Descanse en paz

por Alicia Pérez Gil

FEAT-ESCRIBIRComo cada Semana Santa, edito este relato de mi veintena. Cambia poco: sigue hablando de amor.

Este año sí hay una novedad que me apetece contaros: Estas nueve páginas son ya una novela de 150. Veremos en qué para aunque, le suceda lo que le suceda, el premio es haber escrito, una vez más, la verdad y nada más que la verdad.

Sin ninguna ayuda de Dios.


Descanse en paz

Amanecimos al dolor cuando nacimos bajo el sol, en Galilea; y ni las escasas lluvias ni las aguas del Jordán han calmado jamás nuestra sed ni lavado nuestras heridas. El río pasa a nuestro lado como si no pasara; vuelve la espalda a nuestras casas de adobe, al polvo y al viento preñado del desierto. Vivimos en ese polvo que nos envuelve y que nos ciega desde el frío de la mañana hasta el frío de la noche; que abrasa nuestros cuerpos y nuestras almas.

Nuestros hijos conocen sólo el polvo que les cubre los pies descalzos y más tarde las sandalias, el cayado o las pieles. Nuestras hijas nacen condenadas a la maldición de engendrar nuevos cuerpos morenos y suaves que el tiempo convertirá en cueros ásperos, gastados y vacíos. Para eso nacemos y para eso nos enseñaron a vivir. A los otros como a mí y entre los otros a Jesús, a quien yo, en mi ignorancia de mujer, amé.

Yo conocí su cuerpo frágil, a la criatura que María, su madre y José, su padre, trajeron a la madera, la sed y al viento caliente del desierto. Nunca fue un niño más tranquilo que los otros, ni un ángel de paz. Era sólo otro par de ojos negros y otra piel aún suave que yo quise ya entonces, en su vulgaridad, tanto como Marta, mi hermana, le despreció. Le odiaba a él igual que me odiaba a mí y a todo lo que formaba parte del polvo, del sol, y de mi pueblo. Marta era todo eso y por esa razón lo odiaba.

En la casa de Jesús vivía el silencio. Yo pasaba cada mañana con el cántaro sobre la cabeza mientras Marta se quedaba moliendo el trigo. A mi paso sólo se oía al carpintero con su madera, el sonido del escoplo modelando sus llagas y la respiración del hombre cansado a perpetuidad. Si giraba la cabeza veía la suya inclinada sobre el banco. Nada más. Siempre la mantuvo gacha mientras yo dejaba su silencio a mi espalda y llegaba hasta el pozo. Allí recogía mi agua y regresaba y encontraba a Jesús, tan parecido a su padre, con la misma herramienta en las manos aún libres de callos, con el mismo cansancio. Con el cansancio todos en Galilea. El cansancio que nace del dolor, el mismo que parecía aplastar el barro contra las cabezas de las mujeres que esperaban en el pozo. Sólo Marta lo soportaba con indiferencia. Ella me miraba y le satisfacía ver cómo Dios me moldeaban a su imagen, a su semejanza; cómo yo me pudría bajo su poder sin oponer resistencia. Creo ahora que así se sentía menos sola.

Hasta que una mañana el cincel de José dejó de herir la madera y su rostro no apareció inclinado dentro del cubil. Sin embargo estaba allí, con Jesús, que se había marchado ya cuando yo regresé del pozo, inquieta. En el lugar de siempre sólo quedaba el padre, que me miró una sola vez, sin conocerme, antes de desaparecer tras el adobe.

Marta me esperaba. Me sujetó por el hombro cuando quise entrar, me miró desde los ojos de mi pueblo, con los ojos de su Dios, y señaló un cesto de ropa pendiente de lavar. Ropa en un cesto fue todo lo que sus ojos quisieron ver, pero no lo que vieron los ojos de Dios ni los ojos de mi pueblo. Y aun así se me permitió marchar con esa ropa, caminar a salvo entre los collados, evitar los rebaños de cabras que han pacido en ellos desde tiempos de Abraham y hallar, de nuevo, agua.

