A su imagen y semejanza. Relato de clásico de posesiones diabólicas

por Alicia Pérez Gil

FEAT-ESCRIBIRBuenos días:

Como sabeís prque os lo he contado muchas veces, además de publicar aquí, lo hago en Patreon.com.

Hoy he colgado, para mecenas de 1€ en adelante, un relato clásico de posesiones diabólicas. Recuerda que un solo euro al mes te da a derecho a leer todos los posts exclusivos y acceso a todas las descargas.

Os dejo el comienzo del relato, que no se diga que compráis a ciegas 😉


 

Paseaba entre las personas, junto a ellas, sin que le vieran: una niña de aspecto angelical que le escondía los dulces a su compañera de pupitre descubrió un nuevo modo de martirizarla cuando su sombra se cruzó con la del pequeño ser oscuro. Un hombre ya mayor no alcanzaría sobrio la jornada número cien tras respirar el aliento de la criatura. Unos y otros hallaban la manera de hacerse más pequeños, más mezquinos, más miserables. Peores.

Pero donde la oscuridad era más densa, se hizo una luz; un haz de luz blanca, sólida, que le ofendió como sólo el bien es capaz de ofender al mal. Supo entonces que, aunque lo que deseaba era reptar entre la hez de los seres vivos, le habían enviado a que apagase aquella luz infame porque mientras brillase de ese modo, el orden no sería el debido.

¥

Tenía nueve años, la piel blanca como la niebla, bucles dorados que enmarcaban el rostro más dulce y un par de ojos azules, casi transparentes. En el salón de actos no quedaba una silla vacía. Los nervios de los padres se hacían patentes en los destellos precipitados de sus cámaras y algunas maldiciones pronunciadas entre dientes.

Entonces se abrió el telón. En el centro aún en sombras del escenario la Sagrada Familia y varios niños disfrazados de animales esperaban su turno. En el extremo derecho, tres reyes magos aguardaban las palabras del ángel anunciador. Félix hizo una profunda reverencia de modo que los rizos rubios cayeron hacia delante y volvieron a su sitio elásticos y brillantes como en un anuncio de champú. Todas las madres contuvieron el aliento. Alzó los brazos en un gesto mesiánico y, con tono solemne, anunció:

—La puta ha parido.

Meses más tarde el padre Ricardo tuvo la oportunidad de examinar las pruebas médicas: escáneres, tacs, radiografías, ecografías, test y diagnósticos de los especialistas a los que Fátima y Luis habían llevado a su niño. Según todos ellos, era normal.

—Nos da miedo, padre.

Les había pedido que le llamaran Ricardo, pero no les salía a pesar de que a diario vestía de seglar; incluso llevaba el pelo largo por debajo de las orejas, de las que no se sentía muy orgulloso, y se permitía la inmodestia de adornarse con bufandas caras. Era su único capricho. Le gustaban tanto que siempre las mencionaba en confesión.

La primera vez que vio a Félix Eguiluz prometió no comprar una nueva ni aceptarla como regalo si el Señor le ayudaba a salvar a aquel niño. A punto estuvo de huir, pero se aferró a la cruz que usaba como llavero y de ella extrajo la fuerza para quedarse.

Debía establecer la posesión, pero no tuvo la necesidad de pedir a la criatura  que se identificara. Un texto antiguo cubrió en pocos minutos hasta el último centímetro de las paredes del cuarto. El bonito color amarillo con que estaban pintadas se ensució de caligrafía infantil. Las frases, aparecieron de la nada, como si alguien estuviese pasando una llama por el reverso de un papel escrito con zumo de limón. El niño, por su parte, hojeaba un libro mientras todo sucedía. Al sacerdote no le hicieron falta más pruebas. Rezó para sí mismo un padre nuestro y se sintió mejor cuando, de tanto apretarlo en el puño, el crucifijo le hizo sangre.

—Me quedaré con vosotros hasta que el señor se apiade de vuestro hijo. Os doy mi palabra.

Ese momento, por fin, había llegado.

Mientras esperaba que le abrieran se encomendó de nuevo a lo más alto. Sólo entonces, imbuido de una confianza ciega y  una seguridad que sólo sentía ante los peligros más graves porque sabía que Dios no abandonaba a sus hijos en la oscuridad, entró en el cuarto del muchacho. Hizo una reverencia profunda a la cruz que los padres habían colgado frente a la cama; una bonita talla de madera apenas ornamentada, sin la efigie de Cristo. Incluso así, desnuda, le sobrecogía su significado. Agradeció al Señor el sacrificio de su único hijo para la salvación de todos los hombres mientras colocaba en una mesilla todo lo necesario: un vial de agua bendita, un crucifijo de metal, también bendecido, y el libro encuadernado en piel, ya muy manoseado, en cuyas páginas siempre encontraba verdad e inspiración. Con todo dispuesto recitó la Señal de la Cruz. Oyó el murmullo de las voces de Fátima y Luis que acompañaban a la suya.

—Dios Padre omnipotente, que quiere que todos los hombres se salven, esté con ustedes.

—Y con su espíritu.

