Ayudar o no ayudar

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIR

El 16 de junio de 2011 escribí esto:

De ratones y hombres

Madrid, ocho y cuarto de la mañana.

Intercambiador de la Avenida de América

Llega el 122, estaciona en su dársena. El conductor espera a que bajen todos los pasajeros, abandona el vehículo y lo cierra a su espalda. Sin embargo el autobús no está vacío, un chico con gafas y camiseta roja se ha quedado dormido. Cuando despierta se encuentra encerrado en el bus.

Mis compañeros de fila y yo le miramos como a una carpa dorada en una pecera; es decir, como si ver personas encerradas en autobuses fuese un asunto doméstico.

El muchacho se lo toma con cierta calma.

Yo sé cómo se abre el autobús desde fuera y me planteo dejar mi puesto en la fila para permitir que el chico baje. Me lo impide el miedo a que el conductor reaparezca inopinadamente y me eche la bronca. Miro al chico, miro el botoncito rojo que he visto accionar a la docena de conductores de autobuses que me han tenido esperando mientras aliviaban sus necesidades  en cafeterías cercanas  y pienso: el chico se queda dormido, el conductor no mira si el autobús va vacío y ¿tengo que ser yo quien se sienta responsable por hacer algo al respecto?

Sigo mirando el botón rojo y al muchacho de la camiseta roja. El rojo es señal de peligro, señal de prohibido, augurio de sangre. Sí, mi cabeza es una jungla salvaje, pero yo no soy Lorelai Gilmore y retomo mi hilo principal: si no me acerco a abrir la puerta, que es lo que me piden todas las células de mi organismo, querrá decir que soy una cobarde, egoísta, patética y gris ciudadana que no es capaz de arriesgar ni el mínimo por un bien ajeno (a estas alturas el chico de rojo parecía preocupadillo). Formaré parte de toda esa masa de personas incapaces de mover un dedo por sus vecinos. Seré una de esas ciudadanas anónimas que siempre me hacen abrir los ojos de par en par en las películas porque pasan de largo ante una persona herida en la calle.

(Sí, mi capacidad para el drama es infinita)

En cambio, si me acerco a abrir la puerta, querrá decir que aún me queda esperanza. Quizá si tengo esa esquirla de valor –un valor enano, diminuto, de andar por casa- y la uso, la esquirla crezca y yo me convierta en una persona realmente valiente. Quizá si hago esta pequeña cosita, se abra la puerta a cosas mayores.

Así que dejo mi bolsa  verde guardando mi sitio en la fila, me acerco al autobús, pulso el botón rojo, la puerta se abre, el chico tarda 5 segundos en darse cuenta de lo que ha pasado, sale del bus, me da las gracias, cierro la puerta, vuelvo a mi sitio en la fila y espero otros diez minutos a que aparezca el conductor del autobús.

Y ni un milímetro de corteza terrestre ha temblado con todo el asunto.

He leído los comentarios a la entrada de Facebook y me he encontrado varios de “muy bien, Ali”. También este:

Te la has jugado Alicia. Te llega a pillar el conductor y seguro que has incumplido alguna ley súper importante de vida o muerte. Y si te toca un conductor cabrón a lo mejor hasta te denuncia y podías haber acabado pagando una multa de seis mil euros. Otro día no te muevas de la fila, que nadie se ha muerto por estar quince minutos encerrados en un autobús. Y ¿tú crees que el de la camiseta roja lo hubiera hecho por ti? Por Dios, un tío que se queda dormido mientras la gente sale y no se entera. Y te dio las gracias. Te tenía que haber dicho “te invito a desayunar” o algo así. Pero te da las gracias y se pira, menudo elemento. Haberlo dejado ahí encerrado hasta que se hiciera pis encima y luego que lo hubiera tenido que limpiar el conductor por huevón, y encima hubierais podido presenciar una buena pelea. No vuelvas a hacer eso! Otra cosa es si alguien está herido o enfermo o una embarazada de ocho meses y medio que se tropieza y cae redonda en la acera y la gente pasando por al lado sin ayudarla y sin decirla nada y ella llorando en el suelo (esa fui yo). Pero un pringado que se duerme en el autobús? Haber andao más despierto. Por cierto, te podía haber dado veinte euros, ya que te has jugado tener antecedentes (seguro que es un delito lo que has hecho).

Esta fue mi meditada y comedida respuesta. Y la pego aquí porque pienso, después de cinco años, lo mismo:

Como dijo Melania Hamilton: Ashley podría estar vagando por esos caminos del norte, y ¿Quién sabe si alguna mujer no estará haciendo lo mismo por él?

Lo cual, en todo caso, no es el motivo por el que yo abrí el bus. Lo abrí porque me lo pedía el cuerpo. Por lo mismo que si veo a un guiri mirando un mapa con cara de puzzle me acerco y le pregunto si puedo ayudarle, el mismo motivo que me impulsa a ayudar a la gente a subir los carritos de bebé, las maletas y etc. por las escaleras del metro…
 
A mí me han ayudado en muchas ocasiones cuando lo he necesitado. Cuando me volví de Londres, agotada tras una experiencia personal devastadora, sabiendo que volvía al infierno de la casa materna, fracasada, sin un duro en el bolsillo, sola y avergonzada, lo hice con una maleta de cien kilos. Siempre hubo alguien junto a cada tramo de escaleras que me ayudó a subirla. Por ejemplo.

También hay gente que no mueve un dedo por nadie, pero como yo no quiero que el mundo sea así, me toca ponerme en el grupo de personas cuyo perfil quiero que sea el predominante: las generosas.
 
¿Haría él lo mismo por mí? Si esperar que la gente se comportase según mis estándares determinase mis acciones, lo más probable es que me quedase en la cama de por vida.

Y luego está el otro motivo: no hacerlo habría sido cobarde. Y hay ya demasiadas cosas que no hago por cobardía.

O sea que, como siempre dije, la generosidad empieza, y casi siempre termina, por uno mismo.

Pero es muy pronto para esto ¿no? 🙂

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