No te traigo flores: sobre la memoria

por Alicia Pérez Gil

 

FEAT-ESCRIBIREl cementerio de mi pueblo es pequeño, una parcela recogida, muy limpia a pesar de que la verja nunca se cierra más que con un alambre retorcido. Lo rodea un muro levantado a mano, con piedras irregulares; una de esas paredes de minifundio como las que separan unos prados de otros. Tres cipreses contados, altos, de tronco grueso y copa afilada delimitan la parte más moderna, al fondo, de la más antigua, junto a la entrada. Existe un camino asfaltado, muy feo, que lo atraviesa en vertical y varios senderos trazados por los pies insistentes de algunos deudos, que lo cruzan en horizontal. Las tumbas de los niños viejos se encuentran en la zona nueva junto a los nichos de los últimos viejos muertos. Tiene sentido, si lo piensas.

Yo digo que Sol la enterraron en tierra de nadie, en una tumba excavada a medio camino entre lo nuevo, lo antiguo, los bebés y los ancianos.

No la visito a menudo porque me duele que ya no quede nada de ella. Solo me acerco cuando noto que se me está olvidando, cuando miro una fotografía y no consigo recordar si la sonrisa que mostró a la cámara escondía algún secreto, algún tipo de malicia, o si se trataba de una sonrisa inocua. La última vez que desanudé el alambre de la verja lo hice porque el verde de sus ojos cambia de una instantánea a otra y no supe reconocer qué tono era el suyo.

No le llevo flores a Sol, sino los huecos que se abren en mi memoria precaria. Respiro por la nariz, meto las manos en los bolsillos y le ofrezco esas células muertas a ella, que se ha convertido en células muertas también. Me apoyo en las barras de hierro de un mausoleo cercano y le digo, en voz alta, que esos recuerdos borrosos míos la hacen más grande dondequiera que esté porque la realidad que yo pierdo regresa a ella. Suena fatal cuando lo digo, pero me consuela. Porque así parece que tiene un sentido, un propósito, que me esté olvidando de los rasgos de Sol, o del sonido de su voz, o del tacto áspero de su nariz demasiado grande entre mis muslos.

Esta mañana he vuelto. Había un coche rojo aparcado junto a le verja del cementerio, que estaba abierta. No sé lo que esperaba encontrar dentro Al alguien de fuera, supongo, a algún extraño, quiero decir. Algo raro, aunque la verdad es que nunca encuentro a nadie, así que ya era bastante raro el coche en sí, saber que otra persona viva respiraba allí dentro.

Una vez cruzada la puerta de hierro estiré un poco el cuello y miré a ambos lados  mientras, como siempre, me metía las manos en los bolsillos y respiraba hondo. No vi a nadie. No vi al visitante. Pensé que lo ocultaban los cipreses o que se habría metido en alguno de los panteones. Yo siempre he querido entrar en uno, pero me da reparo. Me parece que es como asaltar la casa de alguien. Aunque en ellos solo vivan los muertos. No, aunque sólo los ocupen los muertos.

La mujer, la dueña del coche, estaba de pie frente a la tumba de Sol. Allí se había parado. Miraba al frente. Se le notaba porque estiraba mucho el cuello. Lo forzaba.  Se me cortó la respiración, como antes de cambiar la caldera por la de gas natural, cuando se me acababa el agua caliente en medio de la ducha. Me acerqué de todas formas porque yo iba hacia allí.

Se levantó un poco de viento que me trajo el aroma de un perfume caro enredado con el olor corporal de la mujer: a sudor, a cansancio. La misma brisa agitó sus rizos cortos de un castaño oscuro muy similar al color de los troncos de los cipreses. Se llevó las dos manos a la cabeza y noté que temblaba, como si llorase.

Jamás se me habría ocurrido que encontraría a alguien llorando en la tumba de Sol. Se me encogió el estómago y me salió una voz chillona cuando le pregunté a aquella extraña si estaba bien.

—¿Estás bien?

Ella bajó las manos, se agarró los codos y se protegió la cintura como si, como a mí, se le hubiesen retorcido las tripas. Me miró. Me analizó. Llevaba gafas oscuras, de pasta, y yo no podía distinguir sus ojos tras los cristales, pero me repasó de arriba abajo primero y de abajo a arriba después. Creo que dedujo que yo no presentaba ningún peligro. Quizá por mi delgadez o por las manos ocultas en los bolsillos escasos donde no habría cabido un arma. Además, me mantuve a cierta distancia.

—No mucho.

Asentí. Así, con la cabeza. La moví hacia abajo y la levanté. Lo hice dos veces. Tampoco yo estaba muy bien. Empezaba a pesarme el hueco de la memoria que le llevaba a Sol y me sentía incómoda en presencia de la extraña. No quería resultar inoportuna, ni entrometerme. En realidad solo deseaba que se fuera para poder hablarle a mi muerta de que se me había escapado su altura, de que ya no sabía si su frente me llegaba a la nariz antes o después de que se pusiera los tacones.

—Era pequeña.

No sabía si se refería a Sol, a ella misma o a alguna otra muerta.

—Era pequeña y me hacía daño a veces. Como sin querer, pero quería ¿sabes a lo que me refiero?

No lo sabía, pero asentí de nuevo porque no quería entretenerla, no quería que se alargara con explicaciones. Supuse que si la dejaba hablar todo terminaría antes y yo podría hacer lo que necesitaba hacer y luego irme a seguir con mi vida.

—A veces me decía que me odiaba. Eso me daba igual porque sabía que era mentira. Pero cuando me decía que ya no me quería o que nunca me había querido, entonces me daban ganas de matarla porque con ella nunca se podía estar segura. Se reía de mí. Siempre que encontraba la oportunidad se reía de mí.

Me dio mucha pena la mujer, muchísima, porque parecía que se acordaba de todo y que eso le hacía daño.

—¿Y tú?

—¿Qué?

—¿A ti también te jodió la vida?

—Pues no creo que sea asunto tuyo, la verdad.

Me di cuenta de que mi respuesta era grosera, pero también reflejaba lo que sentía, así que no me disculpé.

—Ya… Hacía mucho que no la veía. No tienes que odiarme ni nada. Seguro que no te engañó.

—Seguro que no.

Lo pensé un poco más antes de añadir algo que también era cierto.

—La habría matado.

Se rio con una de esas risas falsas que tratan de ocultar el miedo sin conseguirlo.

—¿No fuiste tú, entonces?

Yo negué. Con la cabeza. La giré de un lado a otro y luego me quedé mirando a aquella extraña que no terminaba de marcharse. De repente me interesó saber por qué motivo había ido a mi cementerio, de modo que se lo pregunté.

—¿Por qué has venido?

—No es que sea cosa tuya tampoco ¿no?

Respondió muy rápido, como si hubiera estado esperando la oportunidad de devolverme mi respuesta grosera. No me importó.

No dijo nada más, se metió las manos en los bolsillos y pasó a mi lado. Yo no me di la vuelta para mirarla porque no era a ella a quien había ido a llevarle sus cosas, sino a Sol. Así que allí las dejé: la incógnita sobre su altura y un enigma nuevo, un regalo.

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