Categoría: Escribir

Balada del Caballero Estándar. Un poema dedicado a la Hacedora de Galletas, el Señor de la Coca Cola y la Dueña de la Llama

FEAT-VIVIREra el caballero estándar,

el de la figura igual,

un cualquiera de las justas;

en el cortejo, uno más.

De armadura bien pulida

y  modales adecuados

ponía mucho cuidado

en no destacar su altura,

ni ser gordo ni delgado.

Tuvo algunas aventuras;

ni muchas, ni pocas, más

que quien no salió de casa

y menos que el que tuvo más.

Encontró una damisela

vestida entera de verde

de todos bien conocida

como ComúnyCorriente.

El cortejo fue complejo

sin llegar a complicado;

una cosa de los medios

muy de estándar acuñado.

Tras lograr la mano ansiada,

aunque sin mucha agonía,

hubo boda, hubo banquete

sin despilfarrar comida.

Primero, segundo y postre

más el baile acostumbrado,

luna de miel en La Manga

y luego vuelta al trabajo:

aquí un duelo, allá un dragón

acullá una guerra justa,

un devolver su blasón

a los límites sabidos,

a la zona de confort,

antes de hacer tabla rasa.

Esta es la vida, en resumen,

de un buen caballero estándar.

A veces los suicidas

FEAT-ESCRIBIRA veces los suicidas

no es que quieran morirse.

A veces la vida es como una clase

de matemáticas de tercero

cuando en segundo diste griego,

que a lo mejor derivar, derivas;

pero lo de integrar te viene grande

y piensas que mejor tender a cero.

A veces los suicidas

no es que tengan miedo.

Es que les pesa la certeza de ser inadecuados.

Como los calcetines negros

que de tanto lavarlos quedan pardos.

A veces los suicidas

no es que quieran morirse.

Es que no son expertos economía

y no entienden el valor de la oferta

porque no tienen demandas.

A veces los suicidas

quieren morirse.

Tampoco hay que darle tantas vueltas.

 

 

#LC Inquilinos, con La Nave Invisible y Adopta una Autora

inquilinosMañana comienza la lectura conjunta de Inquilinos propuesta por La Nave Invisible y en colaboración con Adopta una Autora. Espero, deseo y temo que sea multitudinaria y que los hilos en el Cuaderno Invisible de Goodreads den para tejer un tapiz a lo Penélope. Incluso aunque eso pase, es probable -porque los lectores leemos y a veces dejamos en un segundo plano otras cosas- que se hable poco de las ilustraciones que abren cada relato. Cada una de ellas fue realizada por Jesús Guzmán, un gran dibujante y amigo de cuya colaboración quiero dejar constancia aquí.

Estas ilustraciones reflejan el espíritu aparentemente simple de cada relato. No las perdáis de vista y, si os parece bien, felicitadle por su trabajo en su cuenta de twitter @Pandora De hecho os recomiendo que le sigáis tanto ahí como en su instagram. Su talento para captar la esencia de personajes conocidos y llevarlos a su propio terreno os sorprenderá.

La imagen que es diferente de las demás. más oscura, de un estilo completamente distinto, es obra de un gran ilustrador: CalaveraDiablo. 

Si los estilos de cualquiera de los dos, o de ambos, os han enamorado tanto como a mí, echad un vistazo a su tienda de Zazzle. Seguro que picáis.

Os dejo con las imágenes de Inquilinos. Disfrutadlas.

Personajes LGBT en literatura y la historia de terror que esconde la pregunta de si “meterlos” en mi novela es “natural o no”

FEAT-VIVIRCuestiones previas

Vale la pena empezar este post advirtiendo que yo soy una mujer cishet y que por tanto escribo desde el privilegio. Ese privilegio se manifiesta en cosas como estas, que siempre he dado por supuestas:

  • Yo puedo ir por la calle con mi marido sin que nadie nos mire raro.
  • Yo puedo alquilar una habitación de hotel para compartirla con mi marido sin que me pongan pegas.
  • Yo puedo visitar Moscú y besar a mi marido en mitad de la Plaza Roja sin miedo a que me encarcelen.
  • Yo puedo visitar cualquier país europeo y besar en público a mi marido sin miedo a que me maten o me encierren en un campo de concentración.
  • Yo puedo ir de tiendas por Madrid sin que me expulsen de un centro comercial o sin que me den una paliza. Madrid, capital de España, 2017

Yo no tengo que pedir refugio a asociaciones como CEAR. Quizá no sepáis esto, pero en 2017 se están recibiendo más peticiones de asilo de personas LGBT que son perseguidas por su orientación sexual o por su identidad de género que de personas afectadas por el conflicto sirio.

Todo eso es cierto y, si en el resto de este post ofendo a alguien que no disfrute de todos esos privilegios, agradeceré que me lo haga notar. Porque me parece imprescindible, para acabar con los prejuicios, que todos seamos conscientes de que los tenemos, de cuáles son y de cómo terminar con ellos.

Lo que importa en una novela

Esto es opinable, claro, hablo aquí de lo que a mí me importa en una novela. Seguimos con los listados. Una novela debe:

  • Estar bien escrita. Seguir las normas de la ortografía y la gramática.
  • Obedecer a algún criterio estético (a ser posible el del autor)
  • Contar una historia interesante tanto para el propio autor como para los lectores (en ese orden). Entretener, vaya.
  • Contar con unos personajes no unidimensionales
  • Obedecer determinadas reglas de coherencia interna. O sea, tener sentido.

Se trata de un resumen y se puede hablar de cada uno de esos puntos largo y tendido, pero creo que sirven para establecer las bases de lo que diré a continuación. Seguro que me he dejado alguna cosa, como la originalidad.

Qué convierte a una novela en un panfleto o vehículo propagandístico

A riesgo de quedarme corta, diré que es propaganda toda obra pretendidamente artística cuyo único o principal objetivo sea servir de vehículo a la propagación de una ideología determinada.

¿Es panfletario introducir personajes LGBT en una novela?

No.

Formar parte del colectivo LGBT no es pertenecer a una ideología determinada. Esto queda muy claro, como casi todo, cuando le das la vuelta: ¿determina tu condición de cishet tu ideología?¿no? Pues eso, al revés tampoco.

¿Qué estás diciendo cuando dices que solo se pueden meter personajes LGBT en una novela si se hace de forma natural?

Estás diciendo bastantes cosas que no te gustaría que dijeran de ti mismo. Por ejemplo, estás diciendo que ser cishet es natural pero que ningún otro tipo de sexualidad o de identidad de género lo es. O sea, estás diciendo que las personas LGBT son ANTINATURALES. Que sí, que no es lo que quieres decir, pero es lo que estás diciendo.

Estás diciendo que las historias piden personajes cishet de serie, menos cuando por casualidades del destino piden un personaje LGBT. O sea, que estás diciendo que las personas LGBT son excepción. Esto es muy peligroso. Puede que no lo parezca, pero lo es. Porque casi todo se hace pensando en la mayoría, no en las excepciones. Lo que podría conllevar que la “excepción” que tú dices que es el colectivo LGBT se viera privada de derechos que asisten a la mayoría. Por ejemplo el derecho a firmar un contrato. Por ejemplo el contrato de matrimonio. Por ejemplo el contrato de adopción. O cualquier otro.

