Categoría: Escribir

Vivo para no ofender

FEAT-ESCRIBIREn un lunar de mi cara

coordenadas a parte

no ha mucho que vivía

un deseo:

que de las venas la sangre

rápida y limpia escapara,

que huyera en largo reguero.

Pena mía

que eso nunca sucediera

que me vaya haciendo vieja

y no pinten mis muñecas

más que viejas cicatrices

infelices

además de ineficaces.

En aquel tiempo pasado

la estética dominaba

hoy me mata

la necesidad sincera

de volar por la escalera

decorando el descansillo

con el brillo

de sesos desparramados.

Soy feliz tan solo a ratos.

La mayor parte del tiempo

me agosto.

Que ello no desmerezca

los amores inmortales

de esta absurda viada mía

ni vacía

ni tan llena de bondades

que compensen los de angustia

los momentos singulares

de alegría.

No se trata de balanzas.

Es más bien la resistencia,

la resistente flaqueza

de respirar a deshora.

Como ahora

que en lugar de gritar alto

pulso una tecla tras otra

junto ocho, junto cuatro

y exhalo.

Porque me siento culpable

de que me ahogue la angustia

y pergeño explicaciones

que ofrecer

mientras se me acaba el aire

mientras me pesa la vida

mientras me muero a escondidas.

Lo que sea

para no ofender.

 

 

 

 

No te traigo flores: sobre la memoria

 

FEAT-ESCRIBIREl cementerio de mi pueblo es pequeño, una parcela recogida, muy limpia a pesar de que la verja nunca se cierra más que con un alambre retorcido. Lo rodea un muro levantado a mano, con piedras irregulares; una de esas paredes de minifundio como las que separan unos prados de otros. Tres cipreses contados, altos, de tronco grueso y copa afilada delimitan la parte más moderna, al fondo, de la más antigua, junto a la entrada. Existe un camino asfaltado, muy feo, que lo atraviesa en vertical y varios senderos trazados por los pies insistentes de algunos deudos, que lo cruzan en horizontal. Las tumbas de los niños viejos se encuentran en la zona nueva junto a los nichos de los últimos viejos muertos. Tiene sentido, si lo piensas.

Yo digo que Sol la enterraron en tierra de nadie, en una tumba excavada a medio camino entre lo nuevo, lo antiguo, los bebés y los ancianos.

No la visito a menudo porque me duele que ya no quede nada de ella. Solo me acerco cuando noto que se me está olvidando, cuando miro una fotografía y no consigo recordar si la sonrisa que mostró a la cámara escondía algún secreto, algún tipo de malicia, o si se trataba de una sonrisa inocua. La última vez que desanudé el alambre de la verja lo hice porque el verde de sus ojos cambia de una instantánea a otra y no supe reconocer qué tono era el suyo.

No le llevo flores a Sol, sino los huecos que se abren en mi memoria precaria. Respiro por la nariz, meto las manos en los bolsillos y le ofrezco esas células muertas a ella, que se ha convertido en células muertas también. Me apoyo en las barras de hierro de un mausoleo cercano y le digo, en voz alta, que esos recuerdos borrosos míos la hacen más grande dondequiera que esté porque la realidad que yo pierdo regresa a ella. Suena fatal cuando lo digo, pero me consuela. Porque así parece que tiene un sentido, un propósito, que me esté olvidando de los rasgos de Sol, o del sonido de su voz, o del tacto áspero de su nariz demasiado grande entre mis muslos.

Esta mañana he vuelto. Había un coche rojo aparcado junto a le verja del cementerio, que estaba abierta. No sé lo que esperaba encontrar dentro Al alguien de fuera, supongo, a algún extraño, quiero decir. Algo raro, aunque la verdad es que nunca encuentro a nadie, así que ya era bastante raro el coche en sí, saber que otra persona viva respiraba allí dentro.

Una vez cruzada la puerta de hierro estiré un poco el cuello y miré a ambos lados  mientras, como siempre, me metía las manos en los bolsillos y respiraba hondo. No vi a nadie. No vi al visitante. Pensé que lo ocultaban los cipreses o que se habría metido en alguno de los panteones. Yo siempre he querido entrar en uno, pero me da reparo. Me parece que es como asaltar la casa de alguien. Aunque en ellos solo vivan los muertos. No, aunque sólo los ocupen los muertos.

La mujer, la dueña del coche, estaba de pie frente a la tumba de Sol. Allí se había parado. Miraba al frente. Se le notaba porque estiraba mucho el cuello. Lo forzaba.  Se me cortó la respiración, como antes de cambiar la caldera por la de gas natural, cuando se me acababa el agua caliente en medio de la ducha. Me acerqué de todas formas porque yo iba hacia allí.

Se levantó un poco de viento que me trajo el aroma de un perfume caro enredado con el olor corporal de la mujer: a sudor, a cansancio. La misma brisa agitó sus rizos cortos de un castaño oscuro muy similar al color de los troncos de los cipreses. Se llevó las dos manos a la cabeza y noté que temblaba, como si llorase.

Jamás se me habría ocurrido que encontraría a alguien llorando en la tumba de Sol. Se me encogió el estómago y me salió una voz chillona cuando le pregunté a aquella extraña si estaba bien.

—¿Estás bien?

Ella bajó las manos, se agarró los codos y se protegió la cintura como si, como a mí, se le hubiesen retorcido las tripas. Me miró. Me analizó. Llevaba gafas oscuras, de pasta, y yo no podía distinguir sus ojos tras los cristales, pero me repasó de arriba abajo primero y de abajo a arriba después. Creo que dedujo que yo no presentaba ningún peligro. Quizá por mi delgadez o por las manos ocultas en los bolsillos escasos donde no habría cabido un arma. Además, me mantuve a cierta distancia.

—No mucho.

Asentí. Así, con la cabeza. La moví hacia abajo y la levanté. Lo hice dos veces. Tampoco yo estaba muy bien. Empezaba a pesarme el hueco de la memoria que le llevaba a Sol y me sentía incómoda en presencia de la extraña. No quería resultar inoportuna, ni entrometerme. En realidad solo deseaba que se fuera para poder hablarle a mi muerta de que se me había escapado su altura, de que ya no sabía si su frente me llegaba a la nariz antes o después de que se pusiera los tacones.

