Hay que matar las margaritas. Hay que salvar el mundo.

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIRHa aparecido una flor en Facebook. Hace unos meses al pulgar azul se le añadieron unas pocas caras con expresiones de asombro, risa, enfado y tristeza. Además pusieron un corazón que significa “me encanta”. Y ayer una flor morada. Parece que para dar las gracias.

Esto no es nuevo en realidad. Ni siquiera lo ha inventado whatsapp, aunque sin duda ha sido esta aplicación la que ha llevado la popularidad de los emoticonos a niveles estratosféricos. A mí me gustan: me parecen divertidos, ahorran tiempo y casi nunca los uso para sustituir palabras. Soy más bien de las que los emplea para suavizar frases; ya sabes, como lo de eres imbécil, pero te lo digo desde el amor. Son divertidos, sí. La caca que sonríe es genial porque es una caca y sonríe, colega. Una mierda feliz, metáfora atrevida y de aplicación global donde las haya.

Lo que pasa es que estoy releyendo El cuento de la criada, de Margaret Atwood, una distopía cada día menos distópica en la que a las mujeres no se les permite leer. Los rótulos de las tiendas han sido sustituidos por dibujos: una chuleta donde antes decía carnicería, unos huevos y una vaca donde antes decía lechería, y así.

Y me pregunto si esto de comunicarnos con flores, corazones y emoticonos amarillos que whatsapp permite cambiar de tono para adaptarse a diferentes razas, no derivará en otra cosa. No inmediatamente, claro, sino a largo plazo.

La lectura es peligrosa. Lo decía yo misma hace poco hablando de 36, la novela corta de Nieves Delgado para Cerbero que me temo que no podría ser escrita con emoticonos. Una novela peligrosa porque obliga al lector a cuestionarse ciertas cosas y del autocuestionamiento nacen por lo general más preguntas que respuestas. Pero lo que se desean son respuestas y entonces lo que hay que hacer es leer más, aprender más. Así, cuanto más te preguntas cosas, más aprendes, cuanto más aprendes más sabes y cuanto más sabes menos manipulable eres.

Vivimos una época convulsa en la que no somos protagonistas. Yo soy una tía bastante ingenua, la verdad, y me siento traída y llevada como hoja al viento. Nadie me informa. De todas partes me hacen llegar opiniones. Y los medios de información tampoco me informan porque ni siquiera intentan contarme la verdad. Me cuentan lo que les interesa (a ellos o a sus dueños) que yo crea.

Sí, todos me dicen lo que debo creer y nadie se ocupa de lo que debo saber, así que tengo que hacerme cargo de mi propio conocimiento, de mi propia cultura. En el momento en que solo disponga de flores, corazones y caras amarillas y no de palabras más o menos complejas ¿qué capacidad para informarme, para prender, para saber, para crecer, para defenderme, tendré?

Hay que leer, hay que conseguir que los que no leen deseen leer. Hay que hacer un esfuerzo grande para que todos aquellos que no desean pensar deseen hacerlo. Joder, pensar es una mierda, pero es pensar lo que nos hace siquiera relativamente libres y relativamente más fuertes.

Esto es una responsabilidad de cada individuo y una responsabilidad aún más acusada en las personas que escriben para que otros los lean: escritores, periodistas, guionistas de comic, poetas, compositores, dramaturgos.

Hay que matar a las margaritas. Hay que salvar el mundo.

(Y yo ya si eso, debería dejar de venirme arriba, pero es que tengo mucho sueño)

 

 

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