Estás diciendo que existe una diferencia esencial entre tú, que eres cishet, y una persona LGBT. Una diferencia esencial, de base, de fondo, una diferencia de las que justifica un trato diferente. Una diferencia que justifica una discriminación. Una diferencia que te hace pedir naturalidad extra a algo que ya es natural.

Porque las personas LGBT son… iba a poner naturales, pero es que no son huevos ecológicos ni quesos con denominación de origen, son personas. E introducir un personaje LGBT en una novela no implica NINGUNA ALTERACIÓN EN LA TRAMA. Ninguna, cero. Nada.

Conan, Indiana Jones o James Bond podrían haber sido perfectamente gays o trans. Podrían haber sido mujeres. Sin problema. Bruce Wayne podría haber sido perfectamente un hombre trans, sus escarceos amorosos y sexuales en sus películas no afectan en absoluto al desarrollo de los argumentos de las mismas. Xena podría haber sido una mujer trans lesbiana y haber tenido hijos con Gabrielle. Marty, en Regreso al Futuro podría haber tenido novio en lugar de novia. ¿Ciudadano Kane? Tal cual. Las novelas de aventuras hablan de aventuras y Ciudadano Kane habla de determinadas cualidades humanas. Como resulta que las personas LGBT son personas, pues tienen las mismas cualidades humanas que ¿quién? Acertaste: que las demás personas. Si estás buscando alguna excusa para contradecir este párrafo es que tienes sesgos de LGBTfobia.

No te preocupes, no pasa nada. Yo también los tengo y escribir este artículo es una forma de hacerme consciente de ellos para eliminarlos.

Ahora, la pregunta del millón:

¿Deben todos los autores incluir protagonistas LGBT en sus novelas?

No. No es un deber.

Cada uno debe escribir lo que le apetezca, que para eso escribe. Pero desde la conciencia de lo que está haciendo. No digas que tus protagonistas no son LGTB porque no sabes nada sobre ellos (son personas, tú eres una persona y te los estás inventando) o porque no te salen. A mí no me sale madrugar, pero me pongo el despertador. Di que no escribes protagonistas LGBT porque no quieres o porque a tu cabeza cishet le resulta incómodo. Di en voz alta que te sientes distintx a una persona LGBT. Y luego ya, si eso, piensa a ver por qué. A lo mejor descubres que es por prejuicios.

Personalmente sólo he escrito una novela con personajes LGBT y lo he hecho porque la novela habla del amor universal. Me parecía una estupidez hablar de amor universal desde la perspectiva del mismo amor de siempre, así que hice el esfuerzo de introducir perspectivas nuevas para mí. NUEVAS PARA MÍ. No vayamos ahora a caer en el error de creer que hemos inventado o descubierto la rueda.

Creo, por último, que es una cuestión de justicia abrir espacios. Creo que dar visibilidad, que normalizar, a las personas que no son cisheteronormativas es básico. Igual que es básico escribir personajes protagonistas femeninos. Igual que es básico dejar de utilizar las enfermedades mentales como objeto en historias de terror (ya sabes, el niño con una discapacidad intelectual que percibe cosas que otros no perciben debido a esa discapacidad).

Es básico salir de todos los clichés.

No es sencillo porque las personas que, como yo, nos asomamos al mundo desde el balcón del privilegio, no nos damos cuenta de hasta qué punto llevamos puestas unas gafas deformantes. Pero hacerlo, hacer el esfuerzo es enriquecedor. Para todos. Y merece la pena.

Para escribir este artículo y publicarlo tal y como está he contado con la ayuda de dos personas: por una parte @Gladiadora Artizar o @GladiadoraT , a quien he pedido asesoramiento para asegurarme de que no metía la pata. Porque está muy bien querer ser aliadx, pero la condición de aliadx no me la puedo dar yo, me la tienen que conceder aquellxs con quienes deseo aliarme. Ella aconseja que a la hora de escribir personajes trans consultemos con dos o tres activistas porque desde el privilegio es muy sencillo caer en transfobadas varias. Estoy de acuerdo.

También me ha ayudado, con una primera revisión y recomendándome a Gladiadora, la autora Andie Villar, que publicó hace unos días este artículo y a quien podéis encontrar en twitter, justo aquí.

 

#CerberoMadrid. Una experiencia metaliteraria en varias dimensiones.

FEAT-VIVIREditorial Cerbero invadió Madrid el pasado fin de semana. Invadió bares, parques, ferias del libro y locales autogestionados. Invadió sobre todo con permiso y con cierta inconsciencia. Doy gracias por esa inconsciencia que es sinónimo de ganas, o sea, que es sinónimo de ilusión pero sin la carga de cursilería asociada  (o que yo le asocio).

Esta es la crónica personal, y ojalá que transferible, de mi paso por este fin de semana y del poso que este fin de semana  ha dejado en mí. Otros habrán tenido otras experiencias y las contarán, o no. Otros habrán construido otras opiniones y las expondrán, o no. A mí me gustaría que lo hicieran.

Vayamos con los hechos:

Viernes 19 de mayo: presentaciones en el Beer Station

BEER STATION 1

Y digo presentaciones refiriéndome no solo a las de los libros de Cerbero, que eran las que se anunciaban en el cartel, sino a todas las demás. Por ejemplo lo de “Hola, me presento, soy Alicia”, que por fin pude decirle cara a cara a Marta Junquera. Hablamos poco porque somos mujeres de hábitos y por las redes también hablamos poco. Mi percepción es que poco fue suficiente. Me gustó Marta.

Me reí con Alberto Caliani. Esto seguro que es poco original, porque a mi alrededor todos se reían con Caliani, pero si tengo que elegir entre ser original y contar la verdad… Pues eso, que me reí mucho. Conocí también al señor que no tiene Facebook, que es muy discreto y nada intrusivo y habla muy bajito y solo bebe Heineken. Que diga lo que quiera: yo vi cómo se metía al menos cuatro botellines de Heineken entre pecho y espalda. Una cosa loca. Reconocí a Virginia de la Puente de puro churro (porque soy una horrible fisonomista) y lo curioso es que todos ellos y todos los demás me trataron como si también me conocieran. Fue una extraña sensación. Extraña y agradable, como apoyar la espalda en el radiador una tarde fría de invierno.

Luego llegó la charla acerca de identidad y género y un poco más tarde llegaron las presentaciones, las de los libros. Hablamos mucho desde detrás de la mesa iluminada con luces de color rosa que a mí me daban ganas de arrancarme por el Express Yourself de Madonna; pero lo mejor fue lo que hablaron desde fuera. Un público activo que daba ganas de achucharlo. Mi sensación es la que me queda siempre después de hablar en público: seguro que he dicho mucha tontería, pero bueno, la gente se reía en lugar de huir despavorida, así que no debió de ir del todo mal.