—Era pequeña.

No sabía si se refería a Sol, a ella misma o a alguna otra muerta.

—Era pequeña y me hacía daño a veces. Como sin querer, pero quería ¿sabes a lo que me refiero?

No lo sabía, pero asentí de nuevo porque no quería entretenerla, no quería que se alargara con explicaciones. Supuse que si la dejaba hablar todo terminaría antes y yo podría hacer lo que necesitaba hacer y luego irme a seguir con mi vida.

—A veces me decía que me odiaba. Eso me daba igual porque sabía que era mentira. Pero cuando me decía que ya no me quería o que nunca me había querido, entonces me daban ganas de matarla porque con ella nunca se podía estar segura. Se reía de mí. Siempre que encontraba la oportunidad se reía de mí.

Me dio mucha pena la mujer, muchísima, porque parecía que se acordaba de todo y que eso le hacía daño.

—¿Y tú?

—¿Qué?

—¿A ti también te jodió la vida?

—Pues no creo que sea asunto tuyo, la verdad.

Me di cuenta de que mi respuesta era grosera, pero también reflejaba lo que sentía, así que no me disculpé.

—Ya… Hacía mucho que no la veía. No tienes que odiarme ni nada. Seguro que no te engañó.

—Seguro que no.

Lo pensé un poco más antes de añadir algo que también era cierto.

—La habría matado.

Se rio con una de esas risas falsas que tratan de ocultar el miedo sin conseguirlo.

—¿No fuiste tú, entonces?

Yo negué. Con la cabeza. La giré de un lado a otro y luego me quedé mirando a aquella extraña que no terminaba de marcharse. De repente me interesó saber por qué motivo había ido a mi cementerio, de modo que se lo pregunté.

—¿Por qué has venido?

—No es que sea cosa tuya tampoco ¿no?

Respondió muy rápido, como si hubiera estado esperando la oportunidad de devolverme mi respuesta grosera. No me importó.

No dijo nada más, se metió las manos en los bolsillos y pasó a mi lado. Yo no me di la vuelta para mirarla porque no era a ella a quien había ido a llevarle sus cosas, sino a Sol. Así que allí las dejé: la incógnita sobre su altura y un enigma nuevo, un regalo.

Descanse en paz

FEAT-ESCRIBIRComo cada Semana Santa, edito este relato de mi veintena. Cambia poco: sigue hablando de amor.

Este año sí hay una novedad que me apetece contaros: Estas nueve páginas son ya una novela de 150. Veremos en qué para aunque, le suceda lo que le suceda, el premio es haber escrito, una vez más, la verdad y nada más que la verdad.

Sin ninguna ayuda de Dios.


Descanse en paz

Amanecimos al dolor cuando nacimos bajo el sol, en Galilea; y ni las escasas lluvias ni las aguas del Jordán han calmado jamás nuestra sed ni lavado nuestras heridas. El río pasa a nuestro lado como si no pasara; vuelve la espalda a nuestras casas de adobe, al polvo y al viento preñado del desierto. Vivimos en ese polvo que nos envuelve y que nos ciega desde el frío de la mañana hasta el frío de la noche; que abrasa nuestros cuerpos y nuestras almas.

Nuestros hijos conocen sólo el polvo que les cubre los pies descalzos y más tarde las sandalias, el cayado o las pieles. Nuestras hijas nacen condenadas a la maldición de engendrar nuevos cuerpos morenos y suaves que el tiempo convertirá en cueros ásperos, gastados y vacíos. Para eso nacemos y para eso nos enseñaron a vivir. A los otros como a mí y entre los otros a Jesús, a quien yo, en mi ignorancia de mujer, amé.

Yo conocí su cuerpo frágil, a la criatura que María, su madre y José, su padre, trajeron a la madera, la sed y al viento caliente del desierto. Nunca fue un niño más tranquilo que los otros, ni un ángel de paz. Era sólo otro par de ojos negros y otra piel aún suave que yo quise ya entonces, en su vulgaridad, tanto como Marta, mi hermana, le despreció. Le odiaba a él igual que me odiaba a mí y a todo lo que formaba parte del polvo, del sol, y de mi pueblo. Marta era todo eso y por esa razón lo odiaba.

En la casa de Jesús vivía el silencio. Yo pasaba cada mañana con el cántaro sobre la cabeza mientras Marta se quedaba moliendo el trigo. A mi paso sólo se oía al carpintero con su madera, el sonido del escoplo modelando sus llagas y la respiración del hombre cansado a perpetuidad. Si giraba la cabeza veía la suya inclinada sobre el banco. Nada más. Siempre la mantuvo gacha mientras yo dejaba su silencio a mi espalda y llegaba hasta el pozo. Allí recogía mi agua y regresaba y encontraba a Jesús, tan parecido a su padre, con la misma herramienta en las manos aún libres de callos, con el mismo cansancio. Con el cansancio todos en Galilea. El cansancio que nace del dolor, el mismo que parecía aplastar el barro contra las cabezas de las mujeres que esperaban en el pozo. Sólo Marta lo soportaba con indiferencia. Ella me miraba y le satisfacía ver cómo Dios me moldeaban a su imagen, a su semejanza; cómo yo me pudría bajo su poder sin oponer resistencia. Creo ahora que así se sentía menos sola.

Hasta que una mañana el cincel de José dejó de herir la madera y su rostro no apareció inclinado dentro del cubil. Sin embargo estaba allí, con Jesús, que se había marchado ya cuando yo regresé del pozo, inquieta. En el lugar de siempre sólo quedaba el padre, que me miró una sola vez, sin conocerme, antes de desaparecer tras el adobe.

Marta me esperaba. Me sujetó por el hombro cuando quise entrar, me miró desde los ojos de mi pueblo, con los ojos de su Dios, y señaló un cesto de ropa pendiente de lavar. Ropa en un cesto fue todo lo que sus ojos quisieron ver, pero no lo que vieron los ojos de Dios ni los ojos de mi pueblo. Y aun así se me permitió marchar con esa ropa, caminar a salvo entre los collados, evitar los rebaños de cabras que han pacido en ellos desde tiempos de Abraham y hallar, de nuevo, agua.

