Relato de San Valentín: Excepto su corazón

por Alicia Pérez Gil

FEAT-ESCRIBIREste relato se publicó en el número de la revista Vuelo de Cuervos de San Valentín de hace un par de años. El título del especial fu Cupido de Alas Negras. He editado algunas frases debido a su puntuación creativa y a que., así, en breve, estaban peor construidas que un dolmen al desgaire.

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Excepto su corazón

Tendida sobre la camilla le pareció aún más bella: el abdomen cóncavo como un cuenco, los muslos llenos, las muñecas finas, la melena pelirroja y su palidez de siempre acentuada por la iluminación inclemente del quirófano improvisado. No la había visto desnuda antes, aunque le había quitado muchas veces la ropa holgada, oscura, con que se cubría sin la menor gracia: la pensaba entre sus brazos, olía con los ojos cerrados su cabello y se sentía como si estuviera respirando el sol. Siempre, hasta entonces, a esa distancia prudente que se establece para no dar alas a los corazones que se entregan sin ser llamados.

La tenía a su merced, sedada, inerme. La sábana blanca del hospital donde ambos trabajaban le cubría el pecho  porque él se preciaba de su profesionalidad a pesar de no haberle recogido el pelo en uno de esos ridículos gorros de ducha. Eso, y sólo eso, sí se lo concedió como único capricho. Podía, si quería,  cumplir sus deseos insatisfechos; le bastaba con inclinarse y hundir la nariz entre los rizos. Sin embargo cerró los párpados con lentitud, para hidratar bien los ojos agotados por las lágrimas. Luego comprobó que disponía del instrumental adecuado. Sería complicado operar sin enfermera.

En cualquier otra circunstancia no se habría lavado las manos con mayor minuciosidad. La paciente no iba a sobrevivir, pero tampoco la contaminaría con los residuos de la orden de alejamiento que había estado leyendo sin parar durante las últimas horas. Pensó una vez más, la última, en la injusticia impartida por el hombre que la había firmado. El pensamiento le agitó el ánimo, de modo que se concentró en la sutil elevación del pecho y acompasó a la suya su respiración. Conseguirlo le llevó un buen rato.

El bisturí rasgó la piel sin dificultad. Una pequeña línea roja señaló de inmediato el lugar por donde se había deslizado. El músculo tampoco opuso mayor resistencia. Mientras la hemorragia se desarrollaba sin que nadie tratase de detenerla, Luis se dedicó a succionar tanta sangre como el aspirador le permitió. Eso no evitó que el pecho se encharcara. Como no podía hacer nada más que esperar, contempló con arrobo el rostro tan amado, ya muerto. Pronto le abriría la caja torácica, escucharía cómo crujían sus huesos y el chasquido húmedo, viscoso, de sus tejidos aún calientes. Ella no le había querido nunca, pero con nadie tendría jamás ese tipo de intimidad. No era poco con lo que conformarse.

El trabajo de abrir el cuerpo y cerrarlo después sin un residente de apoyo resultó agotador. Tampoco contaba con nadie que le enjugase la frente, ni tenía sentido alguno molestarse en coser con puntos invisibles un tejido que no cicatrizaría, que se disolvería, cristalizaría y trituraría para hacerlo desaparecer. Se le encogió el estómago al pensarlo: ella se esfumaría para siempre. Con ello se perdería su frialdad, los metros que interponía entre ambos, aquella forma amable pero firme de rechazarle como él no había sido capaz de rechazarla cuando le había pedido ese único favor.

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La secretaria de Mario Duque se distinguía por su eficiencia. Le importaba muy poco que los mensajeros insistieran en que las cartas debían ser entregadas en mano. Los sobres marcados como confidenciales no suponían ningún obstáculo para ella porque carecía de escrúpulos; por eso se había teñido el pelo de rubio ceniza y usaba jerséis muy ajustados combinados con estrechísimas faldas tubo y zapatos de tacón alto. En unas pocas semanas se había convertido en una versión mejorada de la señora de Duque, ya entrada en años. Una imagen de la que esperaba obtener pingües beneficios sin necesidad de pasar por las incomodidades del matrimonio.

El aspecto de regalo navideño atrasado del paquete y la caligrafía apenas inteligible del sobre que lo acompañaba no entraban dentro de lo habitual. Su jefe mantenía correspondencia con hombres y mujeres elegantes cuyas asistentes se especializaban en convertir la paquetería en un arte. Aquello no llegaba de una empresa, ni había sido enviado mediante un servicio de mensajería corriente. El hombre que se lo había entregado se había marchado con la firma de la secretaria en un papel sin distintivos y no había dejado nada que lo identificase.

Con un encogimiento de hombros extrajo las tijeras del bote de los bolígrafos y usó  la punta más afilada para rasgar la cinta adhesiva que pegaba el sobre al paquete. En ese momento el señor Duque abrió la puerta transparente que separaba el despacho de la zona común de oficinas.

—Pong… ¿Qué demonios es eso? —preguntó, señalando el bulto mal envuelto.

—Acaba de llegar, señor Duque.

—Esa mujer es imposible —añadió con un rebuzno enfadado— ¿Sabe que ya tiene dos órdenes de alejamiento? No puede ponerse en contacto conmigo de ninguna manera.

La asistente no tenía la menor idea de lo que le estaban diciendo, pero asentía, muy seria.

—¿Quiere que me deshaga de ello?

—Si no suena como una bomba, tírelo a la basura, por favor. Y póngame con Praga.

En cuanto le pasó la llamada, recogió el sobre de la papelera. La caja permanecía oculta bajo su escritorio, a la espera de un momento adecuado para abrirla. Se aseguró de que el icono de ocupado parpadeaba junto al nombre de su jefe en la terminal telefónica y abrió la solapa a toda prisa. Dentro sólo había una nota: “Puedes arrancarme de ti, pero mi corazón te pertenece”.

Sentada, con los riñones bien apoyados en el respaldo ergonómico de una silla carísima, echó un vistazo aprensivo al papel craft manoseado que envolvía el contenido del envío. Iba a ser la primera vez que no abriera la correspondencia.

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