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Ese cuerpo es un problema – That body is a problem

FEAT-AMARSE

Tenía muchas ganas de traducir este artículo de Iain.

No es mi amigo, no le conozco y ni siquiera sé si me caería bien, aunque sí es el mejor amigo de mi reciente nueva adquisición amistosa.

Lo escribo porque Iain es un HOMBRE y el artículo habla de los problemas de autoaceptación del cuerpo de UN HOMBRE. A lo mejor es que yo no leo muchos blogs masculinos (el suyo, en inglés, habla también de música y viajes). En cualquier caso, me parece importante que las muejres sepamos que algunos hombres se sienten como nosotras. Tan importante como que los hombres sepan que tienen derecho a sentirse así y expresarlo.

Esta es la traducción

Soy un aficionado en lo que respecta al ciclo de locura en que los culturistas profesionales  se sumergen cuando preparan grandes competiciones estéticas. No tengo cuerpo de culturista profesional, de hecho no estoy muy en forma y mi porcentaje de grasa corporal les provocaría pesadillas. Aún así llevo unos años haciendo ejercicio y, aunque he ganado masa muscular y definición, el aumento es relativo y habría que compararlo con lo que antes no tenía. He “crecido” pero debido a la maldad intrínseca de Instagram y la larga lista de body builders a los que sigo y con los que me comparo, todavía veo mi cuerpo, a veces,  de forma negativa. No siempre veo mis abdominales y me pregunto si debería; mi vasto interno crece muy despacio ¿debería verlo? En el pasado la ropa me volvía loco ¿debería parecer una corteza de pastel cuando me quite los calzoncillos?. El camino hasta la aceptación de mi cuerpo ha sido largo y accidentado y esta es una muestra de las cumbres, valles y la montaña rusa emocional que he atravesado hasta llegar a donde estoy.

EL FUNERAL DE LA GRASA

Mi relación con el ejercicio físico y la dieta ha sido históricamente problemática. Fui un niño delgaducho que se puso encima casi 102 kilos a los 15 años. Cuando me ofrecieron un contrato fijo para sustituir al muñeco de Michelín supe que había llegado la hora de cambiar. De todas formas, incluso cuando alcance los 10 kilos, no parecía un monstruo de grasa retemblona. De acuerdo, me rozaban los muslos, pero afortunadamente jamás tuve un problema de roce de lorzas… porque no hacía ningún deporte. Casi ni caminaba y mis michelines se quedaban muy quietos, sin darme problemas mientras estaba sentado durante horas jugando a videojuegos, bebiendo Fanta y comiendo cuencos de cereales azucarados del tamaño ideal para el gigante Hodor.

De manera natural perdí algo de peso cuando llegué a los 16/17 años y a los dieciocho fui tan consciente de mi estado que comencé una dieta muy estricta y nada saludable que me hizo perder 53 kilos en 18 meses. No me volví anoréxico, sino que comía “sano” pero a niveles obsesivos. Contaba hasta la última caloría, me saltaba comidas y hacía demasiado ejercicio. Estaba muy concentrado, tenía un objetivo muy claro y me había enfadado mucho. Sentía una ira atroz hacia la grasa, que debía morir, así que maté tantas de esas horrendas células como pude y celebré cada funeral a medida que los números en la báscula descendían. No tenía ni idea de que me había convertido en un esqueleto ni de lo débil que parecía. No veía mis costillas a pesar de que se podían contar a simple vista, lo mismo que mis clavículas o mis caderas. No noté que los vaqueros me colgaban literalmente y que mis piernecillas no rellenaban ni la mitad de las perneras. Me sentía mucho más grande de lo que en realidad era. Por eso jamás recomendaré a nadie que pierda peso demasiado rápido. A la idea de mí mismo que yo tenía le llevó años reencontrarse con la realidad y, mientras tanto, el nivel de autocrítica que soporté fue más que vergonzoso.

PUNTO DE GIRO

Me mud´çe a un apartamento durante mi Segundo año de Carrera. Uno de mis amigos era jugador de rugby y un entusiasta de la salud y el fitness. Nunca había tenido un amigo tan físicamente activo así que supuso una revelación verle volver de las vacaciones de verano con el doble de su masa muscular. Eso dejó hecha polvo a mi mal alimentada y dismórfica cabeza de chorlito.