Anduve sin saber lo que buscaba hasta que lo encontré, desnudo, la espalda golpeada, sangrante. Me pareció hermoso su dolor porque no lo compartía con nadie más. No era el nuestro, no era el de todos, no era el de Dios Padre, sino el provocado por un padre propio. Las heridas de su piel no procedían de Dios como el mal de mi alma. La sangre recorría en hilos todo su cuerpo, él sufría y yo sentí los golpes sin sentido de José. Se arrodilló entonces Jesús y el agua arrancó el rojo de su espalda. Yo me incliné hacia delante y comencé a lavar la ropa de Marta. Él se alejó.

A partir de entonces José sí me miraba cuando pasaba con el cántaro hacia el pozo y yo le devolvía con mis ojos el odio que él mismo ponía en ellos. Luego corría a por el cesto que Marta preparaba y buscaba a Jesús para compartir su dolor, sus llagas y su sangre.

Nunca mientras vivió en Nazaret le oí pronunciar una palabra. No hablaba a José ni leyó en el templo como es el deber de todos los hombres. Tampoco me hablaba a mí. Toda su vida era silencio y ojos oscuros de cordero.

Una mañana abandoné la ropa y caminé en el agua hasta alcanzarle. Me acerqué con cuidado y lamí una a una cada gota de su sangre. Le lavé luego y bajo mis dedos sentí sus espasmos de dolor hasta hacerlos míos. Siempre callados.

Luego todas las mañanas fueron iguales: la mirada repugnante de José, la desconfianza de Marta, el cántaro, la ropa, las otras mujeres que esperaban en el pozo, los otros hombres, el polvo, el sol. Todo daba vueltas en torno a Jesús y a mí: las colinas, las rocas, el polvo caliente del desierto, Nazaret con cada piedra, con cada nube de su cielo. Dios mismo. Todo estaba ordenado en círculos fuera de nosotros. Éramos Jericó y, al sonido de la última trompeta, Jesús se fue.

Y fue ese el tiempo en que a diario se quemaban mis labios, se agrietaban las esquinas de mi alma. A la caída del sol, lejos de Marta, me sentaba en el suelo, cruzaba las piernas y dejaba caer el pelo hacia delante mientras esperaba. Me embrutecí hasta errar por las calles de Nazaret tratando de deshacerme del Jesús que se había quedado en mi cabeza, del sabor de su sangre. Quería confundirme en el lamento pero el polvo desaparecía a mi paso y el sol resplandecía siempre sobre mi cabeza. Hasta que el dolor hueco de no tenerle me obligó a buscarle más allá de mi misma y del recuerdo. Quise encontrarle en cada hombre y quise amar de cada uno lo que tuviera de Jesús. Pero no había nada. No había Jesús. Ni con el tiempo quedó tampoco recuerdo, ni quedó vida. José pagaba igual que pagaban todos, pero ni siquiera en él encontré una esquirla de su hijo. Y así como Jesús padeció sed bajo el sol del desierto y padeció hambre desnudo en la arena yo me ahogué en cuerpos que no eran el suyo, pero jamás me sacié.

Las mujeres me despreciaban y los hombres quisieron apedrearme, pero les faltó valor. Querían de mí lo que no encontraban en otras pieles ya resquebrajadas, en otras gargantas, ya secas. Yo era la mujer más hermosa de Nazaret y Nazaret hubo de rendirme tributo.

Cuarenta días y cuarenta noches reiné sobre mi pueblo antes de volver a saber de Jesús y aún muchos días y muchas noches más antes de volver a verle.

Regresó una mañana y su voz quebró mi sueño. Nunca le había oído, pero supe. Y con el conocimiento llegó el miedo. Porque escuché desde la oscuridad de mi cueva que hablaba de amor. Hablaba de amar al prójimo hasta el dolor, más allá de lo humano. Entonces tomé mis ropas de mujer y salí a la calle. Todos estaban allí: los ancianos y los jóvenes, los hombres y las mujeres. Le miraban como a un loco y comprendí. Vi que los demonios le habían hechizado y que doce hombres lo acompañaban, vestidos con los mismos harapos que él; que los trece y sus cuerpos devastados llevaban los ojos perdidos. Jesús ya no tenía heridas, ya no sangraba, pero su espíritu estaba más perdido que mi alma de mujer. Porque yo era fruto del pecado igual que era su causa, pero él había nacido hombre, había nacido puro y se había envenenado. Y por eso aquellos que no habían encontrado el valor de lapidarme a mí alzaron piedras contra él para volver a herirle, para herirme a mí más que si hubiese sido mi sangre la que hubiese caído para mezclarse con la tierra de Nazaret y mi cuerpo el que se hubiese desplomado, quebradizo, sobre esa sangre.

Luego los gritos. Todos los gritos que mi pueblo jamás pronunciara los oí aquella mañana mientras corría a sostener a Jesús, a llevármelo de allí ante la mirada horrorizada de Marta. Huimos como perros y vivimos con las doce ratas durante meses. Todo el silencio se tornó furia y estruendo. Jesús hablaba a las gentes en los pueblos, a los mercaderes en los caminos. Hablaba todo el tiempo y los doce le escuchaban y asentían; y todos continuábamos cansados y doloridos, hambrientos y helados hasta los huesos. Pero cuando él hablaba, nadie veía que no era él, sino los demonios los que asomaban a sus ojos y le arrancaban aquellas palabras atroces. Curaron enfermos, resucitaron muertos pero no me compensaron jamás por su pérdida. Mutilaban su cabeza, le obligaban a recitar con el sol en la mitad del cielo, con los labios abiertos, lacerados por la sed, el calor y el viento arenoso. Los demonios se reían: ante mí, de mí, por mi vanidad, por mi alma de hembra que no comprendía sus palabras ¡Palabras de loco! Entonces la ira agarrotaba mis dedos hasta que sus ojos, los de Jesús, encontraban los míos para tranquilizarme. Los mismos ojos de cordero, negros, brillantes, ingenuos. Porque Jesús no sabía nada. El odio a José se había fundido con la arena, un poco a cada paso. Y nunca llegaría el odio hacia el mundo. Para eso estoy yo. Yo odio a quienes le dieron la vida y odio a quienes se la quitaron. Y odio más aún a los que le escuchaban, a los que le exigían que les tocara, que les mirara, que pronunciara sus nombres. Porque para ninguno era nada más importante que cada uno de ellos. Ni nada más cierto que el agotamiento de mi pobre Jesús a quien dieron en llamar profeta, y Cristo y Maestro.

