A Virginia le gustaba Vita, de Pilar Bellver. El terror es saber que que yo no escribo así.

por Alicia Pérez Gil

FEAT-LEERA veces voy caminando hasta casa. Cuando el día ha sido largo porque en la oficina se me ha llenado la cabeza de mantícoras o de ladrillos (dependiendo del día ambas cosas pueden ser la misma), cuando hace bueno, cuando llevo calzado cómodo, cuando no sé bien qué hacer o cuando todas las anteriores. De camino paso por delante de Traficantes de Sueños, una librería del barrio de La Latina, aquí, en Madrid.

Los que no me conocéis debéis saber que las puertas que nunca he cruzado se me atragantan. Uno de mis miedos primigenios, el de hacer el ridículo o que me encuentren donde no debo estar, me lleva a perderme algunas cosas (cada vez menos). De modo que no me había atrevido a entrar en esta librería hasta el lunes. Lo hice porque me paré ante su escaparate y vi unos libros de esos que te llaman a hojearlos: La Sra. Le Guin, China Mieville, ambos en la misma antología…  me quité los cascos, guardé el móvil y entré.

Olía bien. Me encantan las librerías que huelen a librerías. En la primera sala las estanterías estaban rotuladas con palabras tan chulas como: literatura africana o feminismos. De la puerta que lleva a la sala trasera, donde no dejaba de sonar el teléfono y además había unas preciosas vistas al almacén (que es como tener vistas a la cocina de un hotel y por eso da hambre), colgaba un cartel que decía que “Aquí hablamos poesía”. A mí, que ando muy centrada en observar poetas últimamente, me sentó como una invitación; una de esas sorpresas agradables, un mensaje cifrado solo para iniciados.  No se me escapa que estoy hablando de un folio en blanco impreso en una multifunción barata. Pero es que cada uno lee lo que se le antoja.

Siempre me desoriento en las librerías que visito por primera vez. Cada una tiene su manera de ordenarse y hasta que no identifico la localización de lo que busco no me siento cómoda. A cambio encuentro cosas y por tanto leo cosas que de otra manera no encontraría (las zonas de confort son oscuras y solo albergan horrores domésticos). Mientras me orientaba en Traficantes de Sueños dos hombres cruzaron la tienda, desde la calle al patio interior, llevando sendas bicicletas. Yo, que últimamente veo muchas cosas raras en muchos sitios normales, saludé a ambos. Como me devolvieron el saludo deduje que eran de verdad. Una nunca sabe.

Volví a la sala delantera y examiné la mesa de novedades o destacados o lo que sea y allí me encontré esto:

virginia vita

Leí las dos primeras frases: “Acabamos de estar juntas y me pongo a escribirte con la cabeza llena de mis ruidos habituales (ya te dije que oigo voces y que estoy loca) y ahora, además, de mariposas tuyas, nacidas en mí de tus gusanos, metidas en mí a través de tu boca. Tanto aleteo me aturde, tanto deseo gritando me ensordece la razón.”

No tendría que explicar más, pero la fascinación, el reconocimiento, un sentimiento de familiaridad, de identidad, de lo que sea, me obligan a explicar más. Como si al añadir algunas palabras propias me hiciera un poco partícipe de la novela.

El título lo dice todo: A Virginia le gustaba Vita. Y ya está. En serio, no dicen nada más las páginas interiores que eso: me gustas, te amo, te quiero, te deseo. Y las respuestas: te deseo, te quiero, te amo, me gustas. Sin embargo lo dicen bonito, lo dicen bien, con una elegancia, una delicadeza, una pasión, un exponerse, un escudarse en la honestidad, que yo recuerdo haber practicado solo una vez.

Y eso es lo que me fascina y en eso me reconozco: en el uso de las palabras (no del lenguaje, sino de las palabras; no de las fórmulas, ni de los recursos, ni de las imágenes, ni de las metáforas; sino de las palabras). Palabras de verdad que sirven para mantener lejos el daño, el dolor. Palabras que dejan los corazones abiertos en dos para que no pueda venir nadie más a seccionarlos. Porque ¿qué interés tiene mutilar a un mutilado?

En esta correspondencia novelada se ve (se ve, con los ojos y con la piel y con la mente y con todo lo que sirve para ver) a dos mujeres que compiten para ver quién ama más, quien desea más, quién es más débil y por tanto más fuerte. Dos mujeres que hablan de amor y de fragilidad y de fortaleza con una belleza heladora, con elegancia y con fuerza.

A la que no se ve es a la autora, a Pilar Bellver, que así se hace grande y a quien a partir de ahora seguiré, por si me encuentro más joyas.

Estas semanas estoy leyendo mucho. Estoy leyendo a autores esforzados cuyo dominio de la herramienta básica, el lenguaje, no termina de encajar. Leo novelas y relatos que dan un nuevo significado al término alambicado. Estos no me molestan porque, mejor o peor, se toman su tiempo en tratar de hacer las cosas bien. Existe una intención estética en su trabajo. Respetan su trabajo. Tampoco me subo por las paredes cuando me encuentro errores tipográficos, erratas o alguna falta de ortografía. Todos somos humanos. Los que me enfadan son los otros, los que escriben sin el menor respeto a las palabras. Los que colocan una detrás de otra sin ton ni son al servicio de una historia sin peso, sin atractivo alguno.

Las palabras no son sagradas, líbreme yo misma de decir algo así. Sin embargo tienen significado y un peso, una entidad diferente dependiendo de qué otras palabras las rodeen. Las mismas palabras sirven para llamar feo o guapo a un hombre; inteligente o imbécil a una mujer. Una rosa es una rosa, sí; pero dependiendo de con qué palabras designes a esa rosa la convertirás en una cosa o en otra. Ese es el poder de las palabras. Un poder que no debería malbaratarse.

Vosotros, que escribís con el mismo mimo con el que sacáis la basura, leed esta novela de Pilar Bellver. La buena literatura, a veces, es contagiosa. Quién sabe si tendréis suerte.

 

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