Los objetos inquietantes no brillan

por Alicia Pérez Gil

FEAT-ESCRIBIRsin embargo no les gusta el polvo.

La parte chata de una cabeza de martillo, de uno de esos martillos pesados, de metal, de los que te dejan la uña negra en menos de lo que tardas en cagarte en los muertos del tío que lo fabricó, no brilla. Salvo si la usas con mucha frecuencia. En otro caso se acumulan sobre ella polvo, suciedad, tiempo o las tres cosas. Las cajas de herramientas no suelen servir como salón de baile a  productos de limpieza y manos enguantadas. En sus esquinas se acumulan diminutas virutas metálicas, polvo de lija, cadáveres desechados por las arañas domésticas, facturas de tornillos y pequeños objetos de existencia esquiva. Echa un vistazo a la tuya, a tu caja. Puede que te lleves alguna sorpresa.

¿Has visto esos programas que enseñan las casas de gente que las atiborra con bolsas llenas de sus propios excrementos? La mierda no brilla. Lo que deja sin explicación que nos lancemos sobre ella como urracas.

Algunas personas extrañas compran cosas y las ponen en sitios donde otros puedan verlas. Cosas como cuadros pintados hace cientos de años. Otras personas se ganan la vida explicando lo que se ve en esos cuadros o cómo se fabricaban los pigmentos con que fueron pintados. O que una mujer dibujada junto a un perro de aguas era una buena esposa pero otra dibujada junto a un laúd de cuerdas rotas era una zorra.  Los objetos tienen su propio lenguaje. Igual que no dejas a un crío en pañales junto a un mastín que muestra los colmillos babeantes, no lo dejas al lado de una muñeca de porcelana cuarteada. Hay que tener cuidado con los cuerpos cortantes.

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