A mi derecha Lola Robles, muy ducha en poner los puntos sobre las íes, puso unos pocos y habló de identidades sociales. A mi derecha Miguel Santander tuvo que hacer lo posible para moderar lo inmoderable –qué delicia de hombre, qué modales, qué saber estar, hoygan- y más a mi izquierda Eduardo Vaquerizo habló con una especie de dejadez chispeante que me recuerda a algunos cómicos de esos que las matan callando. No soy capaz de dar con el que es.

Todo esto a media luz (rosa) y a la vera de cervezas varias. Puede que el público, de hecho, no huyera  porque había cerveza.

BEER DOS

Cuando la cosa estaba a punto de acabar, apareció Nieves Delgado y puso sus puntos también, pero sobre las IAs. Como Nieves es mi madre adoptiva en esto de adoptar a una autora 8que lo he repetido mil veces y me creo que lo sabe todo el mundo, pero lo mismo no, así que lo enlazo), y como hemos hablado mucho estas últimas semanas por la cosa de compartir eventos y editorial, tenía yo mis nervios agarrados al estómago. Pero la verdad es que Nieves es muy dulce (calla, loca, dirá. Por mucho que sepa que no soy yo de las de callarme). Dulce, asertiva, inteligente y observadora.

Durante la charla y más tarde, durante las cervezas, apareció Virginia Buedo. Alegrías te da la vida donde y cuando menos te lo esperas. Virginia presenta el día 25 en Alicante un libro de prosa poética. Alicantinos, acercaos a verla. Tiene mucha pinta de merecer la pena.

virginia

Amigos a los que hacía tiempo que no veía, amigos nuevos, amigos menos nuevos. Me sentí arropada y querida y aceptada que son cosas que por lo general no me siento.

Además (cof, cof) se vendieron todos los ejemplares de Barro que Israel Alonso acarreó con paciencia y donosura.

Sábado 20 de mayo: PIC NIC

¿Quién me lo iba a decir? Se juntó un puñado de gente amable y encantadora interesada en la tortilla sin cebolla y en la literatura. Siento infinito no recordar los nombres de todo. Lo siento mucho, muchísimo. Se acercó Amaya, mi compañera de curso de corrección de textos. Habría que mencionar a Teo Palacios que va por ahí sirviendo de nexo para que se conozcan gentes majas y adorables. Vino con Rafa, otro de esos raros especímenes amables y divertidos J. Pero también dos jugadoras de quidditch (ellas dicen que quidditch muggle, pero yo digo que no hay quidditch sin algo de magia, aunque sea residual), una empresaria en ciernes, Raúl Atreides con su patinete y su hija, @luluvonflama, que me tuvo engañada toda la mañana y mucha más gente. Con algunos ni siquiera crucé palabra. También vino mi amiga María, un cielete. Y… bueno, también se vendieron todos los ejemplares de Barro, así que Israel cada vez acarreaba menos.

PICNIC 2

Fue una mañana divertida, distendida, trasnshumanista, con galletas y un bollo malogrado. Creo que disfrutamos todos. Bueno, sé que yo disfruté mucho.

Sábado 20 de mayo: Feria del libro de Tres Cantos

O demostración empírica de que se puede decir casi casi casi lo mismo que se dice en tres horas usando solamente media. Fue rápido, intenso, y un poco loco. Tres Cantos es un lugar lleno de mosquitos que ahora viven mejor alimentados. También es un lugar donde la Librería Serendipias hace la vida más bonita y mejor.

Se nos cayó un señor de una silla y hubo un momento estelar en que la mitad de la sala estaba ocupada por mi fandom particular (marido, tías de mi marido, amiga de las tías de mi marido). Cada uno se sube la autoestima como considera. Y, bueno, algo vendimos. Más de lo esperado a decir verdad.

Fue en Tres Cantos donde me fijé por primera vez en las manos de Nieves Delgado, de dedos huesudos y alargados que mueve como alas articuladas de mariposas. Nieves hablaba y yo le miraba las manos y pensaba: si las subiera un poquito y el público las viera daría igual lo que dijera, porque son manos hipnóticas. Algo escribiré acerca de esas manos.

Aquí conocí al Sr. cascales, al Ser. Valenzuela y al inefable Sr. Redwood. Por favor, perdón por todos los nombres que no recuerdo. Por favor, por favor, por favor.

Domingo 21 de mayo: Eskalera Karakola. Presentaciones, feminismo y diálogo

karakola 2

Por fin alguien ha teorizado como es debido acerca del Viaje de la Heroína y no acerca del Viaje del Héroe. La semana que viene, creo, si no lo entendí mal, presentarán en el mismo sitio un libo de Elisa (no recuerdo el apellido pero subsanaré esto en breve) al respecto. Se habló de muchas cosas, pero esta es para mí la más importante.

Javier Castañeda de la Torre nos presentó y preguntó y resultó que Barro es fantasía Weird. Lo mismo lo es. Yo olvido enseguida lo que escribo, así que a saber lo que hay en esas pocas páginas.

Dos horas y media de charla y el aletear de las manos de Nieves no me deja recordar la mayor parte… En cualquier caso, salí con una larga lista de nombres y de puntos de vista. Amaya regresó a vernos, Virginia Buedo volvió a destacarse entre el público y luego todo se acabó.

En definitiva: un buen fin de semana que hace que este lunes se vea como borroso, como irreal. Y es que, ya me lo temía yo, nada es mejor que las cosas que no existen.

karakola 1

Ah, y soy como el jamón cocido, que tiene trazas de cacahuetes, pero yo con asperger. Y también soy una bestia mediática. Me voy a comprar un disfraz de leona, para la próxima 😉

Ahora soy una gatita agotada, pero pronto rugiré.

Abrazos y miles de gracias a todos. Con mención especial a Cristina Jurado, que no estuvo en  carne y hueso, pero que no nos dejó de la mano ni un momento. Corresponsal en Dubai para las redes sociales de Cerbero y media alma mater del vento.

 

 

Barro: una novela corta que sí, es mía y no, no es de terror.

FEAT-ESCRIBIRSiguiendo con mi particular manera de hacer las cosas, o de no hacerlas, he olvidado usar el blog para lo que vale; es decir, dar noticias importantes.

Ahora la siguiente frase se pone rebelde porque ¿cómo dices que has publicado tú primer libro con una editorial? Hola, queridos: He publicado un libro.

Supongo que sí, que así es: He publicado un libro. Una novela corta de género fantástico y título Barro, escrita por mí, forma ahora parte del catálogo de Editorial Cerbero, a decir de su fundador, la mejor del mundo entero.

Editorial Cerbero no es cualquier editorial, sino una editorial honesta, con un sentido de la justicia autor-editor-lector. Una de esas editoriales, cuervos blancos, que hacen su trabajo y dejan que el resto de la cadena lleve a cabo el suyo.

Barro por su parte es la primera parte de una trilogía de novelas cortas que hablan sobre la búsqueda de la libertad a través de la búsqueda de la identidad. Si bien esta primera entrega se enmarca dentro de la fantasía, la segunda puede considerarse ciencia ficción y la tercera será de terror.

Habría que dejar claro cómo se aplica el sustantivo trilogía a estas tres novelas que no tienen en común más que el tema: no comparten personajes, ni mundos ni estilo. Pero hablan de la búsqueda, del viaje y de la relación de uno con el mundo. Entre las tres se crea un ciclo de despojo, encuentro y destrucción a varios niveles.