¡Quiero tener esa pinta! ¿Ese es el aspecto que un hombre debe tener!

Ojo, que no quiero decir, ni por un momento, que un hombre sea menos hombre si no es un Adonis musculoso. Nunca me atrevería a hacer ese tipo de juicios y mucho menos a expresarlos.

Lleno de inspiración, me apunté a un gimnasio y me hice un test de forma que reveló que tenía un índice de grasa corporal del 7% (el entrenador me dio una palmadita en la espalda por un porcentaje tan “ideal”). Durante los siguientes siete meses avancé mucho, pero luego el gimnasio cerró, o perdí motivación y lo dejé. Fue una pena porque por primera vez tenía bíceps. Unos bíceps pequeñitos, pero ¡mis primeros bíceps! Lo que pasaba es que no me interesaba la salud lo bastante como para buscar otro gimnasio. Aunque en aquel momento todavía no había llegado al punto de entender lo intrincado del mundo del body building, aquello abrió mi mente a una silueta completamente nueva, una idea que convertía en aceptable comer y ser más voluminoso.  Una idea de tipo de cuerpo que jamás había considerado con anterioridad y que ha permanecido conmigo y me ha ayudado a convertirme en un nuevo yo, más sano.

ENCONTRÉ LO QUE ME GUSTABA

Hagamos una elipsis hasta el día de hoy. Todo lo anterior puede ser un sinsentido, pero debería servir para ilustrar que la salud y el fitness son parte del viaje de cada uno, pero también un viaje en sí mismos. En ocasiones pueden ser tus mejores amigos, hacerte sentir increíble, seguro de ti mismo y más atractivo que nunca. En otros momentos se convierten en tu archienemigo y te fuerzan a deshacerte en lágrimas mientras acabas con una tarrina de helado de  Ben & Jerry’s Phish Food, te bebes una botella de vino tinto y ves “El diario de Noah” (un asco de peli, no la veas). Tus emociones se desbordarán por todas partes al principio, te sentirás frustrado, impaciente y lleno de raba. Debes recordar que no vas a l gimnasio por obligación, sino porque quieres. Si odias el gimnasio e ir te causa estrés emocional, no vayas.  Haz otra cosa. Yo descubrí que me encantaba el gimnasio, que disfrutaba levantando pesas y comiendo sano. Desde entonces he avanzado tanto que ni me imagino volver a pensar de la dieta y el ejercicio lo que pensaba cuando comencé.  Cuando tú encuentres el tipo de ejercicio que te gusta no mirarás atrás porque te sentirás más rápido, más fuerte y mejor que nunca.

Yo me enamoré del binomio “crear músculo y perder grasa”. Necesito objetivos aunque no sean necesariamente en forma de números. Cualquier objetivo me sirve. No soy capaz de trabajar en algo si no veo que tiene un final y, cuando llego hasta allí, me meto en la siguiente fase. Nunca había trabajado activamente en la pérdida de grasa así que cuando empecé, resultó ser un reto tanto físico como emocional. Con la presión añadida del bombardeo de Instagram (en el que me metí yo solo). Me obsesioné con la idea de perder grasa para ganarla de nuevo mientras procuraba ganar masa muscular para estar perfecto en la playa, en el espejo, en mi día a día. Quería un cuerpo que provocara comentarios positivos. Mi objetivo último es que mi ropa estalle debido a mis enormes músculos, lo que pasa es que para eso todavía queda. De hecho, más que un objetivo es un sueño. ¿Sabes esos tíos que los ves y parece que se les va a reventar la camiseta porque no les caben los bíceps dentro? Pues ese es mi futuro yo.

EL CUERPO ANTES Y DESPUÉS

Antes y después de 2015 (14 semanas de disminución de la grasa)

Comencé el programa en junio de 2015 y aunque la primera semana fue espantosa (dolores de cabeza, hambre, ansiedad de azúcar, horribles agujetas), sin exagerar, una mierda de semana; hacia el final de la segunda empecé a sentirme mucho mejor. Todavía comía un montón de comida que no se consideraba conveniente. Antes de empezar no era un gran aficionado a la comida basura, pero tomaba Nutella a diario y snacks dulces bastante a menudo. Mis comidas eran sanas pero no tenía ningún control sobre el tamaño de las raciones. En cuanto empecé el plan me di cuenta de cuánto estaba comiendo de más y de qué manera las pequeñas cosas que añadía a cada menú contaban a la hora de alterar los valores nutricionales (por ejemplo, mientras ahora desayuno 50 gramos de cereales antes de entrenar, antes tomaba 100 o 150 con pasas y miel). Mis abdominales empezaron a asomar, mis piernas tomaron volumen tenía el culo más firme y redondo y la ropa ya no me colgaba.

