Ser comedor compulsivo

por Alicia Pérez Gil

FEAT-AMARSEComer no siempre es un placer.

Uno de los libros de referencia sobre el tema, de Espido Freire, se titula “Cuando comer es un infierno”. Habla de trastornos de la alimentación y lo hace desde la experiencia, la honestidad, la sensibilidad y la desmitificación. Es bueno, lo recomiendo. Como recomiendo, por ejemplo, seguir leyendo este artículo.

Porque no todos los trastornos de la alimentación son tan tristemente famosos como la anorexia y la bulimia, lo que quiere decir que son menos visibles; por tanto también se comprenden menos. Tanto por parte de quienes los sufren en primera persona, como por parte del entorno.

Yo no los conozco todos, pero sí hay uno que me es muy familiar: la compulsión y la adicción a los hidratos de carbono.

Hace ya unos años busqué ayuda en un grupo cuyo funcionamiento se basaba en los doce pasos de los AA. Se llamaba “Comedores Compulsivos Anónimos”.  La experiencia no me gustó. Para empezar porque los doce pasos se basan en una confianza ciega en la ayuda de Dios a la hora de terminar con una adicción humana y yo con Dios tengo mis desavenencias, así que no me fío de él. Sin embargo lo peor de la experiencia fue el vertido en grupo de las miserias de cada uno. Como era mi primera vez no tuve que hablar. Como no he vuelto, no he hablado.

Cada persona presente contaba cómo había pasado el mes anterior, si había recaído en…

Pero, claro, no os he contado en qué consiste ser un comedor compulsivo.

Los comedores compulsivos tienden a contestar que sí a varias o muchas de estas preguntas, las quince preguntas. Las respuestas son mías, a modo de ejemplo.

  1. ¿Come usted sin tener hambre?

Sí. Como para castigarme, para premiarme, para evitar el aburrimiento, cuando me siento sola, cuando estoy frustrada o para quedar bien con las personas con las que estoy.

  1. ¿Se da usted atracones de comida sin razón aparente?

Bueno, yo sé por qué como, aunque a los demás les podrá parecer que no hay razón para hacerlo. Como para no escribir o para no pensar en una preocupación real porque si como engordo y puedo echar la culpa de mis fracasos a mi sobrepeso, lo que evita tener que enfrentarme a ese mismo problema real. Es decir, como para eludir mi responsabilidad ante la vida. Oh, yeah, baby.

  1. ¿Tiene usted sentimientos de culpa y remordimientos después de comer en exceso?

A estas alturas tengo sentimiento de culpa incluso cuando no como. Si como en exceso es una culpa conocida, así que ahora me siento culpable cuando como de manera saludable porque el sentimiento de culpa es una parte de mi identidad.

  1. ¿Dedica usted demasiado tiempo y atención a la comida?

Pues muchas horas al día, sí. Desde que abro los ojos y pienso en qué desayunaré, qué tomaré a media mañana y qué comeré. Pienso en que no tomaré nada a media tarde, que eso despertará mi ansiedad y que luego tendré que compensarlo. Durante la comida pienso que comer está mal y después de comer pienso que no debería haber comido. Sí, algo de tiempo le dedico.

  1. ¿Anticipa usted con placer los momentos en que pueda estar solo para comer?

Con placer y con auténtico terror. Me da miedo no ser capaz de controlar mi ansia de comida, me da tiempo de que la gente deje de quererme cuando me vea comer.

  1. ¿Planea usted de antemano estos atracones secretos?

Oh, sí. Planeo qué y dónde voy a comer algo “prohibido” y me siento fatal mientras lo hago y me digo que no lo haré pero ¿sabéis qué? Al final como.

  1. ¿Come usted con mesura cuando está con otras personas y se desquita cuando está solo?

En cuanto tengo la oportunidad, sí. Esas cajas enteras de galletas, por ejemplo, que caen una a una a medida que avanza mi serie del momento. Sí.

  1. ¿Afecta su peso a su manera de vivir?

Bueno, solo me odio. Menos cuando bajo de peso y me encuentro monísima. Entonces me siento tan extraña y tan farsante que hago lo posible para volver a engordar. Porque yo soy gorda y las gordas no adelgazan, no. Las gordas son gordas. Que quede claro.

