¿Sueñan los escritores de género con altas cumbres literarias?

por Alicia Pérez Gil

FEAT-ESCRIBIRHace un par de días Cristina Jurado, editora de la revista digital Supersonic, lanzaba en su muro de Fcebook la siguiente pregunta: ¿Está el futuro de la literatura de género en manos de las editoriales independientes?

Merece la pena leer el hilo porque las respuestas de editores, escritores, lectores y demás (léase la referencia a “El Cine” de Mecano) son de todos los colores, sabores, credos, ideologías y tamaños. Están los síes y los noes a secas, los argumentados y luego está mi respuesta, que reivindica el futuro de cualquier tipo de literatura para los escritores. Imagino que por aquello de barrer para casa.

En esa respuesta mía hablaba de los prejuicios contra el terror, la fantasía y la ciencia ficción, que son los mismos que existen contra la literatura romántica. La cultura popular se entiende en muchos círculos como incultura. No hablaré aquí, porque no es lo que me interesa en este momento, de que en realidad se entiende como incultura la cultura ajena no compartida por uno mismo. Baste la mención.

Existe, estaremos todos de acuerdo, una especie de élite cultural. Existen los estetas, los diletantes, los expertos en cánones y modos. Existe gente como Harold Bloom que dice qué es arte y qué es mierda pinchada en un palo. Aunque probablemente Harold Bloom solo use la expresión en privado y tapándose la boca. O quizá no, lo mismo es un feísta de esos, pero lo dudo. Esa gente vive de establecer los cánones del arte. En una especie de gigante lenguado que se muerde la boca, los gurús dicen qué es arte, el arte se revaloriza, lo que revaloriza al gurú, lo que determina la dirección del mercado artístico y todos los que se queden contentos, tan contentos que se quedan.

Es decir, la élite esa del arte come y alimenta el mercado del arte.

En un nivel menos sublime están las obras de arte pret a porter; por ejemplo, los libros que publican las grandes editoriales que son las que copan el mercado y las que fabrican los grandes éxitos literarios. Quiero creer que no todos, pero sí muchos.  Digo que los fabrican porque, en fin, son las que tienen el control del dinero que compra la publicidad y es la publicidad las que se estampa en nuestras retinas sin que podamos evitarlo y sin que debamos esforzarnos.  Esas editoriales apuestan por dos tipos de literatura: la que viene avalada por la élite esa que comentaba más arriba y la que compran los lectores populares.

Léase lector popular como se leería corredor popular: no es un profesional del atletismo, sino alguien que corre porque le gusta, que entrena porque disfruta, que no tiene una visión profesional ni académica del deporte; es decir, un lector que lee sin devanarse los sesos en exceso. Uno que compra novedades, que quizá tenga un par de escritores favoritos, que no investiga demasiado. Al fin y al cabo leer es un pasatiempo para muchos y así debe ser.

Las editoriales esas gordas llenan por tanto las grandes superficies y un porcentaje amplio de las superficies pequeñas con los libros que eligen los gurús y con los libros que ellas quieren.

Y llegamos a donde yo quería traeros ¿Por qué no quieren fantasía, terror y ciencia ficción? ¿Por qué no los quieren en la misma medida que quieren novelas de drama realista o biografías de famosos o novelas históricas?

Bueno, con todos mis respetos, la literatura de género es mucho más peligrosa que el resto. Es más peligrosa porque es más libre, porque las posibilidades que ofrece son infinitas. El terror es capaz por sí mismo de situar a una persona normal en un entorno en el que deba analizar su propia naturaleza, la naturaleza de sus miedos, el modo en el que están construidas las cosas. La capacidad del terror, la fantasía y la ciencia ficción para la metáfora, para introducir ideas transgresoras o directamente revolucionarias es muy superior a la de los dramas realistas.

Eso lo saben los señores (y las pocas señoras) que controlan el dinero y el acceso a la información. Llamadme conspiranioca. Llamadme lo que os de la gana y luego negad que, como decía Pily Barba, “Santa Clarita Diet” oculta una oda al matrimonio; o que “The Walking Dead” hace docenas de temporadas que dejó de ser una serie de zombis para convertirse en un análisis de la capacidad de violencia del ser humano. Sí, ambas populares porque dan mucho dinero, no como los libros. Y ambas permitidas porque transmiten un mensaje conservador a ultranza. Pensadlo, pensadlo.

Las editoriales independientes las fundan elementos independientes de la sociedad y en ese sentido puede que parte del futuro de la literatura de género esté en sus manos.  Porque los escritores de género deben ser independientes. Ya que te van a marginar salvo que seas un genio con suerte (todos queremos ser genios pero más nos vale asumir que la mayoría nos quedamos en lo humano y que de suerte vamos justos); ya que te van a marginar, digo, mejor hazte independiente antes. Por lo de salvar la dignidad y eso.

En cualquier caso, sigo diciendo que el futuro del género está en los autores, y como autores tenemos dos grandes obligaciones: la primera es escribir como si persiguiéramos el nobel a la calidad literaria en combinación con el premio a la popularidad más gordo que haya. Maduremos: hay que escribir muy bien y eso quiere decir —ideología en 3, 2, 1— que nuestros libros deben ser bellos, fuertes, innovadores y asequibles. Pero por si eso fuera poco, también deben ser populares. Combinar la popularidad con la calidad debe ser nuestra primera meta.

La segunda es todavía más fácil: debemos ser más listos que los demás. Debemos parecer inofensivos. Somos gente peligrosa. La gente peligrosa sólo sobrevive si no lo parece.

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