Una historia de terror real: el trastorno reactivo del apego. Abrazad, insensatos.

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIREn este momento yo debería estar escribiendo la emocionante historia de un Jesús enamorado, poseído por demonios, que se arrastra a través del desierto de Galilea porque Juan el Bautista ha creído que así podrá escapar de quienes le persiguen por haber matado a José, su padre.

Sin embargo, hay algo bello en la literatura por mucho que la literatura la firme Stephen King, que no es un hombre al que se suela relacionar con la belleza. Hacía ya un tiempo que no releía nada. Hay tanto nuevo, tanto bueno, tanto desconocido, tanto interesante, que he andado como pollo sin cabeza. Pero en septiembre estrenan la nueva versión de IT y quiero llegar con las cosas razonablemente recientes, pero no tanto como para no disfrutar de los huecos o licencias que se tome la película.

Hace  unas semanas, como cinco, terminé 22/11/63, que es una gran novela de amor, digan lo que digan quienes lo digan. En el primer tercio King hace que su protagonista pase por Derry y se encuentre con dos de los chicos de IT: Richie y Beverly. Además se complace en la recreación de la ciudad maldita, de lo que está muerto en esa ciudad. Se trata de un par de capítulos, pero bastaron para que la chica de catorce años que vive por ahí, en algún lugar entre mis riñones y mi laringe, se sintiera como si estuviera viendo las fotos del instituto. Casi no tengo fotos reales de aquella época y doy gracias porque fue una época horrenda, pero sí tengo recuerdos muy vívidos de algunas de las novelas que leí entonces. Por ejemplo, IT.

Con IT creé uno de los primeros vínculos literarios que recuerdo. El ejemplar de mi madre, comprado a Círculo de Lectores, corrió la misma suerte que el de El Señor de los Anillos, de la misma procedencia. Ahora están en mi casa, desvencijados, vividos, exprimidos, como todos los libros deberían estar. No en vano pasaron por las manos de al menos cuatro adolescentes y algunos pares de adultos ¿Si prefiero los libros nuevos? Me gusta el olor de la tinta, me encantan las librerías PERO no: prefiero los libros usados. De hecho yo no leo mis libros, los uso. Pinto, subrayo, escribo. Sé que esto me hace acreedora de una entrada VIP al infierno de los bibliófilos, pero así soy yo.

Creé vínculos gracias a Sherlock Holmes, Raistlin Majere, Frodo Bolson y Ben Hascom. Recuerdo en primer lugar la cara de idiota que se me quedó cuando descubrí que Mike Hanlon, el hombre que pone la trama de IT a rodar, era negro. Yo vivía en un pueblo de 12.000 habitantes del Valle de Ayala, donde la más morena era yo, que soy sólo un poco menos pálida que un cadáver. Recuerdo frases como que “la tortuga no pudo ayudarnos” claro, y el pasaje de la sangre que sale a borbotones del lavabo. Recuerdo a Bill el adulto pedaleando a duras penas en Silver. Lo recuerdo con la misma consistencia con la que recuerdo las vacaciones (reales) de aquel verano. Recuerdo los libros con mucho más cariño y mucho menos dolor que la vida.

Y sin embargo.

Sin embargo, por mucho que me emocione y que me parezca bello, sé que hay algo morboso e incorrecto en todo esto. Porque a veces me cuesta distinguir lo que es verdad de lo que no. Seguro que habéis leído eso que dicen de que el cerebro no es capaz de diferenciar entre que hagas unas abdominales y que visualices que las estás haciendo. Os suena ¿no? Yo diría que es falso. Igual que digo que en mi caso es cierto que mi cerebro no diferencia, a nivel emocional, lo que me pasa a mí de lo que les pasa a los personajes con los que me identifico.

Los sicólogos hablan de una cosa que se llama desapego. Existe un desapego bueno, que es el que te permite dejar marchar el dolor, o a la gente que no te merece. Es un mecanismo para superar los malos tragos. Y luego hay desapego del malo. No me haré la víctima: yo tengo de los dos 😉

Vale, el desapego negativo es el que a veces hace que me sienta muy muy mal. Y os lo cuento por si conocéis a alguien que lo tenga todo y a quien no entendéis cuando os dice que está triste, que se siente solo o que se siente feo. Para procurar que en vez de mirarle como a un bicho raro, le deis un abrazo. Un abrazo, no hace falta que le digáis que es guapo, listo e importante. Él ya lo sabe, pero no lo siente. Necesita sentirlo, así que abrazadle.

Y no valdrá con que le digáis nada porque esto del desapego malo es un poco como esas experiencias extracorporales que salen en las películas o en los libros: y entonces fue como si saliera de mi cuerpo y viera mi vida desde fuera. Yo veía lo que hacía, pero no parecía que fuese yo, sino otra persona.

Así es, ni más ni menos. Por algún motivo este efecto se desencadena y uno (en este caso yo), sabe que tiene una hermana guay, un sobrino nuevo al que tiene que conocer, un marido al que quiere con locura (y que la quiere con la misma locura), un trabajo razonablemente cómodo, cuatro gatitos que son cuatro amores, una bonita casa, un cuerpo sano, unos ojos bonitos, un pelo maleable, cierta inteligencia, algún talento para lo de contar historias, una red de amigos. Yo sé que tengo todo eso, pero es como si no fuera mío. No soy capaz de conectarme con todas esas cosas buenas. Como si se produjese un cortocircuito o como si hubiera venido el hombre del saco y las hubiera metido todas dentro de su bolsa.

Así que en mi cabeza solo quedan las cosas malas: las que dan miedo, las que dan vergüenza, las que no me gustan, las que me hacen sentir mal, los deseos incumplidos.

Si habéis leído Coraline, de Neil Gaiman, quizá os sea más fácil entenderlo: los padres reales de Coraline desaparecen y ella debe huir de la madre falsa, mala y hueca. Pues bien, yo me siento mala, falsa y hueca, como si me hubieran robado todo lo bueno.

Luego, de una manera también misteriosa, me reconecto conmigo y con mi vida y siento el amor y la alegría y me reconozco guapa, lista e importante.

Todo esto está relacionado con el trastorno reactivo del apego, que es malo, feo y alberga más horrores que la noche y también con la ciclotimia. En ocasiones no sientes nada bueno y por tanto cuando eres capaz de sentirlo, te lanzas a tumba abierta, ya sea a vivir en Derry o a enamorarte de Dylan McKey. Lo que haga falta con tal de que te quieran, lo que haga falta con tal de formar parte.

Así que ya sabéis: si conocéis a alguien que lo tenga todo para ser feliz y veis que está genuinamente hecho polvo, pasad de discursos: dadle un abrazo. El contacto es la mejor manera de conectar. El contacto une lo que el cerebro, a veces, desconecta.

 

 

 

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