Tal como dice la sinopsis de Barro,

Alicia sabe qué llevará consigo y qué no cuando sus padres deciden cambiar de casa. Sin embargo, hay algunas cosas que quedan fuera de su alcance, como su hermana, su gemela problemática recluida en un centro especial, la única persona a la que quisiera tener a su lado en su nueva vida. Dispuesta a recuperarla, emprende un viaje más allá de las fronteras de lo real, al otro lado de la bruma de los sueños, donde cada uno de los objetos que ha guardado con ella demostrarán su auténtico poder. Y los necesitará, porque en el propio viaje se verá despojada de todo lo que la convierte en Alicia, incluido su propio nombre.

¿Fantasía?

Sí, fantasía sin elfos cursis, sin enanos mineros, sin hobbits, sin dioses, sin soluciones mágicas. En el mundo al que Alicia llega huyendo del conejo blanco, existe la magia, pero no es una magia al uso. La magia representa lo que los otros saben de la protagonista, que lo pierde todo, hasta el nombre, antes de encontrarse a sí misma. A medida que encuentra su verdad se opera un determinado tipo de magia. Hasta el momento del renacimiento.

Pero no hace falta que me extienda en explicaciones, porque este fin de semana vais a tener mil y una oportunidades de oírme, a mí y a mis compañeros de editorial, hablar de mi libro, de los suyos, de la identidad, de los viajes iniciáticos y de lo que se os ocurra. Editorial Cerbero ha preparado un programa de lujo. Este es el cartel. Espero veros a todos. O al menos a muchos.

PROGRAMA CERBERO IPROGRAMA CERBERO ii

Vivo para no ofender

FEAT-ESCRIBIREn un lunar de mi cara

coordenadas a parte

no ha mucho que vivía

un deseo:

que de las venas la sangre

rápida y limpia escapara,

que huyera en largo reguero.

Pena mía

que eso nunca sucediera

que me vaya haciendo vieja

y no pinten mis muñecas

más que viejas cicatrices

infelices

además de ineficaces.

En aquel tiempo pasado

la estética dominaba

hoy me mata

la necesidad sincera

de volar por la escalera

decorando el descansillo

con el brillo

de sesos desparramados.

Soy feliz tan solo a ratos.

La mayor parte del tiempo

me agosto.

Que ello no desmerezca

los amores inmortales

de esta absurda viada mía

ni vacía

ni tan llena de bondades

que compensen los de angustia

los momentos singulares

de alegría.

No se trata de balanzas.

Es más bien la resistencia,

la resistente flaqueza

de respirar a deshora.

Como ahora

que en lugar de gritar alto

pulso una tecla tras otra

junto ocho, junto cuatro

y exhalo.

Porque me siento culpable

de que me ahogue la angustia

y pergeño explicaciones

que ofrecer

mientras se me acaba el aire

mientras me pesa la vida

mientras me muero a escondidas.

Lo que sea

para no ofender.

 

 

 

 

No te traigo flores: sobre la memoria

 

FEAT-ESCRIBIREl cementerio de mi pueblo es pequeño, una parcela recogida, muy limpia a pesar de que la verja nunca se cierra más que con un alambre retorcido. Lo rodea un muro levantado a mano, con piedras irregulares; una de esas paredes de minifundio como las que separan unos prados de otros. Tres cipreses contados, altos, de tronco grueso y copa afilada delimitan la parte más moderna, al fondo, de la más antigua, junto a la entrada. Existe un camino asfaltado, muy feo, que lo atraviesa en vertical y varios senderos trazados por los pies insistentes de algunos deudos, que lo cruzan en horizontal. Las tumbas de los niños viejos se encuentran en la zona nueva junto a los nichos de los últimos viejos muertos. Tiene sentido, si lo piensas.

Yo digo que Sol la enterraron en tierra de nadie, en una tumba excavada a medio camino entre lo nuevo, lo antiguo, los bebés y los ancianos.

No la visito a menudo porque me duele que ya no quede nada de ella. Solo me acerco cuando noto que se me está olvidando, cuando miro una fotografía y no consigo recordar si la sonrisa que mostró a la cámara escondía algún secreto, algún tipo de malicia, o si se trataba de una sonrisa inocua. La última vez que desanudé el alambre de la verja lo hice porque el verde de sus ojos cambia de una instantánea a otra y no supe reconocer qué tono era el suyo.

No le llevo flores a Sol, sino los huecos que se abren en mi memoria precaria. Respiro por la nariz, meto las manos en los bolsillos y le ofrezco esas células muertas a ella, que se ha convertido en células muertas también. Me apoyo en las barras de hierro de un mausoleo cercano y le digo, en voz alta, que esos recuerdos borrosos míos la hacen más grande dondequiera que esté porque la realidad que yo pierdo regresa a ella. Suena fatal cuando lo digo, pero me consuela. Porque así parece que tiene un sentido, un propósito, que me esté olvidando de los rasgos de Sol, o del sonido de su voz, o del tacto áspero de su nariz demasiado grande entre mis muslos.

Esta mañana he vuelto. Había un coche rojo aparcado junto a le verja del cementerio, que estaba abierta. No sé lo que esperaba encontrar dentro Al alguien de fuera, supongo, a algún extraño, quiero decir. Algo raro, aunque la verdad es que nunca encuentro a nadie, así que ya era bastante raro el coche en sí, saber que otra persona viva respiraba allí dentro.

Una vez cruzada la puerta de hierro estiré un poco el cuello y miré a ambos lados  mientras, como siempre, me metía las manos en los bolsillos y respiraba hondo. No vi a nadie. No vi al visitante. Pensé que lo ocultaban los cipreses o que se habría metido en alguno de los panteones. Yo siempre he querido entrar en uno, pero me da reparo. Me parece que es como asaltar la casa de alguien. Aunque en ellos solo vivan los muertos. No, aunque sólo los ocupen los muertos.

La mujer, la dueña del coche, estaba de pie frente a la tumba de Sol. Allí se había parado. Miraba al frente. Se le notaba porque estiraba mucho el cuello. Lo forzaba.  Se me cortó la respiración, como antes de cambiar la caldera por la de gas natural, cuando se me acababa el agua caliente en medio de la ducha. Me acerqué de todas formas porque yo iba hacia allí.

Se levantó un poco de viento que me trajo el aroma de un perfume caro enredado con el olor corporal de la mujer: a sudor, a cansancio. La misma brisa agitó sus rizos cortos de un castaño oscuro muy similar al color de los troncos de los cipreses. Se llevó las dos manos a la cabeza y noté que temblaba, como si llorase.

Jamás se me habría ocurrido que encontraría a alguien llorando en la tumba de Sol. Se me encogió el estómago y me salió una voz chillona cuando le pregunté a aquella extraña si estaba bien.

—¿Estás bien?

Ella bajó las manos, se agarró los codos y se protegió la cintura como si, como a mí, se le hubiesen retorcido las tripas. Me miró. Me analizó. Llevaba gafas oscuras, de pasta, y yo no podía distinguir sus ojos tras los cristales, pero me repasó de arriba abajo primero y de abajo a arriba después. Creo que dedujo que yo no presentaba ningún peligro. Quizá por mi delgadez o por las manos ocultas en los bolsillos escasos donde no habría cabido un arma. Además, me mantuve a cierta distancia.