Yo odiaba y los demonios estaban contentos. Igual que los doce cuando aquellas mismas gentes les ofrecieron cobijo y alimentos. Entonces empezaron a querer hablar como él lo hacía y comenzaron a repetir las palabras de su maestro, y sus gestos. Y cuanto más hablaban, más puertas se abrían, menos penalidades soportaban. Mientras, yo cuidaba del cuerpo extenuado de Jesús y maldecía a Dios por haber permitido que el lamento nos pasara por alto. Aunque en esos momentos cuando, estaba sola con él, los demonios lo abandonaban. Porque los había visto y nada podían hacer por perderme si yo ya estaba perdida. En esos ratos el joven carpintero de Nazaret volvía a su silencio, me conocía y luego dormía en paz y me era permitido mirarle y amarle y sentir de nuevo todo su dolor y amarle más aún por eso.

Los días se sucedían y yo sabía del desprecio de los doce y de su temor. Necesitaban al maestro para mantener el encantamiento sobre las gentes. Ellos no podían sanar enfermos si no mediaba la voluntad del Cristo. Y yo, mujer, se lo arrancaba de las garras cada noche. ¡Cómo se reían los demonios de los doce! Y del furor que despertaban en mí sus miradas mezquinas. Las de todos excepto la de uno de ellos, que se apiadó de mí y a quien desprecié por ello. El único que compartía conmigo su alimento, el que se desesperaba cuando yo se lo ofrecía a Jesús. Muchas veces observé sus labios crispados y su expresión doliente. Luego en sus ojos apreció el odio como aparece más tarde o más temprano en los ojos de todos. Los demonios gozaron cada minuto de nuestras vidas miserables apartando a Jesús de ellas de forma que apenas nos veía. Esperaban alejarme de él alejándome de mí. Pero conocía a los demonios. Había crecido con ellos en Nazaret, había vivido con ellos en mi propia casa sin que Marta supiera nunca que existían. Así que continué esperando mis jirones de sol poniente.

Una mañana Judas vino a hablarme. Los otros once repartían panes y peces entre las multitudes que habían ido a escuchar a Jesús. Él permanecía absorto. Contemplaba los cuerpos ajenos y los rostros, pero no nos veía a nosotros. Sólo Dios y sus demonios saben lo que ocupaba su cabeza.

— Magdalena— dijo.

Yo le miré desde lejos, como Marta me había mirado cuando me recriminó el cesto de la ropa sucia. No le contesté.

—Está loco—. Esperó alguna palabra mía como si mis palabras también pudiesen salvarle, pero no la obtuvo. Me miró con rabia, pero no se fue.

—Pasó cuarenta días con sus noches en el desierto, errando descalzo sin comida ni agua. Cuando volvió no nos conocía. Ni siquiera a Pedro.

—No está loco— dije.

—Volvió más delgado que cuando llegamos a Nazaret. El sol le había llenado de llagas que tardaron semanas en curar. Tenía fiebre. No podía hablar porque los labios se le habían hinchado. Y la lengua. Por la sed. Aún así nos miraba y quería decir algo. Cuando pudo hacerlo sólo oímos barbaridades mucho peores que las de ahora.

—Son demonios.

—María…

Me cogió la mano y le aparté. Me levanté para sentarme tan cerca como pude de Jesús, que había comenzado a hablar de nuevo. Yo no le escuchaba. Miraba a los que sí lo hacían y vi entre ellos a pobres y a ricos, a samaritanos y otros extranjeros, a gentes de Judea y de la misma Galilea que le seguían. Vi a romanos que lo miraban altivos, como es su costumbre. Cuando por fin calló comenzaron los ruegos y las súplicas, las lágrimas, los gritos de socorro. Les habría arrancado las lenguas a todos ellos para que nos dejaran en paz pero los demonios se encarnizaron en Jesús que caminó de un lado a otro imponiendo las manos, recitando oraciones y poniendo nerviosos a los civilizados romanos que huyeron colina abajo.

Esa noche, cuando los demonios le hubieron abandonado en mis brazos, Jesús rompió su silencio.

—María, hermosa entre todas las mujeres. María Magdalena, mi esposa ¿Aún no has visto suficiente? No son demonios los que elevan mi espíritu, sino mi Padre quien me ordena hacer todo este bien. Y yo obedezco como todo hijo debe obedecer a su padre.

—¿José?

Sonrió y me acarició el rostro. Yo quise detener el tiempo entonces, pero el tiempo transcurre a la par que el lamento. Y el lamento estaba allí, con nosotros, también por primera vez.

—No, María. Él, mi padre en los Cielos.

—Pero…

—Déjame hablar ahora. Debo decirte que nuestro dolor aún no ha llegado, que será en Jerusalén donde queramos morir. Pero no moriremos. Terminaremos con el dolor de otros y luego… luego quizá seamos olvidados.

—No iremos.

—Está escrito que debemos hacerlo ¿No has visto a esas gentes? Necesitan ser arrancadas de su miseria, María. Nos necesitan porque no hay nadie más que nosotros para salvarles.

—Ellos no ten necesitan, Jesús, no te merecen ¿qué te dan? ¡Nada! Sólo exigen milagros. Ellos no te aman. Han vivido hasta ahora sin ti y seguirán haciéndolo si les dejas.

Pero marchamos hacia Jerusalén y arrastramos con nosotros innumerables personas hambrientas o tristes, o solas. Monstruos todos ellos sin conciencia. Y con ellos vinieron los doce y con los doce Judas, que no había vuelto a acercarse a mí, que ya apenas me miraba.