Perseveré durante 14 semanas y al final había perdido un montón de grasa (no sé qué porcentaje), tenía un core más visible y mayor definición en general. No lo hice a la perfeccioó, claro y tampoco me convertí en el perfec to musculitos de Instagram, pero se me veía mejor y me sentía mejor que nunca. No tenía unos hombros como muros de cemento, pero sí se parecían a bonitos cantos rodados; la grasa desapareció de mi “zona de flotadores” y tenía el estómago tan plano que sentía genial dentro de esas camisetas súper estrechas “slim fit”. Recibía piropos y me encantaba, y no solo de manera narcisista. Esos piropos me empujaron a cruzar un nuevo límite, la frontera de la propia imagen negativa. Por primera vez en mi vida me miré en el espejo, desnudo, y no puse mala cara. De todas formas todo esto tiene su lado menos positivo.

Ahora estoy en la fase de ganar músculo y cambiar el chip mental para sentirme cómodo con lo de ser “más grande” es difícil después de 14 semanas de perder grasa. Caes en el viejo hábito de pellizcarte la piel y decir que lo que has cogido es un pellizco de grasa; te frotas la barriga antes de acostarte y te preguntas si te has quedado embarazado por efecto de algún oscuro hechizo… Y sí, así es: es un hechizo de comida. Felicidades. Estamos demasiado inmersos en un mundo obsesionado con la imagen corporal, asaeteados por cuerpos perfectos a través del cine y la televisión, los vídeos musicales, las redes sociales. Puede que te encuentres uno de esos cuerpos bellísimos en Instagram y te preguntes, igual que antes de empezar con el ejercicio, por qué no te pareces a él. Yo me sentí genial después de perder grasa. Nunca había estado tan contento con mi cuerpo.

No veía mucho a mis amigos, el ciclo de los hidratos de carbono afectaba a mi estado de ánimo , comer fuera siempre era motive de estrés porque en el fondo adoro la comida. En serio, me encanta comer y como, aunque con mayor moderación.

En fin, lo que digo es que no intentes convertirte en una mejor versión de ti mismo en comparación con una foto de Instagram, Facebook, Twitter o lo que sea. No mires a ese tío del gimnasio que lleva una camiseta de tirantes y tiene los músculos venosos y súper trabajados porque levanta diez mil kilos de peso. No mires a los tíos en el vestuario preguntándote donde coño han puesto sus lorzas.

Se tu mejor tú.

Agradezco respirar

FEAT-AMARSEHoy, después de una semana de inactividad debido al asma, recién diagnosticada, he salido a correr. He hecho mi mejor tiempo en mi distancia más larga.

Lo que importa de todas formas no es eso, sino lo mucho que enseña esto de correr acerca de uno mismo. Imagino que es parecido a meditar porque me obliga, igual que la meditación, a acallar los pensamientos ruidosos que pretenden que me distraiga. Por lo demás, no tiene nada que ver, claro, porque mientras corro pienso y a veces aprendo cosas.

Hoy, apenas comenzado el kilómetro 1,5, ha sonado una canción preciosa, que ya me gustaba antes, pero que hoy ha abierto una puerta. Se titula Alive y la canta Sia. Habla de sobrevivir. No hay nada a lo que yo haya tenido que sobrevivir, pero el asma es una mala jugada cuando te has propuesto correr. Y te has propuesto correr porque asumes que no vas a morir mañana, porque tu familia es longeva y tienes 41 años; lo que quiere decir que pasarás de los 50 y de los 60. Decides correr porque es más barato que un gimnasio, porque no compites contra nadie, porque es la calle, tu voluntad y tú. Porque es eso para lo que te dijiste que no estabas hecha pero has decidido que nadie te dirá para qué estás hecha, que estás hecha para lo que hagas y por eso lo haces.