—No mucho.

Asentí. Así, con la cabeza. La moví hacia abajo y la levanté. Lo hice dos veces. Tampoco yo estaba muy bien. Empezaba a pesarme el hueco de la memoria que le llevaba a Sol y me sentía incómoda en presencia de la extraña. No quería resultar inoportuna, ni entrometerme. En realidad solo deseaba que se fuera para poder hablarle a mi muerta de que se me había escapado su altura, de que ya no sabía si su frente me llegaba a la nariz antes o después de que se pusiera los tacones.

—Era pequeña.

No sabía si se refería a Sol, a ella misma o a alguna otra muerta.

—Era pequeña y me hacía daño a veces. Como sin querer, pero quería ¿sabes a lo que me refiero?

No lo sabía, pero asentí de nuevo porque no quería entretenerla, no quería que se alargara con explicaciones. Supuse que si la dejaba hablar todo terminaría antes y yo podría hacer lo que necesitaba hacer y luego irme a seguir con mi vida.

—A veces me decía que me odiaba. Eso me daba igual porque sabía que era mentira. Pero cuando me decía que ya no me quería o que nunca me había querido, entonces me daban ganas de matarla porque con ella nunca se podía estar segura. Se reía de mí. Siempre que encontraba la oportunidad se reía de mí.

Me dio mucha pena la mujer, muchísima, porque parecía que se acordaba de todo y que eso le hacía daño.

—¿Y tú?

—¿Qué?

—¿A ti también te jodió la vida?

—Pues no creo que sea asunto tuyo, la verdad.

Me di cuenta de que mi respuesta era grosera, pero también reflejaba lo que sentía, así que no me disculpé.

—Ya… Hacía mucho que no la veía. No tienes que odiarme ni nada. Seguro que no te engañó.

—Seguro que no.

Lo pensé un poco más antes de añadir algo que también era cierto.

—La habría matado.

Se rio con una de esas risas falsas que tratan de ocultar el miedo sin conseguirlo.

—¿No fuiste tú, entonces?

Yo negué. Con la cabeza. La giré de un lado a otro y luego me quedé mirando a aquella extraña que no terminaba de marcharse. De repente me interesó saber por qué motivo había ido a mi cementerio, de modo que se lo pregunté.

—¿Por qué has venido?

—No es que sea cosa tuya tampoco ¿no?

Respondió muy rápido, como si hubiera estado esperando la oportunidad de devolverme mi respuesta grosera. No me importó.

No dijo nada más, se metió las manos en los bolsillos y pasó a mi lado. Yo no me di la vuelta para mirarla porque no era a ella a quien había ido a llevarle sus cosas, sino a Sol. Así que allí las dejé: la incógnita sobre su altura y un enigma nuevo, un regalo.

Descanse en paz

FEAT-ESCRIBIRComo cada Semana Santa, edito este relato de mi veintena. Cambia poco: sigue hablando de amor.

Este año sí hay una novedad que me apetece contaros: Estas nueve páginas son ya una novela de 150. Veremos en qué para aunque, le suceda lo que le suceda, el premio es haber escrito, una vez más, la verdad y nada más que la verdad.

Sin ninguna ayuda de Dios.


Descanse en paz

Amanecimos al dolor cuando nacimos bajo el sol, en Galilea; y ni las escasas lluvias ni las aguas del Jordán han calmado jamás nuestra sed ni lavado nuestras heridas. El río pasa a nuestro lado como si no pasara; vuelve la espalda a nuestras casas de adobe, al polvo y al viento preñado del desierto. Vivimos en ese polvo que nos envuelve y que nos ciega desde el frío de la mañana hasta el frío de la noche; que abrasa nuestros cuerpos y nuestras almas.

Nuestros hijos conocen sólo el polvo que les cubre los pies descalzos y más tarde las sandalias, el cayado o las pieles. Nuestras hijas nacen condenadas a la maldición de engendrar nuevos cuerpos morenos y suaves que el tiempo convertirá en cueros ásperos, gastados y vacíos. Para eso nacemos y para eso nos enseñaron a vivir. A los otros como a mí y entre los otros a Jesús, a quien yo, en mi ignorancia de mujer, amé.

Yo conocí su cuerpo frágil, a la criatura que María, su madre y José, su padre, trajeron a la madera, la sed y al viento caliente del desierto. Nunca fue un niño más tranquilo que los otros, ni un ángel de paz. Era sólo otro par de ojos negros y otra piel aún suave que yo quise ya entonces, en su vulgaridad, tanto como Marta, mi hermana, le despreció. Le odiaba a él igual que me odiaba a mí y a todo lo que formaba parte del polvo, del sol, y de mi pueblo. Marta era todo eso y por esa razón lo odiaba.

En la casa de Jesús vivía el silencio. Yo pasaba cada mañana con el cántaro sobre la cabeza mientras Marta se quedaba moliendo el trigo. A mi paso sólo se oía al carpintero con su madera, el sonido del escoplo modelando sus llagas y la respiración del hombre cansado a perpetuidad. Si giraba la cabeza veía la suya inclinada sobre el banco. Nada más. Siempre la mantuvo gacha mientras yo dejaba su silencio a mi espalda y llegaba hasta el pozo. Allí recogía mi agua y regresaba y encontraba a Jesús, tan parecido a su padre, con la misma herramienta en las manos aún libres de callos, con el mismo cansancio. Con el cansancio todos en Galilea. El cansancio que nace del dolor, el mismo que parecía aplastar el barro contra las cabezas de las mujeres que esperaban en el pozo. Sólo Marta lo soportaba con indiferencia. Ella me miraba y le satisfacía ver cómo Dios me moldeaban a su imagen, a su semejanza; cómo yo me pudría bajo su poder sin oponer resistencia. Creo ahora que así se sentía menos sola.

Hasta que una mañana el cincel de José dejó de herir la madera y su rostro no apareció inclinado dentro del cubil. Sin embargo estaba allí, con Jesús, que se había marchado ya cuando yo regresé del pozo, inquieta. En el lugar de siempre sólo quedaba el padre, que me miró una sola vez, sin conocerme, antes de desaparecer tras el adobe.

Marta me esperaba. Me sujetó por el hombro cuando quise entrar, me miró desde los ojos de mi pueblo, con los ojos de su Dios, y señaló un cesto de ropa pendiente de lavar. Ropa en un cesto fue todo lo que sus ojos quisieron ver, pero no lo que vieron los ojos de Dios ni los ojos de mi pueblo. Y aun así se me permitió marchar con esa ropa, caminar a salvo entre los collados, evitar los rebaños de cabras que han pacido en ellos desde tiempos de Abraham y hallar, de nuevo, agua.