En Jerusalén nos esperaba la gloria. Multitudes como nunca he visto salieron a recibirnos, tendieron sus túnicas a su paso, u hojas de palma. Hasta que cubrieron del todo el suelo. Los demonios sonreían a través de los labios de Jesús y yo entré tras él, sombría y silenciosa. Un reflejo a los pies del Cristo, una sombra que se arrastraba en su cochambre sin querer reconocer la grandeza. Debí gritar que todo era falso, que se trataba de un loco o de un endemoniado. Pero no me habrían creído porque él estaba allí, espléndido sobre la mula que le llevaba. Parecía un rey y como a un rey le adoraron. Mientras tanto yo, su esclava, quise recordar el modo en que siempre ha rezado mi pueblo, pero no pude. Porque así como yo lo había abandonado, él me había abandonado a mí.

Habló ese día Jesús ante el pueblo de Jerusalén y jamás he oído palabras tan bellas. Parecía que los demonios se hubieran marchado para dejarle a él, a mi esposo, pero estaban allí. Sé que estaban como sé que Judas se fue reptando entre las casas para perpetrar su crimen. Aun así me quedé a escucharle y por primera vez vi a aquel hombre moreno y delgado lleno de historias maravillosas y promesas de demente. Vi por qué los otros le creían y me esforcé; pero tampoco de eso fui capaz y él me vio en mi dolor. Él entre todos los demonios que sacudían su alma me vio y me compadeció. Luego calló y volvieron los mismos sollozos a rogarle clemencia y un momento más de vida.

Y esa noche los demonios no me lo devolvieron.

Dormimos en un huerto de árboles ancianos y rugosos en un sitio tranquilo, apartado. Los once se desperdigaron para acostarse entre el suelo y el cielo. Yo escogí el lugar para Jesús y para mí. Él no se habría movido si yo no le hubiera guiado. No estaba conmigo, sino siendo devorado al fin por aquellos a los que había servido de diversión durante tanto tiempo. No soporté el vacío de sus ojos ni su sudor frío. Le abandoné a los olivos. Dejé su cabeza apoyada en la raíz del aceite y corrí lejos. Ni una lágrima acudió a mis ojos mientras él lloraba en su delirio, se retorcía en su túnica, se hería las rodillas y las manos preciosas con las que algunas veces me había tocado. Aullaba de dolor y su cara se deformaba en muecas espantosas. Todo paraba de repente y quería acercarme, pero algo me retenía y todo volvía a empezar.

Hasta que Judas llegó con los soldados. Pasaron a mi lado sin mirarme, como José no me miraba cuando yo pasaba bajo mi cántaro vacío. Yo en cambio vi como temblaba cuando besó la mejilla ardiente de Jesús.

El camino a la Cruz fue el más largo de todos los caminos. Tres veces cayó bajo el peso del madero que habían colocado sobre sus hombros. La primera estalló la risa, escupieron sobre él y le martirizaron del mismo modo que habían colocado palmas bajo sus pies. La segunda un hombre salió en su ayuda y la tercera no vi nada entre las lágrimas.

Cuando llegué al monte, colgado del madero no vi a Jesús, sólo un cuerpo destrozado y aún hermoso del que ya había escapado la vida. Apareció Marta con la esposa de José y me apartaron de él, me golpearon, me culparon de su locura, me insultaron y me abandonaron como a un perro con las ropas desgarradas y el alma rota. Entonces llegó la oscuridad y llegó el silencio. Y a mí me levantó del suelo el odio que sentí por Marta que nos había perdido ante los ojos de Dios y de nuestro pueblo. Ella, la más devota entre las devotas nos acusó. A ella y a nadie más culpé de la condenación de mi esposo; así como culpé a Judas de su muerte y de mi soledad. Así culpé también a todos los hombres que no supieron amarle. Y a mí por no amarle lo suficiente. Odie tanto que ya ni recuerdo los motivos.

Volví a Magdala, al lugar donde nací, a orillas del mar de Galilea, al sur de Cafarnaún, donde el muerto había encontrado a sus doce. Aquí he vivido desde entonces y aquí llevé en mi seno un hijo de Jesús que no nació. Volví a la vida de pecado por la que Marta me condenó, pero nunca esperé nada.

Porque nunca hubo ya nada que esperar.

¿Sueñan los escritores de género con altas cumbres literarias?

FEAT-ESCRIBIRHace un par de días Cristina Jurado, editora de la revista digital Supersonic, lanzaba en su muro de Fcebook la siguiente pregunta: ¿Está el futuro de la literatura de género en manos de las editoriales independientes?

Merece la pena leer el hilo porque las respuestas de editores, escritores, lectores y demás (léase la referencia a “El Cine” de Mecano) son de todos los colores, sabores, credos, ideologías y tamaños. Están los síes y los noes a secas, los argumentados y luego está mi respuesta, que reivindica el futuro de cualquier tipo de literatura para los escritores. Imagino que por aquello de barrer para casa.

En esa respuesta mía hablaba de los prejuicios contra el terror, la fantasía y la ciencia ficción, que son los mismos que existen contra la literatura romántica. La cultura popular se entiende en muchos círculos como incultura. No hablaré aquí, porque no es lo que me interesa en este momento, de que en realidad se entiende como incultura la cultura ajena no compartida por uno mismo. Baste la mención.

Existe, estaremos todos de acuerdo, una especie de élite cultural. Existen los estetas, los diletantes, los expertos en cánones y modos. Existe gente como Harold Bloom que dice qué es arte y qué es mierda pinchada en un palo. Aunque probablemente Harold Bloom solo use la expresión en privado y tapándose la boca. O quizá no, lo mismo es un feísta de esos, pero lo dudo. Esa gente vive de establecer los cánones del arte. En una especie de gigante lenguado que se muerde la boca, los gurús dicen qué es arte, el arte se revaloriza, lo que revaloriza al gurú, lo que determina la dirección del mercado artístico y todos los que se queden contentos, tan contentos que se quedan.

Es decir, la élite esa del arte come y alimenta el mercado del arte.

