No se puede estar en todo

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIREso es lo poquito que he aprendido en el día de ayer.

Ayer, día de los fieles difuntos, pasé las horas revisando la fecha de caducidad de los medicamentos, vaciando cajones que hacía meses que no abría, bajando a la basura cosas que hacía años que se habían quedado obsoletas, reordenando la comida y la arena de los gatos, limpiando, pensando cómo reorganizaré lo que aún tengo pendiente de organizar. Me pegué un poco contra el horror vacui y no tuve tiempo de escribir ni una sola palabra.

Ayer, además, era el día en el que me había propuesto comenzar el entrenamiento para mi próximo objetivo deportivo. En abril os cuento. La cuestión es que tampoco pude salir a correr. Para las siete de la tarde estaba físicamente destrozada y hoy, de hecho, sufro las consecuencias de un día de actividad frenética. Parece mentira lo frenética que es esa actividad doméstica.

Y es que, ya lo digo más arriba, no se puede estar en todo.

Lo bueno es que se puede estar en algunas cosas. Ahora mi casa es un lugar mucho más agradable y por tanto me apetece llegar esta tarde y sentarme un rato, o cocinar algún plato rico.

Estamos educados para creer que la vida es algo grande, algo con significado, algo sobre lo que debemos dejar nuestra impronta. Como si cocinar un buen pollo o elegir qué te pondrás para ir a la oficina no fueran la vida, sino algún tipo de accesorio.

¿Habéis pensado alguna vez en lo que significa eso de la impronta? Conlleva una tremenda responsabilidad y una enorme cantidad de trabajo para que, al final, no sean más que unos pocos los que de verdad consiguen marcar una diferencia de gran calibre. Conlleva por tanto, grandes dosis de frustración luchar a diario para eso de ser alguien. Y suele llevar aparejado el olvido de que ¡sorpresa! Ya somos alguien.

En mi Facebook tengo algunas amigas que son muy alguien, tienen una gran muchedad. Ninguna de ellas ha descubierto la cura de una pandemia ni ha acabado con el hambre en el mundo. Son mujeres humildes, alegres, que se pegan con sus propios monstruos y que viven vidas normales. Solo que sus vidas no son normales: son sus vidas y yo las veo llenas de color. Se les plantean retos diarios, como los catarros de sus hijos o un mueble que no encaja bien en la cocina o cómo compaginar el amor a la familia con el amor a la música y la necesidad de trabajar para que el mundo sea mejor, un poco mejor, mejor en la medida de sus posibilidades. También llenan sus vidas de momentos de diversión (se divierten de maneras muy distintas a la mía) y creo que ninguna de ellas llega con holgura a fin de mes. Son amas de casa, artesanas, artistas, escritoras, madres, hermanas… son mujeres con pocas posibilidades de hacerse un hueco en la Wikipedia, la verdad.

Ayer aprendí que me gustan porque me enseñan, a diario, que la felicidad tiene diferentes formatos. Lo mismo que la plenitud.

A mí no me han bendecido con una buena familia, ni con mucha riqueza. Mis bendiciones son otras: soy capaz de observar, soy capaz de admirar y creo que soy capaz de contarlo. Esas son las bases de mi felicidad.

Por eso ayer bajé tantas bolsas de basura y por eso he renunciado ya al nanowrimo de este año. Porque una mujer debe elegir con cuidado sus batallas.

Ayer aprendí, a fuerza de bajar y subir los tres pisos que me separan de los contenedores, que lo importante tampoco es estar en algo todo el tiempo, sino estar en el momento adecuado. Os decía que debí haber empezado mi entrenamiento. No lo hice porque me pareció prioritario continuar con la limpieza de mi casa. Empezaré mañana. Hace unos días, esta decisión me habría llevado a renunciar a ese objetivo deportivo del que no puedo hablar. Me habría dicho a mí misma que ese retraso era un fracaso total.

No lo es. Un retraso es un retraso. Mi agenda no me permite ser tan estricta como a un deportista de élite. Es lo que hay. Tampoco me permite escribir cuatro horas diarias, ni desarrollar ningún tipo de disciplina férrea. Es la vida, que se empeña en medir mucho más que un horario.

Sospecho que, poco a poco, a medida que acepte más de mis limitaciones, a medida que renuncie a todo lo que creo que debo hacer y me centre en lo que quiero hacer de verdad, la vida será más benévola conmigo. De momento me siento satisfecha por haber aprendido que no, no se puede estar en todo. Ni debe intentarse. Ni parar es un fracaso.

 

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