  1. ¿Ha intentado usted de hacer dieta durante una semana (o más) sin haber logrado su meta?

Cientos de veces. De hecho estoy a dieta ahora.

  1. ¿Le molestan a usted los consejos de otras personas que le recomiendan “un poco de fuerza de voluntad” para dejar de comer en exceso?

Los mataría a todos ellos. Pero como el homicidio está penado, he decidido escribir un poco al respecto. Porque esto no es una cuestión de voluntad, es una enfermedad de difícil curación. No como porque me gusta, como porque me compensa. Y los mecanismos de compensación no te los desactiva un artificiero, no. Los desactivas tú, con ayuda. Porque el enemigo es tu cabeza, no un grupo terrorista. Tu enemigo es quien mejor conoce tus debilidades. Comer compulsivamente es como una posesión diabólica ante la que te encuentras, la mayoría de las veces, inerme.

  1. A pesar de la evidencia en su contra, ¿sigue usted afirmando que puede hacer dieta “por sí mismo” cuando lo desea?

Jajajajajajajajajajajajajaja.

Sí. Estoy a dieta.

  1. ¿Siente usted ansias de comer a una hora determinada del día o de la noche, además de a la hora de comer?

Por lo general a media tarde y cuando llego a casa del trabajo.

  1. ¿Come usted para huir de las preocupaciones o de los problemas?

Esto ya lo he explicado más arriba, pero vamos, que sí.

  1. ¿Alguna vez le ha tratado su médico por exceso de peso?

Alguna, sí.

  1. ¿Su obsesión por la comida le hace infeliz a usted o a otros?

Pues sí, pero no vamos a hablar de otros. Mi obsesión por la comida me lleva a pensar que no soy digna de amor, que no me merezco ser feliz. También me hace juzgar a los demás según esos mismos criterios. A riesgo de que me juzguéis en pago, confieso que cuando veo una pareja formada por un chico delgado y una chica gorda salta mi alarma antigordas (no es antigordos, no. Lo tengo estudiado). Pienso que la relación está enferma y que no hay amor. Es uno de esos sesgos deleznables. Suelo cazar el pensamiento al vuelo, lo tiro a la basura y me agredo por ser tan idiota. Claro que sé que el amor no viene determinado por el perímetro. Y claro que veo hombres enamorados de mujeres obesas y se me cae la baba de la ternura. Es el demonio ese, contra el que me pego a diario, muchas veces al día.

Explicada la cosa de la compulsión, continúo. En el grupo cada una contaba cómo le había ido el mes, si se había dado algún atracón, si no… Todas las asistentes eran mujeres de estrato social bajo, gordas, mal vestidas y con historias terribles a la espalda. Y yo me sentía identificada con todas ellas. Todas sufríamos lo mismo. Una impotencia que deriva en fragilidad cuando se trata de comida.

No me sentí cómoda. Una de las razones por las que como es porque no conecto bien con mis emociones y aquello supuraba emoción. Y se trataba de emociones dañinas, negativas, que no venían acompañadas de nada más (ni de nada menos), que de la aceptación de los demás de que aquello era así. Nadie proponía soluciones ni fórmulas. Una contaba una historia tremenda y todas las demás la aceptaban.

Repito: Una contaba una historia tremenda y todas las demás la aceptaban.

Y así es como me gustaría que todos actuásemos respecto a todo, claro, pero en este caso y sobre todo, respecto a las personas con adicciones tan socialmente integradas que no parecen problemas.

Si alguien os dice que no puede dejar de comer y que por tanto prefiere no empezar, que no quiere una patata frita, que no va a cenar pero que pidáis vosotros lo que queráis, no insistáis ¿vale? Porque decir que no es difícil la primera vez, pero casi imposible la tercera.

Y si veis que vuestro compañero de mesa, o compañera, se pide dos postres y luego un tercero, no se lo hagáis notar. Ya lo sabe. Uno no se come tres raciones de tarta sin darse cuenta. Si queréis echar una mano, hacedlo en privado y con cuidado, porque tratáis con un adicto, con alguien que no es capaz de controlarse (coño, si lo fuera no se comería tras raciones de la famosa tarta. Creedme, el estómago nos duele, como a todo el mundo).

Y aquí sigo, con la cosa de que soy Alicia, soy comedora compulsiva y llevo sobria un día.

Besos y eso.

 

 

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