Anduve sin saber lo que buscaba hasta que lo encontré, desnudo, la espalda golpeada, sangrante. Me pareció hermoso su dolor porque no lo compartía con nadie más. No era el nuestro, no era el de todos, no era el de Dios Padre, sino el provocado por un padre propio. Las heridas de su piel no procedían de Dios como el mal de mi alma. La sangre recorría en hilos todo su cuerpo, él sufría y yo sentí los golpes sin sentido de José. Se arrodilló entonces Jesús y el agua arrancó el rojo de su espalda. Yo me incliné hacia delante y comencé a lavar la ropa de Marta. Él se alejó.

A partir de entonces José sí me miraba cuando pasaba con el cántaro hacia el pozo y yo le devolvía con mis ojos el odio que él mismo ponía en ellos. Luego corría a por el cesto que Marta preparaba y buscaba a Jesús para compartir su dolor, sus llagas y su sangre.

Nunca mientras vivió en Nazaret le oí pronunciar una palabra. No hablaba a José ni leyó en el templo como es el deber de todos los hombres. Tampoco me hablaba a mí. Toda su vida era silencio y ojos oscuros de cordero.

Una mañana abandoné la ropa y caminé en el agua hasta alcanzarle. Me acerqué con cuidado y lamí una a una cada gota de su sangre. Le lavé luego y bajo mis dedos sentí sus espasmos de dolor hasta hacerlos míos. Siempre callados.

Luego todas las mañanas fueron iguales: la mirada repugnante de José, la desconfianza de Marta, el cántaro, la ropa, las otras mujeres que esperaban en el pozo, los otros hombres, el polvo, el sol. Todo daba vueltas en torno a Jesús y a mí: las colinas, las rocas, el polvo caliente del desierto, Nazaret con cada piedra, con cada nube de su cielo. Dios mismo. Todo estaba ordenado en círculos fuera de nosotros. Éramos Jericó y, al sonido de la última trompeta, Jesús se fue.

Y fue ese el tiempo en que a diario se quemaban mis labios, se agrietaban las esquinas de mi alma. A la caída del sol, lejos de Marta, me sentaba en el suelo, cruzaba las piernas y dejaba caer el pelo hacia delante mientras esperaba. Me embrutecí hasta errar por las calles de Nazaret tratando de deshacerme del Jesús que se había quedado en mi cabeza, del sabor de su sangre. Quería confundirme en el lamento pero el polvo desaparecía a mi paso y el sol resplandecía siempre sobre mi cabeza. Hasta que el dolor hueco de no tenerle me obligó a buscarle más allá de mi misma y del recuerdo. Quise encontrarle en cada hombre y quise amar de cada uno lo que tuviera de Jesús. Pero no había nada. No había Jesús. Ni con el tiempo quedó tampoco recuerdo, ni quedó vida. José pagaba igual que pagaban todos, pero ni siquiera en él encontré una esquirla de su hijo. Y así como Jesús padeció sed bajo el sol del desierto y padeció hambre desnudo en la arena yo me ahogué en cuerpos que no eran el suyo, pero jamás me sacié.

Las mujeres me despreciaban y los hombres quisieron apedrearme, pero les faltó valor. Querían de mí lo que no encontraban en otras pieles ya resquebrajadas, en otras gargantas, ya secas. Yo era la mujer más hermosa de Nazaret y Nazaret hubo de rendirme tributo.

Cuarenta días y cuarenta noches reiné sobre mi pueblo antes de volver a saber de Jesús y aún muchos días y muchas noches más antes de volver a verle.

Regresó una mañana y su voz quebró mi sueño. Nunca le había oído, pero supe. Y con el conocimiento llegó el miedo. Porque escuché desde la oscuridad de mi cueva que hablaba de amor. Hablaba de amar al prójimo hasta el dolor, más allá de lo humano. Entonces tomé mis ropas de mujer y salí a la calle. Todos estaban allí: los ancianos y los jóvenes, los hombres y las mujeres. Le miraban como a un loco y comprendí. Vi que los demonios le habían hechizado y que doce hombres lo acompañaban, vestidos con los mismos harapos que él; que los trece y sus cuerpos devastados llevaban los ojos perdidos. Jesús ya no tenía heridas, ya no sangraba, pero su espíritu estaba más perdido que mi alma de mujer. Porque yo era fruto del pecado igual que era su causa, pero él había nacido hombre, había nacido puro y se había envenenado. Y por eso aquellos que no habían encontrado el valor de lapidarme a mí alzaron piedras contra él para volver a herirle, para herirme a mí más que si hubiese sido mi sangre la que hubiese caído para mezclarse con la tierra de Nazaret y mi cuerpo el que se hubiese desplomado, quebradizo, sobre esa sangre.

