La esposa número trece

por Alicia Pérez Gil

FEAT-ESCRIBIR

 

¿Dónde están las llaves?

Mata rile rile rile

 

 

Un halo de luz brillante la distinguía de la multitud. Por lo demás no había nada en ella poco común. Piel tersa de juventud cubría sus venas; el colágeno rellenaba sus labios de manera corriente. No podía hablarse de belleza cuando se hablaba de ella, salvo por una cualidad acuática, transparente, que ofrecía un contraste irresistible con ese nimbo que la rodeaba. Si bien las auras de las doce esposas anteriores habían mostrado tonalidades sanguinas desde el más rancio Borgoña hasta el Don Simón de brick, el color de la número trece gritaba con el poder de la ira roja. Un mar en llamas. Eso era.

A la criatura de la barba tupida le pareció un cambio interesante.

Anotó en su agenda que Escarlata estudiaba arte dramático en una academia de barrio cuyo acceso se bloqueaba mediante una persiana de metal y no echando la llave a una puerta. Los martes por la noche sin falta y la mayor parte de los sábados por la mañana acudía a clases en aquella academia montada en un local apenas acondicionado. Los lunes visitaba a su bisabuela en una residencia de la red pública. Solía llevarle tarros de comida para bebés. El resto de los días su rutina discurría como la de muchos otros: llevaba un negocio online de creación de contenidos, lo que la mantenía ocupada gran cantidad de horas. Compraba en un supermercado conocido por sus bajos precios y acudía a la piscina municipal tantas veces como podía.

Por supuesto, no se llamaba Escarlata.

Pero eso a la criatura de las cuentas bancarias a estallar no le importaba. Como tampoco le importaba que las únicas visitas que ella recibía, siempre de noche, fueran mujeres. Todas ellas jóvenes y atractivas de larga melena dorada y auras del color de la brisa o de la sal. Atractivas, sí,  siempre que no se estuviera buscando una poderosa aura roja.

Habría comprado unos prismáticos con visión nocturna de haberlos necesitado. Le encantaba leer las descripciones de los productos; cosas como “ocúltese en la noche mientras la noche se abre para usted” le resultaban sugerentes de un modo primario, tosco pero muy efectivo. Lamentaba con frecuencia que su naturaleza le negase tan poco. Aunque celebraba que sus labores de espionaje bajo la luna, o bajo el tendido eléctrico de la ciudad, no supusiesen para él más esfuerzo que ahogar un bostezo durante una representación de Turandot.

Siempre había preferido las hambras a quienes cierta carencia de refinamiento, y por tanto de doblez impostada, hacía  más vulnerables. No se le escapaba que su propio aspecto rozaba la brutalidad por mucho que hubiera domado su cuerpo hasta convertirlo en la versión más elegante que su envergadura y su edad le permitían. Sí, era un tipo grande que se movía como un danzarín. Y las mujeres que conocían de primera mano a los danzarines de verdad solían ponerle algún obstáculo a sus deseos. Nada insalvable, claro, pero si la criatura tenía elección, se decantaría por una  presa cómoda.

Escarlata parecía cómoda.

De modo que la criatura acudió a su sastre de confianza y se hizo llevar el atuendo adecuado. No lo confeccionarían allí, claro que no, pero los buenos profesionales a los que se entregaba sabrían dónde encontrar un par de pantalones vaqueros desfondados, unas pocas sudaderas con aspecto de necesitar la jubilación y unas zapatillas deportivas tan viejas que diera pena mirarle a los pies. No se había vestido tan mal desde que había aprendido que vestirse y confundirse con la gente resultaba más beneficioso que asustarla. Perdió los dedos cortos en la barba tupida mientras se miraba en el espejo. Los dedos de ambas manos quedaron ocultos bajo la salvaje mata de pelo. Pagó el exiguo precio de los artículos que se llevaba y una cantidad mucho más abultada por los servicios de quienes se los habían proporcionado. Luego se fue.

Las noches de los martes tocaba técnica interpretativa así que Escarlata interpretó el papel que le habían concedido. Lo condujo con excepcional precisión.

