A quien madruga…

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIRNo os voy a engañar: levantarse temprano para ir a trabajar me horroriza. La sola idea de tener que ganarme la vida (coño, pero si ya la tengo, y sin haberla pedido) me horroriza. Yo he nacido para el ocio, como muchos.

De todas formas, el metro, que es mi mayor fuente de ideas y de experiencias extrañas, a veces me sorprende con bonitos episodios mañaneros. Por ejemplo hoy. Hoy subía por el tramo de escaleras no mecánicas de mi estación de destino con los auriculares diciéndome cosas inofensivas y el Kindle encendido en una compilación de cuentos de Alice Munro cuando, de repente, he levantado la vista y he visto a un chico  (o una chica muy delgada, no puedo asegurarlo) que se ponía a sonreír como loc@, miraba a la derecha y alzaba el brazo, puño cerrado, tatuaje tribal en el antebrazo.

A la derecha de las escaleras se suele colocar un músico que a veces me despierta con la banda sonora de Juego de Tronos, así que me he quitado un auricular para ver qué sonaba hoy y ahí estaba: Star Wars a todo trapo a las ocho y media de la mañana, el túnel pintado de verde, mis tacones altos incómodos a esas horas, el chico o la chica con sus vaqueros caídos, sudadera negra, pelo corto revuelto, sonrisa de partir la cara en dos, el puño en alto, el tatuaje, su chica (esta era una chica) gordita, con vaqueros salpicados de lejía y cara de sueño. Y en el momento cumbre de la obra de John Williams, ya en las escaleras mecánicas, se han abrazado, se han besado con pasión y la vida ha vuelto a la más insulsa normalidad.

Y ahora seguimos con la mañana, señoras y señores.

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