Mamá Celestina

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIRNo he encontrado el enlace a este texto que publicó El Diario Montañés el domingo 17 de agosto de 2014. Hace ya casi dos años, yo trabajaba en una empresa en la que debía leer ese medio a la busca de recortes de prensa relacionados con nuestro sector o nuestro presidente. En ocasiones encontraba cosas muy interesantes. Ahora que estoy haciendo limpieza he juntado un buen montón de páginas que quiero compartir.

Estas pocas palabras pertenecen a Alejandro Pedregosa (http://alejandropedregosa.es/) y se publicaron en la sección “Sangría de Verano”. Muy adecuado todo.

Transcribo.

Yo les hablo desde el interior de la tierra pero no sé si ustedes me oyen. Aquí llevo muerta más de diez días, desde que el Cejijunto Sempronio nos echó a la fosa con un saco de cal encima. Temía que alguien pudiera reconocernos si la casualidad o una alimaña nos sacaba tierra afuera. Demasiados esfuerzos se tomó pues la Hondureña y yo ya veníamos desfiguradas por tanto golpe y tanta brutalidad como nos infringieron. Se me hace que la Hondureña está más muerta que yo, pues en todo este tiempo no ha dicho palabra; y ya es raro pues me llegan otras voces de mujeres que están más lejanas, voces que no conozco y que hablan de soledad, de martirio, de hombres…

Desde aquí abajo veo los zopilotes revoloteando en busca de carroña, las serpientes arrastrándose de matorral en matorral e incluso siento la convulsión de la tierra cuando pasan veloces los carros en busca de la frontera… Ni la Hondureña ni yo llegaremos ya nunca  a los “Estados”, nos hemos quedado aquí, bajo el desierto mejicano, a poco menos de cincuenta kilómetros.

Nos conocimos en Guatemala y atravesamos juntas todito México. Dicen que es un país relindo y puede que estén en lo cierto; a nosotras no más nos dio tiempo a conocer la extorsión, los golpes, los abusos… las mismas barbaridades, curiosamente, que dejé allá en El Salvador, con lo que digo yo que podrían ahorrarse las fronteras y los visados pues, al cabo, la policía te maltrata en todos sitios por igual. Aun así, mientras tengas un poco de plata en el bolsillo siempre hay opciones de sobrevivir, los problemas comienzan cuando te quedas pobre de solemnidad, algo que a nosotras nos ocurrió en la parte alta de Chiguagua.

Pasamos tres noches durmiendo en la calle. Mientras la una dormía la otra vigilaba. Al cuarto día alguien nos habló del albergue de la Mamá Celestina, una especia de hospedaje para migrantes y desdichados donde te dejan vivir un tiempito de la caridad mientras consigues buscarte los pesos necesarios para contratar un buen “coyote” con el que pasar al otro lado de la frontera.

La Mamá Celestina es una vieja bien regorda y patizamba que siempre anda acompañada de Pármeno y Sempronio, dos sobrinos cejijuntos, que la ayudan con el majeo del lugar. El albergue estaba lleno, solo quedaba un catre en una habitación atestada de gente. A nosotras nos bastaba y dimos gracias al cielo por habernos encontrado finalmente un corazón cristiano en nuestro desdichado viaje.

El afecto hacia la mamá Celestina fue creciendo con los días pues, a pesar de la precariedad, siempre encontraba para nosotras un detalle con el que alegrarnos la jornada: una pastillita de jabón, un poco de perfume… Una mañana nos propuso quedarnos con ella; nos pondría una habitación con dos camas a cambio de llevar la limpieza y la cocina del albergue. El trato nos pareció justo; al fin y al cabo la frontera quedaba ahí mismito, incluso nos vendría bien tomarnos un tiempo antes de emprender el salto definitivo a los “Estados”. En mala hora le dijimos que sí.

Esa misma noche Pármeno y Sempronio, que ya venían mirándonos con ojos turbios, se mamaron bien de tequila y se colaron en nuestra habitación para encamarse con nosotras. Conseguimos sacarlos a empujones y a la mañana siguiente acudimos a Celestina en busca de protección. Pero la vieja nos salió con tímidas disculpas y extraños disimulos: “Ay, pues ya sabéis cómo son los hombres… Ni modo cuando se ponen testarudos… mirad que sois dos chavalas rebonitas y la frontera, sin un hombre al lado, es un sitio peligroso… Aquí no os va a faltar de nada…”. Sus palabras nos asustaron más que el empeño de los sobrinos y esa misma tarde, a escondidas, abandonamos el albergue.

Mala decisión porque los cejijuntos se sintieron agraviados, y en la siguiente borrachera se lanzaron en nuestra búsqueda por toda la comarca. Querían dejarnos bien claro que dos machos mejicanos pueden hacer lo que les venga en gana con dos indias pobres de la gran chingada.  Y le juro, Hondureña, que nunca pensé que fueran a matarnos. Ni en el fragor de los golpes, ni en los insultos constantes, ni siquiera cuando se cebaron en nuestros cuerpos con costumbres más propias de animales. Nunca. Porque, dígame usted, Hondureña ¿qué ganaban pegándonos un tiro? ¿qué ganaban?

No me contesta, amiga. Acaso los gusanos de la tierra se le comieron ya los oídos. Mejor así. Yo en cambio veo el mundo desde aquí abajo y escucho las voces de otras mujeres que no deben de andar muy lejos de nosotras. Toditas hablan en castellano. En eso conozco que tampoco ellas alcanzaron la frontera.

MAMÁ CELESTINA

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