensamientos florecían  en docenas de tonalidades, sí, pero no soportaba las calvas. Nadie soportaría esas calvas. Se prometió que no pasaría el día sin arreglar el desastre.

Pero antes debía hacer la llamada.

Los agentes la encontraron desecha en llanto porque las lágrimas habían acudido a la llamada de la cebolla. Les repitió cien veces que tenían que encontrarlo, que tenía que haber sido su padre, que Carlos se lo había llevado. Con todas sus cosas.

—No me ha dejado ni su olor —gimoteó.

Luego les enseñó una carta antigua, de cuando comenzaron a verse en la universidad de la que no se vendían camisetas.

“Te amaré tanto que, si me faltas, si sintiera que has dejado de quererme, te quiaré todo lo que te haya dado y así, en mi ausencia absoluta, comprenderás el sentido de mi presencia pasada.”

La firmaban los dos.

Como los libros de familia.

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