—Querido Félix —se dirigió al niño—, hemos venido aquí como vehículos de la voluntad del Señor. No temas, pues Su poder es grande y Su amor por todos Sus hijos más grande aún.

Ricardo tomó el frasco de agua y la salpicó sobre el cuerpo del chico.

Fátima esperaba que el contacto con el líquido sagrado volviese loco al demonio que vivía en su hijo, pero no fue eso lo que sucedió: en la cara blanca, demacrada pero aún bella, de Félix aparecieron verdugones rojizos. Un olor a quemado invadió la habitación y le provocó una náusea a la madre. Su marido estaba lívido, con las manos juntas bajo la barbilla y los ojos desorbitados de terror.

Apenas oyeron el pie para su respuesta.

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Ni supieron de dónde sacaban el ánimo para contestar.

—Amén.

—Queridos hermanos, supliquemos intensamente la misericordia de Dios para que, movido por la intercesión de todos los santos, atienda la invocación de su iglesia a favor de nuestro hermano Félix que sufre gravemente.

Cuando dio comienzo la lectura del Santo Evangelio, Fátima creyó que había descendido a los infiernos. La temperatura de la habitación subió tanto que los tres adultos rompieron a sudar. En poco tiempo, la estola morada del sacerdote chorreaba y la sobrepelliz parecía pesar toneladas sobre sus hombros. El pelo se le adhería a las orejas de soplillo y algunas gotas resbalaban por el filo de su nariz. Luis, ahora con los ojos cerrados, empapado, emitía un sonido gutural, sordo, que no tardaría en convertirse en un grito. Fátima quiso consolar a su marido con un gesto de amor, una leve caricia en el brazo, y recordarle que no estaban solos. Cuando devolvió su atención a la cama, no quedaba en ella ni rastro de su hijo.

Los rizos dorados de Félix estaban ahí, su rostro redondo seguía siendo hermoso, pero los ojos no eran los de su niño. No había vida allí. Al mirarlos, Fátima se sintió arrastrada por una corriente poderosa que le robaba la voluntad de respirar. La habitación se cerró sobre ella igual que un huevo perfecto mientras los labios resquebrajados de Félix sonreían en una mueca que no mostraba nada semejante a placer, sólo una curva deforme.

Muy lejos, una voz se abrió camino en la oscuridad. Hablaba de salvación, pero la palabra carecía de sentido para ella. Alguien la toco, creyó que la levantaban del suelo, aunque no recordaba haber caído.

—No sabemos orar como necesitamos, pero el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad y él mismo ruega a Dios por nosotros. Movidos por el Espíritu digamos juntos:

Entonces las palabras salieron solas de sus labios, despacio, pesadas, como si en lugar de pronunciarlas las estuviera extrayendo de la escombrera de un edificio en ruinas. Cuando llegó a la última frase —Porque Tuyo es el reino, Tuyo el Poder y la Gloria, por siempre, Señor—. Fátima lloraba de agradecimiento  y temblaba de terror. Los ojos de la serpiente se habían desprendido de los suyos para adherirse a los del padre Ricardo. Se habían vuelto más negros que la concha brillante de un escarabajo.

Luis por fin rompió a gritar. Fátima aguantó. El sacerdote se obligó a recitar de nuevo la Señal de la Cruz. Con los ojos abiertos, rogando al Señor para que le concediera la gracia de ver la pureza del alma del niño en lugar de la iniquidad inventada por el demonio.

Felix se retorcía, sinuoso como una sirena, sobre la sábana bajera. Tumbado boca abajo, apoyaba las rodillas en el colchón de modo que la cadera quedaba alzada, ofreciendo las nalgas al sacerdote. El ano se veía rosado, rodeado por un círculo de tentáculos que ondeaban como pétalos de carne.

Ricardo no notó cómo las lágrimas mojaban el manual, ni fue consciente del modo en que llevó a término el ritual. Sólo fue capaz de rezarle a Dios para que hiciera acto de presencia y expulsase de allí al monstruo de maldad que había convertido un cuerpo inocente en aquella abominación. Consciente a medias continuó hasta el final, repasó todas las fórmulas, oró con todo el fervor de su corazón y por fin se oyó pronunciar, con una voz que no era del todo suya:

—Te exorcizo, antiguo enemigo del hombre. Sal fuera de Félix, a quien Dios creó con amor. Te lo manda nuestro Señor Jesucristo, cuya humildad venció tu soberbia. Enmudece, padre de la mentira. Eso te ordena Jesucristo, Sabiduría del Padre y Esplendor de la Verdad. Retírate por la fe y la oración de la Iglesia, huye de aquí por la fuerza de la Santa Cruz. Nuestro señor te lo ordena. Él que vive y reina por los siglos de los siglos.

—Amén.

El niño yacía, desmayado, en su cama y la temperatura de la habitación volvía a ser normal, pero el sacerdote sentía frío. Los padres, obedientes, entonaban el cántico de acción de gracias con las voces tomadas por la emoción. Les acompañó. También él sentía el alma iluminada por el agradecimiento.

Recordad: el resto del relato lo encontraréis pinchando en este link.

Anuncios