Luego los gritos. Todos los gritos que mi pueblo jamás pronunciara los oí aquella mañana mientras corría a sostener a Jesús, a llevármelo de allí ante la mirada horrorizada de Marta. Huimos como perros y vivimos con las doce ratas durante meses. Todo el silencio se tornó furia y estruendo. Jesús hablaba a las gentes en los pueblos, a los mercaderes en los caminos. Hablaba todo el tiempo y los doce le escuchaban y asentían; y todos continuábamos cansados y doloridos, hambrientos y helados hasta los huesos. Pero cuando él hablaba, nadie veía que no era él, sino los demonios los que asomaban a sus ojos y le arrancaban aquellas palabras atroces. Curaron enfermos, resucitaron muertos pero no me compensaron jamás por su pérdida. Mutilaban su cabeza, le obligaban a recitar con el sol en la mitad del cielo, con los labios abiertos, lacerados por la sed, el calor y el viento arenoso. Los demonios se reían: ante mí, de mí, por mi vanidad, por mi alma de hembra que no comprendía sus palabras ¡Palabras de loco! Entonces la ira agarrotaba mis dedos hasta que sus ojos, los de Jesús, encontraban los míos para tranquilizarme. Los mismos ojos de cordero, negros, brillantes, ingenuos. Porque Jesús no sabía nada. El odio a José se había fundido con la arena, un poco a cada paso. Y nunca llegaría el odio hacia el mundo. Para eso estoy yo. Yo odio a quienes le dieron la vida y odio a quienes se la quitaron. Y odio más aún a los que le escuchaban, a los que le exigían que les tocara, que les mirara, que pronunciara sus nombres. Porque para ninguno era nada más importante que cada uno de ellos. Ni nada más cierto que el agotamiento de mi pobre Jesús a quien dieron en llamar profeta, y Cristo y Maestro.

Yo odiaba y los demonios estaban contentos. Igual que los doce cuando aquellas mismas gentes les ofrecieron cobijo y alimentos. Entonces empezaron a querer hablar como él lo hacía y comenzaron a repetir las palabras de su maestro, y sus gestos. Y cuanto más hablaban, más puertas se abrían, menos penalidades soportaban. Mientras, yo cuidaba del cuerpo extenuado de Jesús y maldecía a Dios por haber permitido que el lamento nos pasara por alto. Aunque en esos momentos cuando, estaba sola con él, los demonios lo abandonaban. Porque los había visto y nada podían hacer por perderme si yo ya estaba perdida. En esos ratos el joven carpintero de Nazaret volvía a su silencio, me conocía y luego dormía en paz y me era permitido mirarle y amarle y sentir de nuevo todo su dolor y amarle más aún por eso.

Los días se sucedían y yo sabía del desprecio de los doce y de su temor. Necesitaban al maestro para mantener el encantamiento sobre las gentes. Ellos no podían sanar enfermos si no mediaba la voluntad del Cristo. Y yo, mujer, se lo arrancaba de las garras cada noche. ¡Cómo se reían los demonios de los doce! Y del furor que despertaban en mí sus miradas mezquinas. Las de todos excepto la de uno de ellos, que se apiadó de mí y a quien desprecié por ello. El único que compartía conmigo su alimento, el que se desesperaba cuando yo se lo ofrecía a Jesús. Muchas veces observé sus labios crispados y su expresión doliente. Luego en sus ojos apreció el odio como aparece más tarde o más temprano en los ojos de todos. Los demonios gozaron cada minuto de nuestras vidas miserables apartando a Jesús de ellas de forma que apenas nos veía. Esperaban alejarme de él alejándome de mí. Pero conocía a los demonios. Había crecido con ellos en Nazaret, había vivido con ellos en mi propia casa sin que Marta supiera nunca que existían. Así que continué esperando mis jirones de sol poniente.