Entonces te diagnostican asma. Ya sabías que las arizónicas no te sientan bien, pero, joder, asma. Asma. El asma te obliga a veces a quedarte en casa. Quedarte en casa es el comienzo de una espiral de inactividad y tú siempre has tendido a dejarte llevar. No puede ser, piensas, que ahora que ibas en serio venga el universo de las narices a soltarte un asma, en plan gracioso. Así que yo iba por ahí, con mi kilómetro y medio a la espalda, a la busca del kilómetro dos, pensando en el asma y las plantas hostiles cuando Sia ha gritado: Todavía respiro. Te lo llevaste todo, pero todavía respiro.

El sol caía sobre mi cabeza, los árboles verdes se mezclaban con algunas hojas que ya amarillean y yo corría por un camino llevo de polvo. Respirando.

A lo mejor jamás corro más de los 7.5 que he corrido hoy, pero estoy viva. Y respiro.

Llevaba más de un año preguntándome por qué la vida no hacía más que ponerme a gente enferma en el camino. Personas que cargan con un dispensador portátil de morfina porque sufren dolores espantosos; personas, mujeres, que viajan con una percha y una bolsa de drenaje porque no les funciona el intestino; personas de 25 años que no pueden medicarse porque son fármaco resistentes y a la vez se les desencaja la cadera, sin avisar, se caen al suelo.

Mujeres todas ellas que le sonríen a la vida mucho más de lo que yo he sonreído hasta hoy. Mujeres con fuerza, con carisma, con amor.

Era por esto. Porque yo respiro.

Yo respiro. Nadie me ha quitado nada y YO RESPIRO.

Correr te da muchas cosas. Correr te pone delante de ti misma con mucha más precisión que un espejo si te paras a escucharte. Porque no se trata de correr un kilómetro en cuatro minutos, sino de correr cien metros y mirarte. Por eso es difícil. Cuando corres estás sola. Llevas la música pero estás sola con tu mejor amiga y con tu peor enemiga. Estás sola contigo. En un mundo con prisa y tests de resultados estar a solas con uno es un deporte de riesgo.

Pero el premio merece la pena.

Hoy, por primera vez en mucho tiempo, agradezco respirar.

De corazón.

Une la línea de puntos

FEAT-VIVIREl día que prefieras de este año, sucedieron todas estas cosas, en algún lugar de España. Quizá en una ciudad grande con hospitales, iglesias, juzgados, parques y carreteras.

Nació un bebé con los ojos pegados de líquido amniótico. En cuanto la pediatra dio su consentimiento y los enfermeros anotaron peso y medidas lo colocaron sobre el torso de la madre. Los latidos de ambos se acompasaron. La mujer lloró en silencio, de felicidad y alivio. El bebé durmió. Se sentía seguro. Fuera se puso en marcha la maquinaria de los nacimientos. Se compraron  muñecos, flores, chocolates. En uno o dos días, familiares y amigos desfilaron por la habitación del hospital. La mayoría llevaron sonrisas y palabras bonitas. Todos fotografiaron al pequeño. Muchos le encontraron  parecidos imposibles. Hubo risas cómplices ante regalos horteras, absurdos, pasados de moda o previstos. La madre procuró parecer menos cansada de lo que estaba. El padre se mostró solícito y orgulloso; quizá un poco abrumado porque donde no había nada se encontraba ahora el fruto de su simiente, al que le unía una corriente de amor distinta de todas las otras.

Una columna de niñas y niños vestidos con sus mejores galas esperó para tomar la primera comunión. Recién confesados, pensaban en los trajes y regalos, en dinero, en la PS4 y el viaje a Euro Disney. Sus padres les habían advertido de que se portaran bien, pero nadie envuelto en tules a los 9 años se porta tan bien como debe y por eso el camino hasta el altar se llenó de murmullos, de medias voces. En los bancos, a los lados, una sordina de exclamaciones de asombro y satisfacción obligó al sacerdote a llamar la atención de padres, tíos y abuelos.

También se casó una pareja de enamorados. Lo hizo en el ayuntamiento, o en una iglesia. Da lo mismo porque lo que importa es que se amaban. Los novios, ambos, aguantaron a duras penas las lágrimas cuando se vieron. Felices y hermosos como nunca antes. Convencidos de que estaban viviendo el mejor día de su vida y que a ese seguirían otros, igualmente buenos. Algunos invitados compartían felicidad y amor; la mayoría se contagió de nervios y alegría. Al menos, alegría. Más tarde, en el banquete, se gritaron vivas, se exigieron besos, se bailó, se bebió de más, se lloró a escondidas o en público.