Anduve sin saber lo que buscaba hasta que lo encontré, desnudo, la espalda golpeada, sangrante. Me pareció hermoso su dolor porque no lo compartía con nadie más. No era el nuestro, no era el de todos, no era el de Dios Padre, sino el provocado por un padre propio. Las heridas de su piel no procedían de Dios como el mal de mi alma. La sangre recorría en hilos todo su cuerpo, él sufría y yo sentí los golpes sin sentido de José. Se arrodilló entonces Jesús y el agua arrancó el rojo de su espalda. Yo me incliné hacia delante y comencé a lavar la ropa de Marta. Él se alejó.

A partir de entonces José sí me miraba cuando pasaba con el cántaro hacia el pozo y yo le devolvía con mis ojos el odio que él mismo ponía en ellos. Luego corría a por el cesto que Marta preparaba y buscaba a Jesús para compartir su dolor, sus llagas y su sangre.

Nunca mientras vivió en Nazaret le oí pronunciar una palabra. No hablaba a José ni leyó en el templo como es el deber de todos los hombres. Tampoco me hablaba a mí. Toda su vida era silencio y ojos oscuros de cordero.

Una mañana abandoné la ropa y caminé en el agua hasta alcanzarle. Me acerqué con cuidado y lamí una a una cada gota de su sangre. Le lavé luego y bajo mis dedos sentí sus espasmos de dolor hasta hacerlos míos. Siempre callados.

Luego todas las mañanas fueron iguales: la mirada repugnante de José, la desconfianza de Marta, el cántaro, la ropa, las otras mujeres que esperaban en el pozo, los otros hombres, el polvo, el sol. Todo daba vueltas en torno a Jesús y a mí: las colinas, las rocas, el polvo caliente del desierto, Nazaret con cada piedra, con cada nube de su cielo. Dios mismo. Todo estaba ordenado en círculos fuera de nosotros. Éramos Jericó y, al sonido de la última trompeta, Jesús se fue.

Y fue ese el tiempo en que a diario se quemaban mis labios, se agrietaban las esquinas de mi alma. A la caída del sol, lejos de Marta, me sentaba en el suelo, cruzaba las piernas y dejaba caer el pelo hacia delante mientras esperaba. Me embrutecí hasta errar por las calles de Nazaret tratando de deshacerme del Jesús que se había quedado en mi cabeza, del sabor de su sangre. Quería confundirme en el lamento pero el polvo desaparecía a mi paso y el sol resplandecía siempre sobre mi cabeza. Hasta que el dolor hueco de no tenerle me obligó a buscarle más allá de mi misma y del recuerdo. Quise encontrarle en cada hombre y quise amar de cada uno lo que tuviera de Jesús. Pero no había nada. No había Jesús. Ni con el tiempo quedó tampoco recuerdo, ni quedó vida. José pagaba igual que pagaban todos, pero ni siquiera en él encontré una esquirla de su hijo. Y así como Jesús padeció sed bajo el sol del desierto y padeció hambre desnudo en la arena yo me ahogué en cuerpos que no eran el suyo, pero jamás me sacié.

Las mujeres me despreciaban y los hombres quisieron apedrearme, pero les faltó valor. Querían de mí lo que no encontraban en otras pieles ya resquebrajadas, en otras gargantas, ya secas. Yo era la mujer más hermosa de Nazaret y Nazaret hubo de rendirme tributo.

Cuarenta días y cuarenta noches reiné sobre mi pueblo antes de volver a saber de Jesús y aún muchos días y muchas noches más antes de volver a verle.

Regresó una mañana y su voz quebró mi sueño. Nunca le había oído, pero supe. Y con el conocimiento llegó el miedo. Porque escuché desde la oscuridad de mi cueva que hablaba de amor. Hablaba de amar al prójimo hasta el dolor, más allá de lo humano. Entonces tomé mis ropas de mujer y salí a la calle. Todos estaban allí: los ancianos y los jóvenes, los hombres y las mujeres. Le miraban como a un loco y comprendí. Vi que los demonios le habían hechizado y que doce hombres lo acompañaban, vestidos con los mismos harapos que él; que los trece y sus cuerpos devastados llevaban los ojos perdidos. Jesús ya no tenía heridas, ya no sangraba, pero su espíritu estaba más perdido que mi alma de mujer. Porque yo era fruto del pecado igual que era su causa, pero él había nacido hombre, había nacido puro y se había envenenado. Y por eso aquellos que no habían encontrado el valor de lapidarme a mí alzaron piedras contra él para volver a herirle, para herirme a mí más que si hubiese sido mi sangre la que hubiese caído para mezclarse con la tierra de Nazaret y mi cuerpo el que se hubiese desplomado, quebradizo, sobre esa sangre.

Luego los gritos. Todos los gritos que mi pueblo jamás pronunciara los oí aquella mañana mientras corría a sostener a Jesús, a llevármelo de allí ante la mirada horrorizada de Marta. Huimos como perros y vivimos con las doce ratas durante meses. Todo el silencio se tornó furia y estruendo. Jesús hablaba a las gentes en los pueblos, a los mercaderes en los caminos. Hablaba todo el tiempo y los doce le escuchaban y asentían; y todos continuábamos cansados y doloridos, hambrientos y helados hasta los huesos. Pero cuando él hablaba, nadie veía que no era él, sino los demonios los que asomaban a sus ojos y le arrancaban aquellas palabras atroces. Curaron enfermos, resucitaron muertos pero no me compensaron jamás por su pérdida. Mutilaban su cabeza, le obligaban a recitar con el sol en la mitad del cielo, con los labios abiertos, lacerados por la sed, el calor y el viento arenoso. Los demonios se reían: ante mí, de mí, por mi vanidad, por mi alma de hembra que no comprendía sus palabras ¡Palabras de loco! Entonces la ira agarrotaba mis dedos hasta que sus ojos, los de Jesús, encontraban los míos para tranquilizarme. Los mismos ojos de cordero, negros, brillantes, ingenuos. Porque Jesús no sabía nada. El odio a José se había fundido con la arena, un poco a cada paso. Y nunca llegaría el odio hacia el mundo. Para eso estoy yo. Yo odio a quienes le dieron la vida y odio a quienes se la quitaron. Y odio más aún a los que le escuchaban, a los que le exigían que les tocara, que les mirara, que pronunciara sus nombres. Porque para ninguno era nada más importante que cada uno de ellos. Ni nada más cierto que el agotamiento de mi pobre Jesús a quien dieron en llamar profeta, y Cristo y Maestro.

Yo odiaba y los demonios estaban contentos. Igual que los doce cuando aquellas mismas gentes les ofrecieron cobijo y alimentos. Entonces empezaron a querer hablar como él lo hacía y comenzaron a repetir las palabras de su maestro, y sus gestos. Y cuanto más hablaban, más puertas se abrían, menos penalidades soportaban. Mientras, yo cuidaba del cuerpo extenuado de Jesús y maldecía a Dios por haber permitido que el lamento nos pasara por alto. Aunque en esos momentos cuando, estaba sola con él, los demonios lo abandonaban. Porque los había visto y nada podían hacer por perderme si yo ya estaba perdida. En esos ratos el joven carpintero de Nazaret volvía a su silencio, me conocía y luego dormía en paz y me era permitido mirarle y amarle y sentir de nuevo todo su dolor y amarle más aún por eso.

