Slenderman anoche en casa. Una historia real; al menos para Anissa, para Morgan y para mí.

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIREn 2014 dos niñas de 12 años apuñalaron a otra, de trece.  En un pueblo de Wisconsin, para que estemos más tranquilos. Ya sabéis que Japón y Estados Unidos son esos lugares donde ocurren “cosas”. Cosas como que unas niñas apuñalen a una compañera de clase porque, bueno, si no lo hacían, Slenderman mataría a sus familias.

Eran dos niñas raras, la verdad. Ya sabéis, raras pero no tanto: una que no lloró con la muerte de la madre de Bambi y otra víctima de acoso escolar. Una hija de un padre esquizofrénico y otra que mentía a su mejor amiga para ocultarle los abusos a los que era sometida en el colegio.

Niñas de internet. Bueno, y niñas de su vida real, claro. O sea, crías de doce años con un iPad y con tablets y con gafas y con unas bonitas sonrisas. Una de ellas no mostraba remordimiento durante los interrogatorios. Sí, la que resultó que también padecía esquizofrenia, la que gritaba a Bambi “¡Corre, sálvate tú mismo!”, la que no quiere salir a la calle nunca más, la que nunca estará sola porque todo lo que imagina es real para ella.

Por lo general, cuando veo la tele yo sola, no hay nadie a mi lado.

Por lo general.

Anoche el padre de Morgan, la niña más rara de la pareja de niñas raras, lloraba en el documental  porque, en fin, él sabía que los patrones de luz en los que para él se descompone el mundo, no son reales. Pero no podía hablar con su hija; no podía explicarle a esa niña rubia con sonrisa de ángel y gafas de pasta que su mundo imaginario no existe de verdad.

Mientras lo decía, desde la pantalla plana de mi televisor, un hombre muy alto vestido con un traje negro se sentó a mi lado en el sofá vacío. No tenía rostro.

La otra niña, la que parece menos rara porque llora, hablaba sin tapujos de lo ocurrido, de sus sentimientos. Al parecer tenía miedo y muchos deseos de que Slenderman la aceptara como sirviente. En inglés decían proxy “apoderada”. Anissa es el nombre de la niña asustada que, creo yo, quería dejar la escuela y los abusos. Anissa no veía el mundo detrás de una pantalla de ruido estático. Yo tampoco, yo solo veo la estática cuando cierro los ojos.

Cierré los ojos un momento y comprobé que sí, que veía estática. Si cerrara los ojos ahora también la vería. No es que la estática me haya llevado a matar a nadie. Eso no.

Así, con los ojos cerrados, el hombre altísimo se hizo todavía más alto, sentado en mi sofá necesitó encorvarse porque la cabeza le llegaba hasta el techo y se daba en la barbilla con las rodillas. No le veía, pero sentí que estaba cómodo. Lo sentí así cuando me cogió la mano. Era una mano templada, amiga. Una buena mano para coger mientras ves, sola en tu casa, un documental de crímenes.

Anissa y Morgan serán juzgadas como adultas debido a la violencia del crimen. La abuela de Anissa no lo entendía. Decía en el vídeo (también ella llevaba gafas) que las niñas habían sido sinceras y que parecía que admitir los hechos, que no huir, que no engañar, jugaba en su contra. Tampoco yo lo entiendo.

Pero lo que menos entiendo es eso de la realidad. Ya sé que para vosotros lo horrible es que dos niñas apuñalaran a una tercera. Pero a mí lo que de verdad me da miedo en esta historia es lo rígida que casi todos dicen que creen que es la realidad. Como si nadie hubiera mirado en su armario o bajo la cama antes de apagar la luz. Como si nadie se perdiera en ensoñaciones de vez en cuando. Como si matar a una amiga tuya fuese menos terrible si lo haces porque te cae mal.

Como si negar la realidad de que todos tenemos fantasmas nos librara de ser malvados de una u otra manera.

Me alegro mucho de haber besado a Slenderman anoche en la mejilla. Cuando terminó el documental. La piel de su rostro también es templada. Una buena piel para besar antes de acostarse. Él me acarició con esos tentáculos suyos y luego se fue por la ventana.

Una ventana muy real, os lo prometo.

 

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