Acción-reacción-maldición. Somero análisis de las maldiciones y la manera de romperlas en los cuentos de hadas.

por Alicia Pérez Gil

FEAT-LEERLeo estos días a Gaiman. Algunas de sus cosas empiezan a gustarme más que hace unos meses, pero no creo que me convierta al fandom absoluto. Lo que sí me resulta evidente es que mi gaimanización da extraños frutos. Y no me refiero únicamente al cuento de ayer, en el que el narrador era un día de la semana.

Hoy, en Stardust, me he encontrado con un príncipe encantado convertido en búho cuya maldición se rompería al comerse a otro príncipe encantado transformado en ratón de campo cuya maldición se rompería una vez se comiera la avellana de la sabiduría. O un sugus, da igual. Con tanto encantamiento y tanto trabajo para romperlos, me he preguntado si no les saldría más a cuenta a las criaturas encantadas hacerse a las maldiciones, aceptarlas, vivir con ellas de la mejor manera posible.

Al fin y al cabo ¿qué es una maldición? Pues ni más ni menos que una consecuencia. El príncipe o la princesa incumplen una norma, le tocan las narices a un troll o a una bruja, ceden a una pulsión que deberían controlar  y ¡zas! ¡rana! ¡zas! ¡espantapájaros!¡zas! ¡cerdos! (esto último solo vale para padres de niñas japonesas llamadas Chihiro). Podría alegarse aquí que las víctimas de maldiciones, a veces, no saben que están incumpliendo una norma. No es por jorobar, pero la legislación española dice que la ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento y no veo a nadie haciéndose de cruces. Podría alegarse también que los castigos parecen aleatorios y que por lo tanto no hay justicia en su aplicación, aunque en realidad esto no es cierto. Las brujas y los trolls que no condenan a muerte, suelen condenar a largos encierros o a transformaciones. Además, si vamos a eso, y teniendo en cuenta que nadie ha vuelto de la muerte para declarar que estoy equivocada, la muerte no deja de ser una transformación.

Así que, tenemos un acto y una consecuencia para el acto. Metedura de pata ergo maldición. O sea que el efecto inmediato de que hayas hecho algo inaceptable es que cambias. Francamente, no veo el problema. ¿O es que no es eso lo que sucede en la vida real? Pulsas el interruptor y se enciende la luz, luego ves. Insultas a alguien, te devuelve el insulto y eres un poco más pobre y un poco más pequeño. Cometes una indignidad y tu alma se encoge como una pasa.

Oscar Wilde lo tenía muy claro y nos colocó El Retrato de Dorian Grey, que no es más que una venda previa a la herida: seré malo, pero ya tengo el antídoto para el castigo que me impondrán; este cuadro tan sufrido en el que se van reflejando mis monstruosidades. Nadie se queja en este caso de que al quemarse el cuadro muera el infractor. Al fin y al cabo el hombre venía evitando las consecuencias de sus actos ya de antiguo.

Pero aparece una bruja, aparece un troll, que da a los culpables su merecido y el mundo mágico se vuelve del revés: comienzan las pruebas hercúleas, los sacrificios, las búsquedas de curas y remedios. A mí me parece un desperdicio de esfuerzo, la verdad. Es imposible que nuestras propias acciones nos dejen sin mácula. Igual que hacer el bien nos eleva, hacer el mal nos degrada. Como adultos –y también como niños aunque quizá en medida diferente- debemos aceptar las transformaciones a las que nosotros mismos nos sometemos.

Diréis, porque sois listos, que los infractores de los cuentos regresan a sus formas humanas transformados, mejorados por el castigo. Diréis que han aprendido algo. Diréis que no repetirán sus acciones y que por tanto está bien que se les restaure una versión 2.0 de su personalidad previa. Puede ser. Puede que en esto, como en muchas otras cosas, se me vaya la mano; pero ¿por qué tiene uno que recuperar su identidad anterior mejorada? ¿Por qué no se asume que la identidad no es inmutable? ¿Es menos él mismo el búho que se come al ratón, que se come la avellana, por tener plumas? No, tío, búho, eres tú.

El problema no es que los infractores sean perdonados. El perdón es básico para la supervivencia. El problema es que muchos de los príncipes cisne del mundo no buscan deshacer los efectos que sus actos tuvieron en terceras personas, sino solo los que tuvieron sobre sus vidas. En los peores casos, además, ni siquiera son ellos quienes hacen el trabajo sucio: encuentran hermanas, padres, otros príncipes, ayudantes mágicos varios que les sacan las castañas del fuego a mayor gloria de la redención.

No sé a vosotros, pero a mí eso me parece mucho morro.

Mucho morro.

 

 

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