Limpieza de otoño

por Alicia Pérez Gil

FEAT-LEERLa ignorancia tiene sus recompensas.

Por ejemplo, si ignorabas que una antología de Silvina Ocampo anidaba en tus estanterías a la espera de ser descubierta, puede que la encuentres durante una limpieza en profundidad y que decidas leerla.

Los libros que se han ido

Ayer bajé a la basura, en pulcras bolsas de plástico, para que no sufrieran con la lluvia, más de 200 libros. A los pocos minutos desaparecieron, así que no os doláis por ellos: alguien más los está disfrutando.  Había leído casi todos; desde “El Señor de los Anillos” hasta “Trópico de Cáncer”. Muchos de ellos habían marcado etapas largas de mi vida y/o configurado alguna de mis identidades.

Y sin embargo.

A pesar de que eran buenos libros, libros disfrutados, libros vividos, no quedaba espacio para ellos en mi habitación.

El criterio para decidir si sacarlos de casa no ha sido único y, desde luego, no ha sido ortodoxo:

  • Te adoré pero tengo que seguir adelante sin ti: fuera.
  • Eres muy bueno pero lo que tienes ya no es para mí: fuera.
  • Eres más malo que todas las cosas pero sonrío todavía cuando veo tu lomo (Sí, “La forja de un mago” se ha quedado como último bastión de la obra de Margaret Weiss): dentro.
  • No te terminé, pero creo que debo darte una oportunidad porque para mí que te guardas algo útil: dentro (Diario de una escritora, Virginia Wolf).
  • Ni te he abierto, pero no pierdo la esperanza: dentro (Pavese, “El oficio de vivir”)
  • Quiero conservarte, pero no quiero que acumules polvo y te he encontrado en versión digital: fuera (docenas, literalmente)
  • He tirado casi todos tus títulos, pero todavía nos une una sólida piedra de color azul y además no dueles: dentro (M. Duras, Henry Miller)
  • ¿Y tú que tenías escrito?: Fuera
  • ¿Pero a quién quería engañar cuando te compré?: Fuera
  • Primo Levi: dentro.

Me he quedado con unos 50 libros de ficción que irán desapareciendo a medida que lleve a cabo mi proyecto: a saber, leerlos todos y quedarme solo con los que de verdad ocupan un puesto en mi Olimpo de los libros. “Nación” va a quedarse ahí y tengo en digital Terramar, pero no en papel, así que habrá que comprarlo. Me he quedado con “La hora violeta” en catalán. Un regalo. No pasa de 2017 que lo lea.

Este es, quizá mi mayor proyecto para 2017: asegurarme de que no queda en mi habitación ni un solo libro cuyo lomo no me produzca alguna reacción positiva.

Porque he pasado muchos años rindiendo culto a dioses falsos. Yo no adoro los libros, no adoro las cosas. Me gusta aprender, me gustan las historias y, si las historias están muy bien construidas o encierran un significado especial para mí, entonces sí. Entonces quiero tener la referencia a mano para pintarla de colores (literalmente, con pinturas y rotuladores). Si no, asumo que mi cabeza se quedará con lo que necesita. Pero mi cabeza, no mis muebles.

Diarios que no están.

Este es mi segundo gran proyecto para 2017. Ya he tirado todos los diarios anteriores a 2016, excepto aquellos que contienen ideas para relatos o embriones de novelas. El reto es extraer la ficción que haya en su interior y tirarlos también. En segundo lugar, leer los de 2016 antes del 31 de diciembre y deshacerme de ellos.

A los 12 años comencé a escribir mi diario. No lo hago de manera obsesiva y he aprendido algunas cosas durante el proceso: la primera es que cuando escribo pienso más despacio y eso me ayuda a entender mejor lo que pasa en mi cabeza. Otra es que disfruto mucho escribiendo a mano. Tanto, que he descrito ese placer muchas veces. La tercera y quizá más importante es que solo releo lo que escribo cuando me siento mal.

No disfruto de la lectura de mis diarios. Recurro a ellos de manera morbosa, para comprobar lo mucho que he perdido o lo mucho que he desperdiciado a lo largo de los años. Es decir, lo hacía hasta anoche, que bajé dos grandes bolsas de basura al contenedor de papel. Reconozco que me acosté con la angustia de no saber si había hecho bien. Todavía no estoy segura al respecto, pero sí sé algo que ayer no sabía:

No importa.

Viajé por Japón y recopilé sellos en todas las estaciones de metro, los estampé en mi cuaderno, el que usaba para tomar notas del viaje. ME ENCANTÓ HACERLO. Recuerdo la diversión de la búsqueda, las bromas con Emilio, la satisfacción al estampar cada uno de ellos. Ayer vi la libreta y los sellos. No había vuelto a tocarla desde que la guardé en 2014. No había vuelto a disfrutarla.

Esas páginas cumplieron una función muy específica y luego ya no, así que me despedí de ellas y liberé el espacio que ocupaban. No he perdido nada en el camino, al contrario, he aprendido que importa el presente, que enlatar recuerdos no sirve para que vivan más tiempo, sino para desgastarlos.

Las cosas son como las flores: si las arrancas se mueren, si las compras no son más bellas ni te dan más placer: sólo las posees y así también se desgastan. Al menos las cosas que no usas, las que se quedan al fondo de un cajón para ser, más pronto que tarde, olvidadas.

Hace tiempo que decidí que no compraría cosas solo porque fueran bonitas. El mundo está lleno de cosas bonitas y basta salir de casa y meterse en una tienda para verlas y tocarlas. Casi nada de todo eso merece la pena lo suficiente. He dejado de comprar muchos objetos por ese motivo, pero no me había parado a deshacerme de lo acumulado.

Con mis diarios pasa igual: los años llegan, pasan, se van, te cambian, o haces tú por cambiar. Atraparlos entre palabras, pegarlos al papel no evitará que mueras.

Disfruta y libera. Nada queda al final.

Esta mañana, al fin, he leído un relato de Silvina Ocampo, “La red”, y he comprendido que este libro cuya existencia ignoraba ocupará, al menos durante algún tiempo, el lugar de algunos otros que combaban mis estanterías y un poco, también, mi alma.

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