Los días se sucedían y yo sabía del desprecio de los doce y de su temor. Necesitaban al maestro para mantener el encantamiento sobre las gentes. Ellos no podían sanar enfermos si no mediaba la voluntad del Cristo. Y yo, mujer, se lo arrancaba de las garras cada noche. ¡Cómo se reían los demonios de los doce! Y del furor que despertaban en mí sus miradas mezquinas. Las de todos excepto la de uno de ellos, que se apiadó de mí y a quien desprecié por ello. El único que compartía conmigo su alimento, el que se desesperaba cuando yo se lo ofrecía a Jesús. Muchas veces observé sus labios crispados y su expresión doliente. Luego en sus ojos apreció el odio como aparece más tarde o más temprano en los ojos de todos. Los demonios gozaron cada minuto de nuestras vidas miserables apartando a Jesús de ellas de forma que apenas nos veía. Esperaban alejarme de él alejándome de mí. Pero conocía a los demonios. Había crecido con ellos en Nazaret, había vivido con ellos en mi propia casa sin que Marta supiera nunca que existían. Así que continué esperando mis jirones de sol poniente.

Una mañana Judas vino a hablarme. Los otros once repartían panes y peces entre las multitudes que habían ido a escuchar a Jesús. Él permanecía absorto. Contemplaba los cuerpos ajenos y los rostros, pero no nos veía a nosotros. Sólo Dios y sus demonios saben lo que ocupaba su cabeza.

— Magdalena— dijo.

Yo le miré desde lejos, como Marta me había mirado cuando me recriminó el cesto de la ropa sucia. No le contesté.

—Está loco—. Esperó alguna palabra mía como si mis palabras también pudiesen salvarle, pero no la obtuvo. Me miró con rabia, pero no se fue.

—Pasó cuarenta días con sus noches en el desierto, errando descalzo sin comida ni agua. Cuando volvió no nos conocía. Ni siquiera a Pedro.

—No está loco— dije.

—Volvió más delgado que cuando llegamos a Nazaret. El sol le había llenado de llagas que tardaron semanas en curar. Tenía fiebre. No podía hablar porque los labios se le habían hinchado. Y la lengua. Por la sed. Aún así nos miraba y quería decir algo. Cuando pudo hacerlo sólo oímos barbaridades mucho peores que las de ahora.

—Son demonios.

—María…

Me cogió la mano y le aparté. Me levanté para sentarme tan cerca como pude de Jesús, que había comenzado a hablar de nuevo. Yo no le escuchaba. Miraba a los que sí lo hacían y vi entre ellos a pobres y a ricos, a samaritanos y otros extranjeros, a gentes de Judea y de la misma Galilea que le seguían. Vi a romanos que lo miraban altivos, como es su costumbre. Cuando por fin calló comenzaron los ruegos y las súplicas, las lágrimas, los gritos de socorro. Les habría arrancado las lenguas a todos ellos para que nos dejaran en paz pero los demonios se encarnizaron en Jesús que caminó de un lado a otro imponiendo las manos, recitando oraciones y poniendo nerviosos a los civilizados romanos que huyeron colina abajo.

Esa noche, cuando los demonios le hubieron abandonado en mis brazos, Jesús rompió su silencio.

—María, hermosa entre todas las mujeres. María Magdalena, mi esposa ¿Aún no has visto suficiente? No son demonios los que elevan mi espíritu, sino mi Padre quien me ordena hacer todo este bien. Y yo obedezco como todo hijo debe obedecer a su padre.

—¿José?

Sonrió y me acarició el rostro. Yo quise detener el tiempo entonces, pero el tiempo transcurre a la par que el lamento. Y el lamento estaba allí, con nosotros, también por primera vez.

—No, María. Él, mi padre en los Cielos.

—Pero…

—Déjame hablar ahora. Debo decirte que nuestro dolor aún no ha llegado, que será en Jerusalén donde queramos morir. Pero no moriremos. Terminaremos con el dolor de otros y luego… luego quizá seamos olvidados.

—No iremos.

—Está escrito que debemos hacerlo ¿No has visto a esas gentes? Necesitan ser arrancadas de su miseria, María. Nos necesitan porque no hay nadie más que nosotros para salvarles.

—Ellos no ten necesitan, Jesús, no te merecen ¿qué te dan? ¡Nada! Sólo exigen milagros. Ellos no te aman. Han vivido hasta ahora sin ti y seguirán haciéndolo si les dejas.

Pero marchamos hacia Jerusalén y arrastramos con nosotros innumerables personas hambrientas o tristes, o solas. Monstruos todos ellos sin conciencia. Y con ellos vinieron los doce y con los doce Judas, que no había vuelto a acercarse a mí, que ya apenas me miraba.

En Jerusalén nos esperaba la gloria. Multitudes como nunca he visto salieron a recibirnos, tendieron sus túnicas a su paso, u hojas de palma. Hasta que cubrieron del todo el suelo. Los demonios sonreían a través de los labios de Jesús y yo entré tras él, sombría y silenciosa. Un reflejo a los pies del Cristo, una sombra que se arrastraba en su cochambre sin querer reconocer la grandeza. Debí gritar que todo era falso, que se trataba de un loco o de un endemoniado. Pero no me habrían creído porque él estaba allí, espléndido sobre la mula que le llevaba. Parecía un rey y como a un rey le adoraron. Mientras tanto yo, su esclava, quise recordar el modo en que siempre ha rezado mi pueblo, pero no pude. Porque así como yo lo había abandonado, él me había abandonado a mí.

Habló ese día Jesús ante el pueblo de Jerusalén y jamás he oído palabras tan bellas. Parecía que los demonios se hubieran marchado para dejarle a él, a mi esposo, pero estaban allí. Sé que estaban como sé que Judas se fue reptando entre las casas para perpetrar su crimen. Aun así me quedé a escucharle y por primera vez vi a aquel hombre moreno y delgado lleno de historias maravillosas y promesas de demente. Vi por qué los otros le creían y me esforcé; pero tampoco de eso fui capaz y él me vio en mi dolor. Él entre todos los demonios que sacudían su alma me vio y me compadeció. Luego calló y volvieron los mismos sollozos a rogarle clemencia y un momento más de vida.

Y esa noche los demonios no me lo devolvieron.

Dormimos en un huerto de árboles ancianos y rugosos en un sitio tranquilo, apartado. Los once se desperdigaron para acostarse entre el suelo y el cielo. Yo escogí el lugar para Jesús y para mí. Él no se habría movido si yo no le hubiera guiado. No estaba conmigo, sino siendo devorado al fin por aquellos a los que había servido de diversión durante tanto tiempo. No soporté el vacío de sus ojos ni su sudor frío. Le abandoné a los olivos. Dejé su cabeza apoyada en la raíz del aceite y corrí lejos. Ni una lágrima acudió a mis ojos mientras él lloraba en su delirio, se retorcía en su túnica, se hería las rodillas y las manos preciosas con las que algunas veces me había tocado. Aullaba de dolor y su cara se deformaba en muecas espantosas. Todo paraba de repente y quería acercarme, pero algo me retenía y todo volvía a empezar.