En un nivel menos sublime están las obras de arte pret a porter; por ejemplo, los libros que publican las grandes editoriales que son las que copan el mercado y las que fabrican los grandes éxitos literarios. Quiero creer que no todos, pero sí muchos.  Digo que los fabrican porque, en fin, son las que tienen el control del dinero que compra la publicidad y es la publicidad las que se estampa en nuestras retinas sin que podamos evitarlo y sin que debamos esforzarnos.  Esas editoriales apuestan por dos tipos de literatura: la que viene avalada por la élite esa que comentaba más arriba y la que compran los lectores populares.

Léase lector popular como se leería corredor popular: no es un profesional del atletismo, sino alguien que corre porque le gusta, que entrena porque disfruta, que no tiene una visión profesional ni académica del deporte; es decir, un lector que lee sin devanarse los sesos en exceso. Uno que compra novedades, que quizá tenga un par de escritores favoritos, que no investiga demasiado. Al fin y al cabo leer es un pasatiempo para muchos y así debe ser.

Las editoriales esas gordas llenan por tanto las grandes superficies y un porcentaje amplio de las superficies pequeñas con los libros que eligen los gurús y con los libros que ellas quieren.

Y llegamos a donde yo quería traeros ¿Por qué no quieren fantasía, terror y ciencia ficción? ¿Por qué no los quieren en la misma medida que quieren novelas de drama realista o biografías de famosos o novelas históricas?

Bueno, con todos mis respetos, la literatura de género es mucho más peligrosa que el resto. Es más peligrosa porque es más libre, porque las posibilidades que ofrece son infinitas. El terror es capaz por sí mismo de situar a una persona normal en un entorno en el que deba analizar su propia naturaleza, la naturaleza de sus miedos, el modo en el que están construidas las cosas. La capacidad del terror, la fantasía y la ciencia ficción para la metáfora, para introducir ideas transgresoras o directamente revolucionarias es muy superior a la de los dramas realistas.

Eso lo saben los señores (y las pocas señoras) que controlan el dinero y el acceso a la información. Llamadme conspiranioca. Llamadme lo que os de la gana y luego negad que, como decía Pily Barba, “Santa Clarita Diet” oculta una oda al matrimonio; o que “The Walking Dead” hace docenas de temporadas que dejó de ser una serie de zombis para convertirse en un análisis de la capacidad de violencia del ser humano. Sí, ambas populares porque dan mucho dinero, no como los libros. Y ambas permitidas porque transmiten un mensaje conservador a ultranza. Pensadlo, pensadlo.

Las editoriales independientes las fundan elementos independientes de la sociedad y en ese sentido puede que parte del futuro de la literatura de género esté en sus manos.  Porque los escritores de género deben ser independientes. Ya que te van a marginar salvo que seas un genio con suerte (todos queremos ser genios pero más nos vale asumir que la mayoría nos quedamos en lo humano y que de suerte vamos justos); ya que te van a marginar, digo, mejor hazte independiente antes. Por lo de salvar la dignidad y eso.

En cualquier caso, sigo diciendo que el futuro del género está en los autores, y como autores tenemos dos grandes obligaciones: la primera es escribir como si persiguiéramos el nobel a la calidad literaria en combinación con el premio a la popularidad más gordo que haya. Maduremos: hay que escribir muy bien y eso quiere decir —ideología en 3, 2, 1— que nuestros libros deben ser bellos, fuertes, innovadores y asequibles. Pero por si eso fuera poco, también deben ser populares. Combinar la popularidad con la calidad debe ser nuestra primera meta.

La segunda es todavía más fácil: debemos ser más listos que los demás. Debemos parecer inofensivos. Somos gente peligrosa. La gente peligrosa sólo sobrevive si no lo parece.

A su imagen y semejanza. Relato de clásico de posesiones diabólicas

FEAT-ESCRIBIRBuenos días:

Como sabeís prque os lo he contado muchas veces, además de publicar aquí, lo hago en Patreon.com.

Hoy he colgado, para mecenas de 1€ en adelante, un relato clásico de posesiones diabólicas. Recuerda que un solo euro al mes te da a derecho a leer todos los posts exclusivos y acceso a todas las descargas.

Os dejo el comienzo del relato, que no se diga que compráis a ciegas 😉


 

Paseaba entre las personas, junto a ellas, sin que le vieran: una niña de aspecto angelical que le escondía los dulces a su compañera de pupitre descubrió un nuevo modo de martirizarla cuando su sombra se cruzó con la del pequeño ser oscuro. Un hombre ya mayor no alcanzaría sobrio la jornada número cien tras respirar el aliento de la criatura. Unos y otros hallaban la manera de hacerse más pequeños, más mezquinos, más miserables. Peores.

Pero donde la oscuridad era más densa, se hizo una luz; un haz de luz blanca, sólida, que le ofendió como sólo el bien es capaz de ofender al mal. Supo entonces que, aunque lo que deseaba era reptar entre la hez de los seres vivos, le habían enviado a que apagase aquella luz infame porque mientras brillase de ese modo, el orden no sería el debido.

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Tenía nueve años, la piel blanca como la niebla, bucles dorados que enmarcaban el rostro más dulce y un par de ojos azules, casi transparentes. En el salón de actos no quedaba una silla vacía. Los nervios de los padres se hacían patentes en los destellos precipitados de sus cámaras y algunas maldiciones pronunciadas entre dientes.

Entonces se abrió el telón. En el centro aún en sombras del escenario la Sagrada Familia y varios niños disfrazados de animales esperaban su turno. En el extremo derecho, tres reyes magos aguardaban las palabras del ángel anunciador. Félix hizo una profunda reverencia de modo que los rizos rubios cayeron hacia delante y volvieron a su sitio elásticos y brillantes como en un anuncio de champú. Todas las madres contuvieron el aliento. Alzó los brazos en un gesto mesiánico y, con tono solemne, anunció:

—La puta ha parido.

Meses más tarde el padre Ricardo tuvo la oportunidad de examinar las pruebas médicas: escáneres, tacs, radiografías, ecografías, test y diagnósticos de los especialistas a los que Fátima y Luis habían llevado a su niño. Según todos ellos, era normal.

—Nos da miedo, padre.