Ese mismo día y no otro murió un abuelo. Uno de los buenos, de los de ir a jugar al parque y comprar una piruleta. Un abuelo de los que contaban historias. Murió y dejó huérfana a su nieta, que no tenía muy claro por qué el yayo estaba en aquella caja dura, tan blanco debajo del colorete, tan callado. Le quiso tocar, pero su madre lo impidió con un gesto suave pero firme y triste, muy triste. A lo mejor le dijo ahora no, bonita; aunque lo más seguro es que no le dijera nada porque un nudo en la garganta le impedía articular las palabras necesarias y un nudo en la cabeza le impedía pensarlas con claridad.

También en esta fecha que habéis decidido se firmó un divorcio. Al desamor no lo acompañaron gritos ni aspavientos, sino el enorme vacío de un fracaso inesperado. Abogados y notarios respiraron aliviados por la ausencia de insultos. Los honorarios llegaron sin peleas absurdas ni conflictos.

Un hijo cayó en coma. Su padre pasó todo el día pegado a la cama del hospital o a la puerta más cercana a la que le permitieron pegarse. Temía por la vida del chaval y por la reacción de su mujer. Tardó horas en avisarla. Se culpaba. No había de qué culparse, pero se culpaba. Por no haber estado, por no haber dicho, por no haber advertido, por no haber castigado. Temía el resultado de esas ausencias involuntarias, ausencias que se dan porque uno piensa que las vidas de los hijos son eternas. Cuando su mujer llegó, por fin, no le recriminó nada. Le abrazó. Se abrazaron. Esperaron juntos.

Pasaron muchas más cosas ese día. Ahora tenéis que tomar otra decisión. Unid los puntos:

  • Boda, Comunión, Nacimiento, Divorcio, Muerte
  • Alegría, Expectación, Fracaso, Tristeza, Amor
  • Pobre, Homosexual, Culta, Discapacitada Intelectual, Caucásica, Analfabeta, Negra, Gitana, Rica,

¿Cómo vais a unir los puntos?

¿Un bebé pobre de raza negra? ¿Un bebé caucásico de madre analfabeta? ¿Un abuelo rico con una nieta discapacitada china? ¿Un matrimonio homosexual que ya no se ama? ¿Unos novios cultos y gitanos que comienzan su vida juntos? ¿Una columna de críos ecuatorianos, españoles, cubanos, polacos? ¿Un divorcio de pobres? ¿Una boda de ricos? ¿Un abuelo discapacitado? ¿Una nieta lesbiana? ¿Un gay en coma? ¿Un padre pijo? ¿Una madre trabajadora?

¿Quién estaba en cada situación?

¿Cuál es la diferencia?

Shakespeare arregló esto con lo de si me pinchas acaso no sangro, pero a nosotros nos cuesta pillarlo. Nos cuesta pillarlo.

Que somos todos iguales. En lo que importa, en lo que nos mueve, no hay ninguna diferencia.

¿Cuántos de vosotros habíais pensado de inicio en protagonistas de otras razas, capacidades o condiciones sociales?

Ser gorda. 35 años de oscuridad.

FEAT-AMARSEUna mujer o un hombre que son gordos no lo son sobre la báscula ni frente al espejo. Pesan muchos kilos y se ven feos (o no), pero donde la grasa hace el verdadero efecto dañino es en la cabeza. Uno es gordo dentro de su cabeza y serlo tiene consecuencias devastadoras.

Yo soy gorda. A veces me veo guapa. A veces veo que la ropa me queda bien y me sonrío, pero nunca dura mucho porque soy gorda y los gordos no tenemos derechos. Intentaré explicar a qué me refiero con todo esto y hablaré también de cómo lo he descubierto. Leer el resto de esta entrada »

Los 40 y todo lo bueno que jamás pensaste que escondían

FEAT-AMARSETengo pendiente el capítulo 4 de Harry Potter, pero la vida se impone. Tampoco es que yo me esfuerce mucho por ganarle la partida. Al fin y al cabo ambas sabemos cómo termina esto (me refiero a la vida y a mí), así que procuro no forzar mucho las cosas.