Hasta que Judas llegó con los soldados. Pasaron a mi lado sin mirarme, como José no me miraba cuando yo pasaba bajo mi cántaro vacío. Yo en cambio vi como temblaba cuando besó la mejilla ardiente de Jesús.

El camino a la Cruz fue el más largo de todos los caminos. Tres veces cayó bajo el peso del madero que habían colocado sobre sus hombros. La primera estalló la risa, escupieron sobre él y le martirizaron del mismo modo que habían colocado palmas bajo sus pies. La segunda un hombre salió en su ayuda y la tercera no vi nada entre las lágrimas.

Cuando llegué al monte, colgado del madero no vi a Jesús, sólo un cuerpo destrozado y aún hermoso del que ya había escapado la vida. Apareció Marta con la esposa de José y me apartaron de él, me golpearon, me culparon de su locura, me insultaron y me abandonaron como a un perro con las ropas desgarradas y el alma rota. Entonces llegó la oscuridad y llegó el silencio. Y a mí me levantó del suelo el odio que sentí por Marta que nos había perdido ante los ojos de Dios y de nuestro pueblo. Ella, la más devota entre las devotas nos acusó. A ella y a nadie más culpé de la condenación de mi esposo; así como culpé a Judas de su muerte y de mi soledad. Así culpé también a todos los hombres que no supieron amarle. Y a mí por no amarle lo suficiente. Odie tanto que ya ni recuerdo los motivos.

Volví a Magdala, al lugar donde nací, a orillas del mar de Galilea, al sur de Cafarnaún, donde el muerto había encontrado a sus doce. Aquí he vivido desde entonces y aquí llevé en mi seno un hijo de Jesús que no nació. Volví a la vida de pecado por la que Marta me condenó, pero nunca esperé nada.

Porque nunca hubo ya nada que esperar.

¿Sueñan los escritores de género con altas cumbres literarias?

FEAT-ESCRIBIRHace un par de días Cristina Jurado, editora de la revista digital Supersonic, lanzaba en su muro de Fcebook la siguiente pregunta: ¿Está el futuro de la literatura de género en manos de las editoriales independientes?

Merece la pena leer el hilo porque las respuestas de editores, escritores, lectores y demás (léase la referencia a “El Cine” de Mecano) son de todos los colores, sabores, credos, ideologías y tamaños. Están los síes y los noes a secas, los argumentados y luego está mi respuesta, que reivindica el futuro de cualquier tipo de literatura para los escritores. Imagino que por aquello de barrer para casa.

En esa respuesta mía hablaba de los prejuicios contra el terror, la fantasía y la ciencia ficción, que son los mismos que existen contra la literatura romántica. La cultura popular se entiende en muchos círculos como incultura. No hablaré aquí, porque no es lo que me interesa en este momento, de que en realidad se entiende como incultura la cultura ajena no compartida por uno mismo. Baste la mención.

Existe, estaremos todos de acuerdo, una especie de élite cultural. Existen los estetas, los diletantes, los expertos en cánones y modos. Existe gente como Harold Bloom que dice qué es arte y qué es mierda pinchada en un palo. Aunque probablemente Harold Bloom solo use la expresión en privado y tapándose la boca. O quizá no, lo mismo es un feísta de esos, pero lo dudo. Esa gente vive de establecer los cánones del arte. En una especie de gigante lenguado que se muerde la boca, los gurús dicen qué es arte, el arte se revaloriza, lo que revaloriza al gurú, lo que determina la dirección del mercado artístico y todos los que se queden contentos, tan contentos que se quedan.

Es decir, la élite esa del arte come y alimenta el mercado del arte.

En un nivel menos sublime están las obras de arte pret a porter; por ejemplo, los libros que publican las grandes editoriales que son las que copan el mercado y las que fabrican los grandes éxitos literarios. Quiero creer que no todos, pero sí muchos.  Digo que los fabrican porque, en fin, son las que tienen el control del dinero que compra la publicidad y es la publicidad las que se estampa en nuestras retinas sin que podamos evitarlo y sin que debamos esforzarnos.  Esas editoriales apuestan por dos tipos de literatura: la que viene avalada por la élite esa que comentaba más arriba y la que compran los lectores populares.

Léase lector popular como se leería corredor popular: no es un profesional del atletismo, sino alguien que corre porque le gusta, que entrena porque disfruta, que no tiene una visión profesional ni académica del deporte; es decir, un lector que lee sin devanarse los sesos en exceso. Uno que compra novedades, que quizá tenga un par de escritores favoritos, que no investiga demasiado. Al fin y al cabo leer es un pasatiempo para muchos y así debe ser.

Las editoriales esas gordas llenan por tanto las grandes superficies y un porcentaje amplio de las superficies pequeñas con los libros que eligen los gurús y con los libros que ellas quieren.

Y llegamos a donde yo quería traeros ¿Por qué no quieren fantasía, terror y ciencia ficción? ¿Por qué no los quieren en la misma medida que quieren novelas de drama realista o biografías de famosos o novelas históricas?

Bueno, con todos mis respetos, la literatura de género es mucho más peligrosa que el resto. Es más peligrosa porque es más libre, porque las posibilidades que ofrece son infinitas. El terror es capaz por sí mismo de situar a una persona normal en un entorno en el que deba analizar su propia naturaleza, la naturaleza de sus miedos, el modo en el que están construidas las cosas. La capacidad del terror, la fantasía y la ciencia ficción para la metáfora, para introducir ideas transgresoras o directamente revolucionarias es muy superior a la de los dramas realistas.

Eso lo saben los señores (y las pocas señoras) que controlan el dinero y el acceso a la información. Llamadme conspiranioca. Llamadme lo que os de la gana y luego negad que, como decía Pily Barba, “Santa Clarita Diet” oculta una oda al matrimonio; o que “The Walking Dead” hace docenas de temporadas que dejó de ser una serie de zombis para convertirse en un análisis de la capacidad de violencia del ser humano. Sí, ambas populares porque dan mucho dinero, no como los libros. Y ambas permitidas porque transmiten un mensaje conservador a ultranza. Pensadlo, pensadlo.

Las editoriales independientes las fundan elementos independientes de la sociedad y en ese sentido puede que parte del futuro de la literatura de género esté en sus manos.  Porque los escritores de género deben ser independientes. Ya que te van a marginar salvo que seas un genio con suerte (todos queremos ser genios pero más nos vale asumir que la mayoría nos quedamos en lo humano y que de suerte vamos justos); ya que te van a marginar, digo, mejor hazte independiente antes. Por lo de salvar la dignidad y eso.

En cualquier caso, sigo diciendo que el futuro del género está en los autores, y como autores tenemos dos grandes obligaciones: la primera es escribir como si persiguiéramos el nobel a la calidad literaria en combinación con el premio a la popularidad más gordo que haya. Maduremos: hay que escribir muy bien y eso quiere decir —ideología en 3, 2, 1— que nuestros libros deben ser bellos, fuertes, innovadores y asequibles. Pero por si eso fuera poco, también deben ser populares. Combinar la popularidad con la calidad debe ser nuestra primera meta.

La segunda es todavía más fácil: debemos ser más listos que los demás. Debemos parecer inofensivos. Somos gente peligrosa. La gente peligrosa sólo sobrevive si no lo parece.