Les había pedido que le llamaran Ricardo, pero no les salía a pesar de que a diario vestía de seglar; incluso llevaba el pelo largo por debajo de las orejas, de las que no se sentía muy orgulloso, y se permitía la inmodestia de adornarse con bufandas caras. Era su único capricho. Le gustaban tanto que siempre las mencionaba en confesión.

La primera vez que vio a Félix Eguiluz prometió no comprar una nueva ni aceptarla como regalo si el Señor le ayudaba a salvar a aquel niño. A punto estuvo de huir, pero se aferró a la cruz que usaba como llavero y de ella extrajo la fuerza para quedarse.

Debía establecer la posesión, pero no tuvo la necesidad de pedir a la criatura  que se identificara. Un texto antiguo cubrió en pocos minutos hasta el último centímetro de las paredes del cuarto. El bonito color amarillo con que estaban pintadas se ensució de caligrafía infantil. Las frases, aparecieron de la nada, como si alguien estuviese pasando una llama por el reverso de un papel escrito con zumo de limón. El niño, por su parte, hojeaba un libro mientras todo sucedía. Al sacerdote no le hicieron falta más pruebas. Rezó para sí mismo un padre nuestro y se sintió mejor cuando, de tanto apretarlo en el puño, el crucifijo le hizo sangre.

—Me quedaré con vosotros hasta que el señor se apiade de vuestro hijo. Os doy mi palabra.

Ese momento, por fin, había llegado.

Mientras esperaba que le abrieran se encomendó de nuevo a lo más alto. Sólo entonces, imbuido de una confianza ciega y  una seguridad que sólo sentía ante los peligros más graves porque sabía que Dios no abandonaba a sus hijos en la oscuridad, entró en el cuarto del muchacho. Hizo una reverencia profunda a la cruz que los padres habían colgado frente a la cama; una bonita talla de madera apenas ornamentada, sin la efigie de Cristo. Incluso así, desnuda, le sobrecogía su significado. Agradeció al Señor el sacrificio de su único hijo para la salvación de todos los hombres mientras colocaba en una mesilla todo lo necesario: un vial de agua bendita, un crucifijo de metal, también bendecido, y el libro encuadernado en piel, ya muy manoseado, en cuyas páginas siempre encontraba verdad e inspiración. Con todo dispuesto recitó la Señal de la Cruz. Oyó el murmullo de las voces de Fátima y Luis que acompañaban a la suya.

—Dios Padre omnipotente, que quiere que todos los hombres se salven, esté con ustedes.

—Y con su espíritu.

—Querido Félix —se dirigió al niño—, hemos venido aquí como vehículos de la voluntad del Señor. No temas, pues Su poder es grande y Su amor por todos Sus hijos más grande aún.

Ricardo tomó el frasco de agua y la salpicó sobre el cuerpo del chico.

Fátima esperaba que el contacto con el líquido sagrado volviese loco al demonio que vivía en su hijo, pero no fue eso lo que sucedió: en la cara blanca, demacrada pero aún bella, de Félix aparecieron verdugones rojizos. Un olor a quemado invadió la habitación y le provocó una náusea a la madre. Su marido estaba lívido, con las manos juntas bajo la barbilla y los ojos desorbitados de terror.

Apenas oyeron el pie para su respuesta.

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Ni supieron de dónde sacaban el ánimo para contestar.

—Amén.

—Queridos hermanos, supliquemos intensamente la misericordia de Dios para que, movido por la intercesión de todos los santos, atienda la invocación de su iglesia a favor de nuestro hermano Félix que sufre gravemente.

Cuando dio comienzo la lectura del Santo Evangelio, Fátima creyó que había descendido a los infiernos. La temperatura de la habitación subió tanto que los tres adultos rompieron a sudar. En poco tiempo, la estola morada del sacerdote chorreaba y la sobrepelliz parecía pesar toneladas sobre sus hombros. El pelo se le adhería a las orejas de soplillo y algunas gotas resbalaban por el filo de su nariz. Luis, ahora con los ojos cerrados, empapado, emitía un sonido gutural, sordo, que no tardaría en convertirse en un grito. Fátima quiso consolar a su marido con un gesto de amor, una leve caricia en el brazo, y recordarle que no estaban solos. Cuando devolvió su atención a la cama, no quedaba en ella ni rastro de su hijo.

Los rizos dorados de Félix estaban ahí, su rostro redondo seguía siendo hermoso, pero los ojos no eran los de su niño. No había vida allí. Al mirarlos, Fátima se sintió arrastrada por una corriente poderosa que le robaba la voluntad de respirar. La habitación se cerró sobre ella igual que un huevo perfecto mientras los labios resquebrajados de Félix sonreían en una mueca que no mostraba nada semejante a placer, sólo una curva deforme.

Muy lejos, una voz se abrió camino en la oscuridad. Hablaba de salvación, pero la palabra carecía de sentido para ella. Alguien la toco, creyó que la levantaban del suelo, aunque no recordaba haber caído.

—No sabemos orar como necesitamos, pero el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad y él mismo ruega a Dios por nosotros. Movidos por el Espíritu digamos juntos:

Entonces las palabras salieron solas de sus labios, despacio, pesadas, como si en lugar de pronunciarlas las estuviera extrayendo de la escombrera de un edificio en ruinas. Cuando llegó a la última frase —Porque Tuyo es el reino, Tuyo el Poder y la Gloria, por siempre, Señor—. Fátima lloraba de agradecimiento  y temblaba de terror. Los ojos de la serpiente se habían desprendido de los suyos para adherirse a los del padre Ricardo. Se habían vuelto más negros que la concha brillante de un escarabajo.

Luis por fin rompió a gritar. Fátima aguantó. El sacerdote se obligó a recitar de nuevo la Señal de la Cruz. Con los ojos abiertos, rogando al Señor para que le concediera la gracia de ver la pureza del alma del niño en lugar de la iniquidad inventada por el demonio.

Felix se retorcía, sinuoso como una sirena, sobre la sábana bajera. Tumbado boca abajo, apoyaba las rodillas en el colchón de modo que la cadera quedaba alzada, ofreciendo las nalgas al sacerdote. El ano se veía rosado, rodeado por un círculo de tentáculos que ondeaban como pétalos de carne.