Hoy, en ese no forzar, he hecho una entrevista de trabajo. La segunda con el que quizá vaya a ser mi jefe en un futuro cercano. Como le he dado la dirección del blog porque con este segundo encuentro perseguía conocer mejor a las candidatas y casi todo lo que tengo que mostrar está en esta página, me toca ser comedida y prudente. El hecho, en cualquier caso, es que la reunión me ha parecido agradable. El otro hecho, el que de verdad me importa, es que he aprendido una cosa de mí misma.

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Suficiente

 

FEAT-AMARSELlevo uno días dándole vueltas  a la palabra suficiente, lo que significa y cómo se interpreta. Por supuesto, lo hago desde mi propio sesgo.

Las notas

Suficiente en el colegio era eso que quería decir que sabías lo necesario para aprender cosas nuevas. Un examen se aprobaba con suficiente, un 5 sobre diez era bastante, lo justo para considerar que los conocimientos del alumno le sostendrían en la siguiente evaluación, el siguiente curso o la vida. Lo malo del suficiente no era eso, sino que se podía conseguir lo mismo con un bien (un 6), con un notable bajo o alto (7 u 8) o con un sobresaliente (9 o 10). Obtenían dieces, a priori, quienes lo sabían todo, quienes no cometían ningún error. Y el espectro de calificaciones que iba del 5,25 al 9,75 dependía, o debía depender, de la excelencia del conocimiento, de todo lo que superaba el 5, de todo lo que, en puridad, debía ser considerado más que suficiente. Leer el resto de esta entrada »

Metro de Madrid y Lecho de pulgas. Tanto monta, monta tanto.

Tenniel, Alicia Pérez Gil, Metro de Madrid, vivir, amarNo nos hagamos muchas ilusiones. La mayoría vivimos en casas que no son nuestras: o pertenecen a nuestros padres o estamos de alquiler o son del banco. Si hubiésemos nacido en Westeros lo más probable es que viviésemos en el Lecho de Pulgas o en algún lugar similar. Como mucho, serviríamos a otros. Eso se ve muy bien cuando se viaja en metro, ese gusano hueco que recorre una y otra vez los mismos túneles, que engulle mujeres de tobillos hinchados y escupe hombres de trajes tan usados que brillan. Algunos se han gastado el dinero que tanto les cuesta ganar en páginas de compra colectiva y tienen una pinta un poco más pulcra. Pero el proletariado, por mucho que quieran convencernos (porque queremos que nos convenzan) de que no existe, es pobre y bastante monocorde.

Hoy en el metro había un niño que lloraba como un cerdo en la matanza. Yo había apagado el Kindle porque Washington Irving me explicaba mucho y me contaba poco, e intentaba dormir. En cualquier otro momento habría deseado estrangular a la criatura, a ver si se callaba, pero estoy en época de mucho escribir y me he puesto a pensar en un argumento para algo cortito que ocurría en un tramo de vía que chirría como un bebé llorón.

Así, medio despierta, medio dormida, he pasado por alto la aparición de uno de mis mendigos favoritos del metro. Es un señor que pasa a menudo. Ofrece pañuelos de papel, chicles y algunas otras fruslerías. Tiene un discurso agradable, un tono de voz que llama mi atención y va en traje. Un traje que no es que esté muy usado, no, es que no sé cómo no se le descompone por las mañanas.

Ha pasado a mi lado y la señora que se sentaba junto a mí le ha pedido un paquete de pañuelos. Luego no encontraba dinero para darle a cambio y el hombre le ha dicho que no se preocupara, que se los quedara, que daba igual. La señora se los ha quedado. He asistido a todo esto entre la medio bruma del sueño. Me ha parecido tan raro que la mujer aceptara los pañuelos que casi no me he dado cuenta de cómo otra chica ha buscado en su monedero, ha encontrado dinero suelto y, como el hombre ya se había marchado, ha salido tras él. A lo lejos, he oído una segunda conversación muy similar a la primera: “No hacía falta, mujer. Toma un paquete de pañuelos tú”. “No, yo ya tengo”, ha contestado la chica.

Los demás hemos seguido allí, viajando en las entrañas del gusano.

