Narcos o el valor de la lealtad

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIRMás allá de las similitudes con la historia real y mucho más allá de las diferencias con esa historia real, Narcos es una serie inquietante y perturbadora. Cuenta la historia de un Pablo Escobar sanguinario; un hombre que pierde la perspectiva de la realidad, que no tiene la menor idea de cuál es la diferencia entre el bien y el mal en el sentido que establece el derecho natural pero que, por el contrario, sabe con precisión cuándo las cosas le hacen daño o no le gustan. Y reacciona ante esas cosas con ferocidad. Como hablaba el otro día (una conversación traída de años atrás) con una amiga, Pablo Escobar no me interesa ni la quinta parte de lo que me interesan su primo Gustavo, su mujer o su madre.

Lealtad ciega, divino tesoro.

Amor incondicional, divino tesoro también.

Joder, qué peligrosos son los tesoros divinos.

Pablo Escobar asesina sin filtro, a lo bestia, sin medida, de una manera totalmente democrática. Como no permiten que su familia entre en Alemania, pone una bomba y asesina a cientos de ciudadanos colombianos. Y ni su mujer ni su madre madre lo cuestionan. Esto no nos pilla por sorpresa porque ya hemos asistido a esta conversación:

MADRE: ¿Tú crees que él lo hizo? ¿lo del avión?

ESPOSA: Claro que lo hizo, pero sus motivos tendría.

“Lo del avión” fue colocar una bomba en un vuelo comercial de Avianca (https://es.wikipedia.org/wiki/Vuelo_203_de_Avianca).

¿Dónde está el límite del amor? ¿Dónde están el límite de la amistad, de la lealtad, de la obligación y de la nobleza?

Sí, es ficción y, claro, no hay horas de metraje ni telespectador que soporten el desarrollo de las emociones y pensamientos de los personajes secundarios. Entiendo que en la vida real la mujer y la madre de Pablo Escobar tendrían sus dudas acerca de las acciones del susodicho. O quiero entenderlo.

Y vayamos ahora a la vida, que es lo que nos interesa.

Este lunes una amiga me contó entre copas que había hecho algo de lo que no se sentía orgullosa. Yo correspondí con una confidencia similar. Ambas nos tranquilizamos mutuamente, nos ofrecimos nuestro amor y nos dijimos que eso que habíamos hecho no estaba bien pero que, a efectos de seguir siendo amigas, se nos daba un par de ardites. Ninguna de las dos confesamos que habíamos hecho daño a nadie (porque no le hemos hecho daño a nadie), pero ahí está el dilema: se perdonan por amor a quienes amamos, actos que a quienes no amamos no perdonaríamos. Porque no hay amor. Aquellos a quienes apreciamos se benefician de cierta generosidad nuestra a la hora de aplicar el baremo del bien y del mal. Todos los gallos cantan distinto y los gallos ajenos desafinan.

El mismo lunes me enteré de que alguien a quien conozco y a quien no aprecio en absoluto ha hecho algo muy feo que perjudica a alguien a quien también conozco pero a quien sí aprecio. Y me he encontrado cuestionando a los amigos del ofensor, preguntándome cómo podían permanecer a su lado después de lo que había hecho (tampoco en ese caso ha corrido la sangre, claro).

Mi amiga, yo, y una tercera persona que me cae mal. Todos hemos cruzado la línea, todos hemos obrado mal. Saco a Pablo Escobar de la ecuación porque, bueno, ya ha cumplido la función de traeros hasta este párrafo. Todos, repito, hemos cruzado esa línea. Pero en mi cabeza no todos nuestros crímenes comparten el mismo nivel de reprochabilidad.

¿Por qué?

Y ahora viene lo divertido.

Amor, lealtad, amistad y la trampa del absoluto. Una trampa fangosa, pegajosa y fría como el agua de cloaca que me ha colocado en situaciones muy incómodas.

“No se ama nada, si no se ama todo”

“¿Cómo puedes reprocharme esto y decir que eres mi amiga?”

“No tienes honor”.

Nadie quiere oír ninguna de esas tres cosas. Al menos así, a priori, nadie quiere amar a medias, ni ser un amigo incómodo ni faltar a la palabra dada. Pero ¿es que no hay motivos para dejar de amar, abandonar una amistad o retirar esa palabra? La respuesta es que sí: claro que los hay. Cada uno debería saber cuáles son los límites y vivir en concordancia con ellos.

En primer lugar habría que aclarar que el amor absoluto es una soberana estupidez. Uno ama a una persona con sus defectos, pero no se aman los defectos. Lo que ocurre es que todo lo demás compensa esos defectos. Yo adoro a mis gatos, a los cuatro, pero cuando veo cómo me han puesto la funda del sofá, pensamientos de mutilación cruzan raudos por mi cabeza. Lo que pasa es que quiero a los bichos y les perdono. Lo que no quita para que les rocíe con agua fría si les pillo arañando en mi presencia.

Es más difícil rociar con agua fría a otras personas, especialmente a personas a las que quieres. Es más difícil pero hay que hacerlo. Yo lo hago. No todas las veces, pero procuro hacerlo. Echar una bronca a tiempo, poner puntos sobre las íes que lo necesitan, no es falta de amor, ni mala amistad ni romper la palabra. Cuestionar de manera constructiva y coherente es una prueba de amor, y de amistad y un recordatorio de que las promesas se hacen sobre unas premisas y que si las premisas fallan las promesas se acaban.

Cuando actúo así, de la manera que creo que es correcta, una parte de mi cabeza anota que llegará un momento en que alguien me rocíe con agua a mí. Un amigo de verdad, posiblemente. Y tendré que coger una toalla y secarme para, a continuación, dar las gracias.

Porque si nadie me afea los gestos feos, puede que en algún momento me de por poner una bomba en un avión y, entonces quién va a atreverse a chistarme?

 

 

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