La foto de los violadores

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIR

Hacía mucho tiempo que no me asustaba tanto como hace un rato, cuando he visto la foto de los violadores detenidos en San Fermín.

Son cinco hombres ¿muchachos? No sé qué edad tienen, no lo he leído, he preferido no hacerlo. En cualquier caso son cinco perfiles masculinos que podrían corresponder a cualquiera de los hombres de mi entorno. Mi novio, sus amigos, mis compañeros de trabajo… cualquiera. Sobre todo porque sus caras están pixeladas y no puedo agarrarme a los rasgos definitorios del monstruo.

Ese es el problema y de ahí viene el miedo: no son monstruos. Son tipos normales. Llevan camisetas blancas de las fiestas, vaqueros y beben cerveza. Como todos los chicos que conozco. Son personas normales que han llevado a cabo un acto monstruoso. Un acto monstruoso normal.

Cinco hombres (¿muchachos?) han violado a una chica de 19 años en el transcurso de una fiesta popular porque eso es lo que se hace, porque se puede hacer. Ayer compartía una frase de esas de red social que hablaba de los piropos callejeros, de que un piropo callejero no es una muestra de admiración sino un alarde de poder.

Una violación no se perpetra por deseo sexual, estoy segura. A esos cinco no se les puso dura porque la muchacha fuera una belleza. No sé si lo era. Esos cinco se vinieron arriba porque podían.

En un mundo en el que no se puede nada, los hombres normales que no pueden nada ejercen ese poder físico, bestial, sobre mujeres que pueden menos. Es así. Se ve a diario.

No todos los hombres, está claro. Algunos se conforman con ejercer el poder del improperio callejero y otros, los hombres de verdad, tratan a las mujeres como lo que somos: personas. Me precio de conocer a un buen puñado de estos últimos.

Me asusta no saber a cuántos de los otros conozco.

Este miedo no es compartido por los hombres. Los hombres no cambian de acera cuando en su camino hay un grupo de otros hombres. Los hombres no piensan si se les ceñirá demasiado la camiseta al pecho. Los hombres quizá teman una paliza. Las mujeres somos educadas con el miedo a que nos tiren al suelo y nos abran de piernas. Es así.

Cuando camino de noche por esas calles porque, por Dios, tengo 42 años y derecho a llegar a mi casa a la hora que me de la gana, no temo que me roben, ni que me empujen, ni que me magullen. Temo que llegue un tío, que lleguen dos, y que me bajen las bragas. Es un miedo real. En mi cabeza siempre les hablo. Siempre les digo que, si van a violarme, mejor me matan. Porque si no les mataré yo. Antes o después, de una manera o de otra. Porque en ese momento no podré, podrán ellos conmigo. Pero ya llegará el poder.

Es lo que me digo para dar el siguiente paso y luego el otro, hasta que llego a mi portal y me aseguro de que la puerta queda bien cerrada a mi espalda.

En Madrid, un fin de semana normal, sin fiestas populares ni circunstancias especiales.

No conozco a ninguna mujer que viva sin ese miedo.

Ahora venid a hablarme de igualdad.

violad

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