—Escarlata —contestó cuando el nuevo le preguntó su nombre.— Y tú debes de ser Barbazul.

—No sobreactúes, querida.

El monitor sonreía, las manos a la espalda, la barbilla muy cerca del pecho de manera que una especie de moño ridículo que llevaba en la parte de atrás de la cabeza apuntaba hacia el techo.  Querida Escarlata sonrió también. No se disculpó, pero mostró su acuerdo con un gesto dulce desmentido por un destello repentino de su aura. La fascinación que ese estertor de luz roja provocó en la criatura de apetito desmedido no podía compararse con nada que hubiera conocido antes de ese momento.

—Repetid la escena, por favor. Barbazul —el monitor soltó una risita desagradable cuando usó el apodo —creo que te vas a quedar con el nombre.

La criatura encogió sus enormes hombros dentro de una de las sudaderas. Le daba completamente igual.

—Bueno, pues Barbazul entonces. Vuelve a preguntarle su nombre. Y, querida, recuerda: este es un tipo que intimida y tú te sientes fuera de lugar. Intenta no parecer… ya sabes.

El monitor se acercó a una esquina de la sala, apagó tantas luces como hizo falta para crear la ilusión de un entorno callejero y tomó su bastón de mando, una vara negra en cuya empuñadura se dibujaba un tridente.

La segunda vez salió mejor, los dos protagonistas llevaron el guion, ridículo por otra parte, hasta la línea en la que prometían verse de nuevo. Al final de la clase, todos, incluido el monitor, llevaron su arte hasta un bar cercano y tomaron varias rondas de cerveza. Cuando Escarlata anunció que se marchaba, la criatura se ofreció a llevarla a casa.

—Si pasa algo, sal corriendo. Soy grande y poco más, pero suele bastar con eso. Con esta pinta casi nadie se me acerca nunca.

Ella rio y su aura se transformó en una superficie de burbujeante y sincera alegría. La criatura sintió cómo todo rodaba por el rail que había construido para la ocasión y se pasó la lengua por los labios. El pelo de la barba, demasiado larga, le resultó desagradable. Anotó en su libreta mental pedir una cita en la barbería. Para un retoque. Solo un retoque.

Caminaron por las calles oscuras y más o menos bien pavimentadas. En los lugares en los que escaseaban las farolas, la criatura parodiaba a los detectives y pistoleros de la televisión: se apostaba en las esquinas, blandía un arma inexistente y se aseguraba de que el paso estuviese franco.

—Qué tonto eres —decía Escarlata cada vez.

Supo que no debía esperar más cuando ella le propuso que la acompañara a la residencia.

—La bisi quiere conocerte. Le he hablado de ti. Dice que, si tan grande eres, deberías ayudarme a cargar con los potitos.

La criatura rió.

—Creo que lo que busca en realidad es que le llevemos más. Odia la comida que les ponen allí.

—Tus deseos son órdenes.

A Escarlata, decía, no le gustaba que la criatura dijese ese tipo de cosas.

—A lo mejor tú no lo sabes, pero las palabras están cargadas de poder.

Claro que la criatura lo sabía. No habría sobrevivido durante tanto tiempo si no conociera en su totalidad el poder de las palabras.

Llevaron muchos tarros de papilla infantil a la residencia y la bisabuela pidió a Barbazul —así lo llamó cuando se dirigió a él— que le dejara acariciarle la barba.

—Agáchate —ordenó— Me levantaría, pero cada vez que me pongo en pie siento que docenas de cuchillos se me clavan hasta las caderas. Y aféitate —añadió—. Así no hay manera de verte la cara.

—No, bisabuela —contestó él—. Si me afeitara me pasaría como a Sansón. Perdería mi fuerza. Además, soy un monstruo muy feo y su bisnieta dejaría de quererme.

La bisabuela arrugó la boca en un remedo de sonrisa que consiguió que el resto de su cara se transformase en algo parecido a un albaricoque reseco.

—¿Así que eso es lo que pasa aquí? ¿Mi bisnieta te quiere y tú llevas esa barba tan larga para que te quiera mejor?

