La angustia y el miedo que se aprenden. Esos, los que no dejan respirar.

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIRHoy hablaremos de la angustia y del miedo.

Hoy hablaremos de acostarse con la convicción de que algo horrible pasará por tu culpa, porque has cometido un error.

No, no se trata de desencadenar una guerra mundial, sino una confrontación cualquiera, mucho más pequeña.

Veréis, para que la angustia sea real y el miedo resulte paralizador, primero hay que abonar el campo.

Pongamos un niño pequeño, o una niña; en esto del terror tanto da un género como otro.

Pongamos una pequeña persona de uno, dos o tres años de edad. Una persona muy pequeña con un control muy escaso de sus emociones y por tanto de sus reacciones. Una persona con sus ojos, sus manitas suaves y toda la curiosidad de alguien que acaba de llegar al mundo, que empieza a andar, que se pone de puntillas como en precario y a lo  mejor ni siquiera alcanza a que le asomen los dedos por encima del mostrador de la cocina.

¿Os la habéis imaginado ya? ¿Y os da ternura?

Pongamos que esa personita hace sus cosas de personita: a lo mejor se hace pis, o a lo mejor tiene una rabieta por algo que no puede explicar porque todavía no habla. A lo mejor es torpe y se tropieza a menudo. A lo mejor es una persona cantarina o se divierte golpeando sus juguetes porque, no nos engañemos, no hay mucho más que se pueda hacer a esas edades. Y si no lo creéis,  acercaos a una tienda de juguetes: todo son formas redondeadas, colores vivos y sonidos nuevos.

Pongamos que todo lo que hace se convierte en motivo de reconvención. No hablo de grandes broncas (aunque puede ser que se den), sino de regañinas, de malas caras, de privaciones (no jugaré contigo porque has hecho ruido y me has molestado), de ausencias (no te querré porque te has ensuciado), de amenazas (si se vuelve a repetir, te vas a enterar; tú no sabes lo que vale un peine; que no me entere yo de que vuelve a pasar esto).

No tengo que deciros quién posee el poder absoluto para convertir todas esas pequeñas cosas, que son pequeñas, que son humanas, en herramientas de coerción de la voluntad. Lo sabemos todos.

Pongamos que esa personita encuentra un nicho de elogios (de besos y abrazos no; digo de elogios y sonrisas).

Pongamos que esos elogios vienen de la mano de unos números que van desde el siete hasta el diez porque los que van desde el cinco hasta el siete son pura mediocridad y no existe vida por debajo del número cinco.

La cuestión es que esa pequeña persona crece y lo que sabe de sí misma es que su curiosidad molesta a las personas de las que depende, que cuando hace ruido incomoda a esas mismas personas pero que el reconocimiento por lo que aprende le reporta sonrisas. Así establece la identidad entre el resultado y el amor. Crece por tanto pensando que lo que hace de manera natural es incorrecto y sabe, además, que esos errores suyos dan lugar a castigos, mientras que un buen resultado reconocido por alguien ajeno a ella misma, da lugar a cierto bienestar.

Espero no ser la única que se de cuenta de que crecer así determina el modo en que cualquiera se enfrenta a las novedades: a la escuela, al instituto, a un primer trabajo o solo a un trabajo nuevo.

Espero no ser la única que ve con claridad que cada vez que una persona grande educada como una de esas personas pequeñas de las que hablaba hace unas líneas revive cada vez que se equivoca los castigos, las privaciones de amor, el sentimiento de inadecuación. Espero que me acompañéis también en el entendimiento de la fragilidad de lo bueno, que depende siempre del juicio de otros, que no es estable ni duradero.

Espero que comprendáis todos que es de ahí –en los casos a los que me refiero. Hay otros cuadros, otros ejemplo, otras causas para la autoestima destrozada-, de donde surgen la angustia y el miedo que a algunos no nos deja respirar por las noches, que convierte la vida en una sucesión dolorosa de días con sus noches, a veces en blanco, a veces pobladas de pesadillas. Es de ahí de donde surge, cuando hay suerte, la literatura verdadera.

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