Brangelina o el triunfo de los humanos

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIRHace muchos, muchos años, en ese país muy lejano donde se fabrican los sueños, el príncipe azul conoció a la chica de al lado. Tuvieron una bonita relación, se casaron. El matrimonio duró un lustro. Hubo muchos motivos para que la historia de amor terminara, pero el que nos importa mide muchos cm de altura y es protagonista de muchos sueños húmedos. Aparece pues una princesa bella y oscura, lejana como una estrella de los Años Dorados y la chica de al lado queda sola, con sus pequeños ojos pardos anegados en lágrimas.

El príncipe azul se casa con la princesa oscura y, diez años después, ese matrimonio también se rompe.

¿Por qué se inunda internet con memes que muestran una supuesta satisfacción de Jennifer Aniston? ¿Por qué esa inquina contra Angelina Jolie? ¿Envidia?

Yo creo que no. Yo creo que, sin entrar en casos particulares, a las mujeres del mundo nos ha parecido que el divorcio de Brad y Angelina es un caso de justicia poética.

Jennifer Aniston, oculta bajo la pátina de Rachel Green, nos parece una chica normal, guapa, delgada, que ha tenido éxito a pesar de ser, sobre todo, eso: NORMAL. No es muy alta, ni una gran belleza. Es divertida, un poco histérica, hace papeles de comedia romántica, parece cercana, es imperfecta. Resulta fácil identificarse con Jen. En fin, se trata de teñirse el pelo, de adelgazar un poco o de ponerse pechos, o de operarse la nariz, vestir vaqueros y camiseta blanca. No es mucho pedir, no es inalcanzable. Es un objetivo aparentemente realista y el premio lo merece. En pocas palabras: la boda de Brad y Jen fue la boda de todas nosotras, las chicas normales, con el hombre por excelencia.

Es el triunfo de la mujer normal, de la mujer trabajadora. Recordad la pátina de Rachel Green, esa chica rica que renuncia al dinero de sus padres, comienza a trabajar de camarera y termina teniendo cierto éxito en el mundo de la moda. Ahora sed sinceros y reconoced que es imposible hacer la separación Aniston-Green. Así que una de nosotras se he llevado el premio gordo. Chicas: Brad es nuestro porque, como todo el mundo sabe, cuando marca una, marca el equipo.

Entonces, tras cinco años de bello matrimonio, Brad deja a Jen porque, parece ser, Jen no quiere tener hijos. Y además Angelina, la princesa bella y altiva, que ya es madre, entra en escena.

¡Venga hombre ya! Tener o no tener hijos es una opción de las mujeres normales ¿no? ¿No nos han enseñado que la maternidad ha dejado de ser obligatoria? ¿No es acaso cierto que una mujer tiene mucho más que ofrecer a un hombre que su capacidad procreadora? ¿Qué pasa con el amor? ¿Dónde queda el valor de la simpatía, la gracia del histerismo doméstico? ¿Qué pasa con estos cinco años que te hemos dado?

Pues parece que nada de eso vale, en realidad.

Y nos sienta mal porque queremos ser amadas por nosotras mismas, con nuestras imperfecciones, nuestra ambición y nuestro deseo de ser madres o la ausencia de él. Habría sido duro si Brad nos dejara sólo porque quiere ser padre, pero es que además nos deja por una madre hermosa como la noche.

Y no es justo.

No es justo que una mujer de belleza inigualable, un modelo inasequible, aúne además los atributos de la mujer tradicional. En serio, tía, Angelina, estabas destinada a ser una díscola y alocada mujer promiscua, no una madre adorable comprometida con no sé cuántas causas humanitarias. Deja algo a las demás y, sobre todo, no nos robes lo que nos ha llevado siglos de historia construir: la fantasía de que las chicas normales ganan.

Con esos mimbres se ha trenzado la cesta de ese sentimiento de equilibrio restaurado ahora que Brad y Angelina ya no son Brangelina.

Y hay mucha lana que cardar debajo de toda esto. Una lana áspera, fea y de mala calidad, tejida de todas esas cosas que las mujeres hemos tejido desde siempre porque no nos hemos parado a pensar que las relaciones no son triunfos, ni necesidades. O porque no nos damos cuenta de que, con o sin las ventajas de una belleza de escultura griega, si las pinchas también ellas sangran.

Y no, no es envidia, sino ese sentimiento de ofensa recibida que por fin queda lavada. Porque te prometieron algo, te lo concedieron y te lo quitaron; así que ahora, este divorcio de dioses, se convierte en una victoria de humanos.

 

 

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