Una mañana Judas vino a hablarme. Los otros once repartían panes y peces entre las multitudes que habían ido a escuchar a Jesús. Él permanecía absorto. Contemplaba los cuerpos ajenos y los rostros, pero no nos veía a nosotros. Sólo Dios y sus demonios saben lo que ocupaba su cabeza.

— Magdalena— dijo.

Yo le miré desde lejos, como Marta me había mirado cuando me recriminó el cesto de la ropa sucia. No le contesté.

—Está loco—. Esperó alguna palabra mía como si mis palabras también pudiesen salvarle, pero no la obtuvo. Me miró con rabia, pero no se fue.

—Pasó cuarenta días con sus noches en el desierto, errando descalzo sin comida ni agua. Cuando volvió no nos conocía. Ni siquiera a Pedro.

—No está loco— dije.

—Volvió más delgado que cuando llegamos a Nazaret. El sol le había llenado de llagas que tardaron semanas en curar. Tenía fiebre. No podía hablar porque los labios se le habían hinchado. Y la lengua. Por la sed. Aún así nos miraba y quería decir algo. Cuando pudo hacerlo sólo oímos barbaridades mucho peores que las de ahora.

—Son demonios.

—María…

Me cogió la mano y le aparté. Me levanté para sentarme tan cerca como pude de Jesús, que había comenzado a hablar de nuevo. Yo no le escuchaba. Miraba a los que sí lo hacían y vi entre ellos a pobres y a ricos, a samaritanos y otros extranjeros, a gentes de Judea y de la misma Galilea que le seguían. Vi a romanos que lo miraban altivos, como es su costumbre. Cuando por fin calló comenzaron los ruegos y las súplicas, las lágrimas, los gritos de socorro. Les habría arrancado las lenguas a todos ellos para que nos dejaran en paz pero los demonios se encarnizaron en Jesús que caminó de un lado a otro imponiendo las manos, recitando oraciones y poniendo nerviosos a los civilizados romanos que huyeron colina abajo.

Esa noche, cuando los demonios le hubieron abandonado en mis brazos, Jesús rompió su silencio.

—María, hermosa entre todas las mujeres. María Magdalena, mi esposa ¿Aún no has visto suficiente? No son demonios los que elevan mi espíritu, sino mi Padre quien me ordena hacer todo este bien. Y yo obedezco como todo hijo debe obedecer a su padre.

—¿José?

Sonrió y me acarició el rostro. Yo quise detener el tiempo entonces, pero el tiempo transcurre a la par que el lamento. Y el lamento estaba allí, con nosotros, también por primera vez.

—No, María. Él, mi padre en los Cielos.

—Pero…

—Déjame hablar ahora. Debo decirte que nuestro dolor aún no ha llegado, que será en Jerusalén donde queramos morir. Pero no moriremos. Terminaremos con el dolor de otros y luego… luego quizá seamos olvidados.

—No iremos.

—Está escrito que debemos hacerlo ¿No has visto a esas gentes? Necesitan ser arrancadas de su miseria, María. Nos necesitan porque no hay nadie más que nosotros para salvarles.

—Ellos no ten necesitan, Jesús, no te merecen ¿qué te dan? ¡Nada! Sólo exigen milagros. Ellos no te aman. Han vivido hasta ahora sin ti y seguirán haciéndolo si les dejas.

Pero marchamos hacia Jerusalén y arrastramos con nosotros innumerables personas hambrientas o tristes, o solas. Monstruos todos ellos sin conciencia. Y con ellos vinieron los doce y con los doce Judas, que no había vuelto a acercarse a mí, que ya apenas me miraba.