Offtopic. De cómo ser traído y llevado por las propias emociones

Alicia Pérez Gil, vivir, amar

Hay unas cuantas entradas que me apetecía escribir antes que esta, pero me he dado cuenta de que esta es importante.

Las emociones, dicen los libros de autoayuda que vengo años manejando, no son más que productos de pensamientos automáticos y los pensamientos se vuelven automáticos por repetición. Según estos libros, controlar los pensamientos conduce a controlar las emociones.

Yo digo que tararí. He hecho mis deberes y comprobado que mi estado de ánimo no mejora cuando cambio de pensamientos. He hecho más deberes aún y he comprobado que ser consciente de qué creencias, ideas o pensamientos me hacen sentir mal sólo me hace sentir peor. Porque para cambiar de manera de pensar hay que comprender, no sólo reconocer, de qué manera se piensa.

Así, si me da por creer que le caigo mal a todo el mundo; saber que eso es falso y que en realidad se trata de una formulación mental mía no me hace sentir mejor. Me ayuda a relativizar, nada más. Hay ideas mucho más arraigadas y profundas que determinan ese pensamiento que he logrado aprehender.

Habrá que llegar a las ideas de base, desmontarlas y cambiarlas por ideas nuevas. No sé si eso es posible, aunque me quedan algunos años para averiguarlo.

La cuestión de la que quería yo hablar hoy es que esto ocurre del mismo modo con las ideas que me hacen sentir bien: cuando creo que he hecho algo que considero de calidad, cuando tengo ideas que me parecen buenas o cuando me creo los elogios que recibo me siento bien. Y la emoción positiva nace del mismo sitio, de ideas, de pensamientos que conozco sólo de manera superficial.

Cuando tenía muy pocos años y muy pocos besos en mi haber, que me besaran me hacía sentir genial porque pensaba que un beso significaba que me querían. Cosas del cine, supongo. Ahora ya no creo eso. Bueno, ahora sólo me besa mi novio, pero sé que, si lo hiciera otra gente, seguiría costándome mucho desligar el beso de un cierto sentimiento de intimidad que para mí es precioso y que conjura mi lealtad eterna. Aunque no sea amor.

Hoy he tenido un momento pletórico. Estaba cerrando el armario después de cambiar la arena de los gatos. Me espera una tarde de mucho trabajo porque tengo varios proyectos pendientes de entrega y el plazo termina en unas horas. La actividad, ir cerrando cosas, por pequeñas que sean, siempre me hace sentir bien.

Me siento trabajadora, cumplidora y buena porque me han enseñado que el trabajo es un valor en sí mismo. Pero debajo de eso está la idea de que quien no produce vale menos, que es la que me hace sentir mal cuando tengo un día poco productivo.

Como no he conseguido librarme de la idea base producción = valor, las emociones derivadas de mis acciones me traen y me llevan por anchas avenidas y callejones estrechos.

Con todo esto, que son 489 palabras ya, sólo quiero decir que tampoco hay que flagelarse. Es posible que mi vida y la vuestra, la de quienes estáis leyendo esto, sea mejor que la de otros. Otros más pobres, menos acomodados o más ocupados. Pero eso no os quita el derecho a sentiros tristes, frustrados o como sea que os sintáis cuando os sentís mal.

Eso sí, conviene apretar los dientes, mirar alrededor por si le puedes dar un zarpazo al monstruo e ir haciendo, paso a paso, el camino que lleve al corazón de las tinieblas. A ver si con el tiempo podemos poner todos un poco de luz.

El día en que todos seamos Charlie

Alicia Pérez gil, vivir, amar

 

Será ese día en que lo más importante sean  las libertades, en que nadie insulte a nadie por emitir una opinión contraria a la propia.

El día en que brille el respeto y nadie confunda a todos los cristianos con fanáticos ni a todos los islamistas con radicales; ni se abandere la creencia de que quienes tienen fé carecen de cerebro.

El día en que se diga “esto no me gusta” en lugar de “esto es una mierda”.

El día en que las opiniones sólo sean ideas y no señas de identidad.

El día en que aprendamos que la tolerancia no es el acuerdo y que del derecho a expresar una opinión no se deriva la obligación de escucharla, pero si la de aceptar que hay otras diferentes.