—Eso creo yo, sí.

Eso era lo que la criatura creía.

—Entonces, si de verdad te quiere, te tendrá.

Barbazul sonrió.

—Hasta que la muerte nos separe.

La bisabuela, que seguía con las manos hundidas en la poblada barba de la criatura, las sacó de allí y le apretó las mejillas con manos nudosas, secas y más fuertes de lo que cabría esperar.

—O a lo mejor un poco más.

Escarlata no dijo gran cosa durante aquella visita. Tampoco dijo gran cosa el día de su boda más allá del sí quiero ritual. Había escogido un vestido corto por encima de la rodilla, de un color blanco roto que acentuaba su aura encarnada. La criatura disfrutó de su regreso a la ropa elegante, de confección. Temblaba de tensión anticipatoria cuando los invitados se marcharon y pudo, al fin, quedarse a solas con la novia.

—Así que eres rico.

—Muy rico.

—Me pregunto qué más no sé de ti.

—Yo me pregunto por qué te has casado conmigo si en tu pasado solo hay mujeres.

—¿No las hay también en el tuyo?

—Al menos doce —gorjeó la criatura. El sonido de su risa no se correspondía con su aspecto fiero. Hacía mucho tiempo que no se divertía. No recordaba la última vez que había encontrado con quien jugar.

—¿Qué fue de ellas?

—Se fueron cuando ya no tenían nada que ofrecerme ¿Qué pasó con las tuyas?

—Ellas me han dado lo que ves y ahora no están, pero regresaré a su lado. Pronto.

La criatura disfrutaba con las variaciones de tono en el aura de la novia, de la esposa, ya. Un rojo fluctuante como el de la sangre arterial o el de las amapolas. Un rojo que crecía y se intensificaba. Un rojo por el que valía la pena esperar.

—Ya sabes que tus deseos son órdenes. Si quieres llamarlas, llámalas. Cualquier cosa que pueda darte, te la ofrezco. Quiero que ahora mismo hagamos un trato de recién casados.

—¿Un trato que respetarás pase lo que pasé?

La criatura asintió con la firmeza de las cosas que se repiten por decimotercera vez.

—Dime, pues, qué trato es ese.

—Estas son las llaves de todo lo que tiene llave en esta casa. Puertas, ventanas, armarios, cajones, arcones, escondrijos. Las pongo en tus manos. Puedes abrir todo lo que abren y puedes disponer de ello como mejor te parezca.

Escarlata tomó en sus manos la ofrenda, que no era de amor.

—Ahora mi parte del trato.

—No he terminado con la mía.

—Pero es mi deseo decirte ahora lo que quiero a cambio de convertirme en la depositaria de estas llaves.

Algo se cerró alrededor del cuello de toro de la criatura.

—Y mis deseos son órdenes.

Algo, que no era otra cosa que el poder de las palabras, apretó con más fuerza. El aura roja de su esposa no parecía ya tan roja. Lazos morados se entretejían con la luz de rubí.

—Tus órdenes —dijo él con voz estrangulada.

—Deseo que me des también la llave pequeña y oxidada que guardas en lo más profundo de tu bolsillo y deseo que no digas una sola palabra más.

A medida que hablaba, el rojo desapareció por completo. También el morado, que fue sustituido por azules y verdes, por turquesas y zafiros y algas y grises de madreperla.

Así terminó la criatura con los labios sellados, privado de todo su poder. Sólo que aquel no fue el final de la criatura, sino el principio. El final llegaría mucho después, en su cámara oculta, cuando las doce esposas anteriores dejaran de atormentarle más por aburrimiento que por otra cosa. Una eternidad rodeado de los espíritus mutilados de mujeres atractivas que nunca habían poseído un aura roja. Mujeres que en cambio habían dispuesto de mucho tiempo para convertir en ira el dolor y el olvido.

No se llamaba Escarlata; tomó la argolla en la que tintineaban las llaves y buscó la costa. Durante el camino tarareaba una canción que siempre le había gustado: En el fondo del mar, matarile, rile, rón.

 

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