En Jerusalén nos esperaba la gloria. Multitudes como nunca he visto salieron a recibirnos, tendieron sus túnicas a su paso, u hojas de palma. Hasta que cubrieron del todo el suelo. Los demonios sonreían a través de los labios de Jesús y yo entré tras él, sombría y silenciosa. Un reflejo a los pies del Cristo, una sombra que se arrastraba en su cochambre sin querer reconocer la grandeza. Debí gritar que todo era falso, que se trataba de un loco o de un endemoniado. Pero no me habrían creído porque él estaba allí, espléndido sobre la mula que le llevaba. Parecía un rey y como a un rey le adoraron. Mientras tanto yo, su esclava, quise recordar el modo en que siempre ha rezado mi pueblo, pero no pude. Porque así como yo lo había abandonado, él me había abandonado a mí.

Habló ese día Jesús ante el pueblo de Jerusalén y jamás he oído palabras tan bellas. Parecía que los demonios se hubieran marchado para dejarle a él, a mi esposo, pero estaban allí. Sé que estaban como sé que Judas se fue reptando entre las casas para perpetrar su crimen. Aun así me quedé a escucharle y por primera vez vi a aquel hombre moreno y delgado lleno de historias maravillosas y promesas de demente. Vi por qué los otros le creían y me esforcé; pero tampoco de eso fui capaz y él me vio en mi dolor. Él entre todos los demonios que sacudían su alma me vio y me compadeció. Luego calló y volvieron los mismos sollozos a rogarle clemencia y un momento más de vida.

Y esa noche los demonios no me lo devolvieron.

Dormimos en un huerto de árboles ancianos y rugosos en un sitio tranquilo, apartado. Los once se desperdigaron para acostarse entre el suelo y el cielo. Yo escogí el lugar para Jesús y para mí. Él no se habría movido si yo no le hubiera guiado. No estaba conmigo, sino siendo devorado al fin por aquellos a los que había servido de diversión durante tanto tiempo. No soporté el vacío de sus ojos ni su sudor frío. Le abandoné a los olivos. Dejé su cabeza apoyada en la raíz del aceite y corrí lejos. Ni una lágrima acudió a mis ojos mientras él lloraba en su delirio, se retorcía en su túnica, se hería las rodillas y las manos preciosas con las que algunas veces me había tocado. Aullaba de dolor y su cara se deformaba en muecas espantosas. Todo paraba de repente y quería acercarme, pero algo me retenía y todo volvía a empezar.

Hasta que Judas llegó con los soldados. Pasaron a mi lado sin mirarme, como José no me miraba cuando yo pasaba bajo mi cántaro vacío. Yo en cambio vi como temblaba cuando besó la mejilla ardiente de Jesús.

El camino a la Cruz fue el más largo de todos los caminos. Tres veces cayó bajo el peso del madero que habían colocado sobre sus hombros. La primera estalló la risa, escupieron sobre él y le martirizaron del mismo modo que habían colocado palmas bajo sus pies. La segunda un hombre salió en su ayuda y la tercera no vi nada entre las lágrimas.

Cuando llegué al monte, colgado del madero no vi a Jesús, sólo un cuerpo destrozado y aún hermoso del que ya había escapado la vida. Apareció Marta con la esposa de José y me apartaron de él, me golpearon, me culparon de su locura, me insultaron y me abandonaron como a un perro con las ropas desgarradas y el alma rota. Entonces llegó la oscuridad y llegó el silencio. Y a mí me levantó del suelo el odio que sentí por Marta que nos había perdido ante los ojos de Dios y de nuestro pueblo. Ella, la más devota entre las devotas nos acusó. A ella y a nadie más culpé de la condenación de mi esposo; así como culpé a Judas de su muerte y de mi soledad. Así culpé también a todos los hombres que no supieron amarle. Y a mí por no amarle lo suficiente. Odie tanto que ya ni recuerdo los motivos.

Volví a Magdala, al lugar donde nací, a orillas del mar de Galilea, al sur de Cafarnaún, donde el muerto había encontrado a sus doce. Aquí he vivido desde entonces y aquí llevé en mi seno un hijo de Jesús que no nació. Volví a la vida de pecado por la que Marta me condenó, pero nunca esperé nada.

Porque nunca hubo ya nada que esperar.

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