El día que aprendamos a salirnos del camino de las personas que no nos aportan nada. El mismo día en que aceptemos que hay personas a las que nada aportamos y por eso salen de nuestro camino.

El día en que no necesitemos convencer a nadie para convencernos a nosotros.

En nuestras vidas.

En nuestras casas.

En nuestros timelines.

 

Que llegue pronto ese día.

 

 

Los padres, los reyes

Alicia Pérez Gil, Regalo, Navidad, reyes Magos, Vivir, Amar

Con los padres pasan cosas muy raras: son esas personas que te dicen lo que tienes que hacer, dónde tienes que hacerlo y con quién. Durante una temporada muy larga lo único que quieres es perderles de vista porque no te dejan ser tú, ni hacer lo que quieres, ni donde quieres ni cuanto quieres ni con quien. Es por tu bien, dicen. Y a ti te parece una broma de mal gusto. Pero aguantas, porque son los dueños del techo bajo el que vives, los que ponen la comida en la mesa y los que te visten a pesar de que se metan con tus pintas casi tanto como con tu música o tus amigos.

Luego creces, no mucho, y siguen molestando. Empiezan esas insinuaciones acerca de lo que vas a hacer con tu vida y te dan ganas de decirles que cualquier cosa, lo que sea excepto lo que han hecho ellos con la suya. Te parece que hay que ser muy torpe para que se te de tan bien que tus propios hijos te tengan una especie de lástima paternalista. Tú sabes mucho más que ellos, dónde va a parar. Y deseas con toda tu alma que se acabe esa etapa horrible donde no haces más que estudiar. Tú lo que quieres es trabajar y salir de casa cuanto antes.

Con suerte lo consigues (hablamos de una sociedad normal, aunque nos parezca ahora que la normalidad es otra cossa), encuentras un trabajo penoso y eres tan feliz como puedes con el poco dinero que ganas. Los fines de semana invitas a casa a tus amigos, bebéis sin esconderos, te acuestas con tu novio en tu habitación, te levantas a la hora que te da la gana, te gastas un pastizal tremebundo en una falda aunque luego tengas que comer cereales con leche desnatada que es la más barata; dejas el polvo en las estanterías y colocas un poster de una calavera gigante en mitad del salón. Es posible, eso sí, que tus padres te visiten de vez en cuando, que eso te obligue a limpiar y que por ello les guardes otro tipo de rencor, más pequeño e inofensivo. La cuestión es que tanto él como ella se empeñan en coartar tu libertad. Y eso que ya te has ido de casa.

Sigues creciendo, te hipotecas, consigues un trabajo mejor pagado, decides tener o no tener niños y ellos siguen ahí. La diferencia es que, mientras tú crecías, tus padres se han hecho mayores. Ya no tienen los mismos reflejos, no se han adaptado tan bien como tú a los últimos avances tecnológicos, les cuesta orientarse en ciudades grandes, se sienten inseguros y comienzan a demandar atención y cuidados de una manera sospechosamente parecida a niños pequeños. Sólo que ellos son mayores. Resulta irritante tener que decirles, por su bien, como deben hacer las cosas o incluso qué cosas deben hacer. Irritante, cansado y frustrante porque ellos, tras todos estos años, tienen unas ideas, las suyas, que es muy difícil cambiar.

Incluso en las familias mejor avenidas, las relaciones de los hijos con sus padres son complicadas. Las buenas intenciones se malinterpretan con frecuencia, se hace daño sin pretenderlo, las expectativas no suelen coincidir con la relaidad; unos se decepcionan, los otros se frustran; todo se vuelve tirante y al final lo que sucede es que las dos partes olvidan que, durante cinco, quizá seis años, las padres de uno eran los Reyes Magos.

Los reyes Magos, que esperaban con más ganas que los niños a la apertura de los regalos para ver sus caras. Los que se gastaban, a veces, lo que no tenían. Ellos olvidan que éramos su ilusión y nosotros olvidamos que eran la nuestra. Se me ocurre que, si la próxima vez que nuestros padres nos saquen de quicio pensamos que ellos fueron los Reyes Magos, quizá nos crezca un poco de comprensión y un poco de paciencia. A lo mejor, si ellos pensaran que un poco de aquellos niños queda en nosotros, también a ellos les brotaría un poco de paciencia y comprensión la próxima vez que se sientan solos.

Lo dice una republicana.