Ricardo no notó cómo las lágrimas mojaban el manual, ni fue consciente del modo en que llevó a término el ritual. Sólo fue capaz de rezarle a Dios para que hiciera acto de presencia y expulsase de allí al monstruo de maldad que había convertido un cuerpo inocente en aquella abominación. Consciente a medias continuó hasta el final, repasó todas las fórmulas, oró con todo el fervor de su corazón y por fin se oyó pronunciar, con una voz que no era del todo suya:

—Te exorcizo, antiguo enemigo del hombre. Sal fuera de Félix, a quien Dios creó con amor. Te lo manda nuestro Señor Jesucristo, cuya humildad venció tu soberbia. Enmudece, padre de la mentira. Eso te ordena Jesucristo, Sabiduría del Padre y Esplendor de la Verdad. Retírate por la fe y la oración de la Iglesia, huye de aquí por la fuerza de la Santa Cruz. Nuestro señor te lo ordena. Él que vive y reina por los siglos de los siglos.

—Amén.

El niño yacía, desmayado, en su cama y la temperatura de la habitación volvía a ser normal, pero el sacerdote sentía frío. Los padres, obedientes, entonaban el cántico de acción de gracias con las voces tomadas por la emoción. Les acompañó. También él sentía el alma iluminada por el agradecimiento.

Recordad: el resto del relato lo encontraréis pinchando en este link.

Ombligación – Poema de terror disfrazado

FEAT-ESCRIBIRMientras escribo textos largos en magnífica prosa del siglo XXI, destinados todos ellos a ocupar los anaqueles de las librerías y bibliotecas más selectas, me asaltan emociones que no requieren más que unas pocas palabras.

Antes las dejaba en barbecho, pero engordan.

Ahora las administro por goteo.

Podéis leer aquí el poema de hoy: OMBLIGACIÓN


 

Poesía: hoy es mi día II – Poet a Porter

FEAT-ESCRIBIR

 

 

 

 

 

 

 

De lectura rápida y,

sobre todo, limpia.

Que use bien de palabras:

insondable, proceloso,

infinito, eterno, poderoso.

Que no use vagina ni vaselina.

Que entre suavecito

y se vaya cual llegó:

como un vídeo de gatitos.

Que use rimas y

Ritmos tenaces;

que abuse de términos sin

dejarnos terminales.

Que defienda la paz

la libertad en todo

menos en el verso.

Que cuente sílabas,

que se deje de cuentos

que nos incomodan.

Queremos poetas

Estilosos.

A la moda.

Poesía: hoy es mi día

FEAT-ESCRIBIR

 

 

 

 

Poesía soy yo

¿no lo ves?

Estoy viva,

respiro,

a pesar del viento helado

y de la muerte fría.

Vivo, veo, vibro.

Hoy es mi día.

También lo eres tú:

Poesía

¿no lo ves?

No importa.

No es cosa

de puplias.

Adopta a una autora: la antítesis de un relato de terror machista.

FEAT-VIVIR¿Cuántas de vosotras, cuántos de vosotros, habéis dicho alguna vez eso de que las peores enemigas de las mujeres son las mujeres?

Pocas cosas hay que me hastíen tanto como esa afirmación.

La última conversación que tuve al respecto, en Facebook, hace ya algunos meses,  terminó con el cruce de dos mensajes entre otra mujer y yo. Yo había dicho que en mi vida profesional las mujeres jamás me habían apuñalado por la espalda. Ella contestó que qué buena suerte había tenido, que su experiencia era otra muy distinta. Mi último mensaje fu: qué mala suerte has tenido, mi experiencia ha sido la que ha sido.

No, las mujeres no somos nuestro peor enemigo. Se me cae la lengua a trozos y las yemas de los dedos se me despegan de decir que las mujeres hemos sido educadas en el mismo sistema lamentablemente machista que los hombres. No tenemos más responsabilidad que ellos de vivir donde vivimos ni debemos exigir a una mujer mayor conciencia feminista que a un hombre. Eso, queridas y queridos, es machista.

¿Que nos duele más contemplar cómo una mujer obedece las reglas del heteropatriarcado este? Pues claro, que nos duele.  Pero hay que distinguir entre lo que deseamos y el reparto de responsabilidades por lo que no obtenemos. Si hombres y mujeres deben disfrutar de igualdad de oportunidades y derechos, esa igualdad hay que aplicarla a la responsabilidad de educarse en el feminismo (y al derecho a no hacerlo, ellos y ellas sabrán).

En cualquier caso, venía yo a hablar hoy de una iniciativa surgida de un grupo de mujeres que beneficia directamente a otras mujeres (y luego ya a todo el mundo): Adopta a una autora. Un proyecto que consiste en dar visibilidad a la literatura escrita por mujeres. Hombres y mujeres por igual tienen la oportunidad de sumarse a este proyecto adoptando a una autora. La adopción, que se realiza rellenando el formulario de la web, consiste en (cito el blog del proyecto): “El objetivo del proyecto Adopta una autora es dar a conocer la vida y obra de autoras pertenecientes a todas las épocas, nacionalidades, lenguas, géneros literarios y formatos de lectura. Para ello, una persona adopta a la autora de su elección para hablar de ella todo lo que pueda y más. Este proyecto es de larga duración. Estamos hablando de meses, incluso años. Hay que dedicarle tiempo, esfuerzo y muchas ganas.

Como su nombre indica, «Adopta una autora» consiste en adoptar a una escritora durante un periodo indefinido de tiempo en el que hablarás, escribirás y compartirás información sobre su vida y obra. El objetivo es promover, difundir y dar a conocer a la escritora que adoptes.

La colaboración no tendrá ningún tipo de remuneración económica.”

Es decir: hombres y mujeres (muchas mujeres por lo que he visto en la lista de autoras adoptadas, entre las que me encuentro) trabajan gratis para beneficio de otras mujeres.

Habrá quien diga que sí, pero que esto no invalida todas esas experiencias propias en las que horribles mujeres de la especie trepa han apuñalado por la espalda a otras mujeres en entornos laborales. Me da una pereza increíble hablaros de que eso no es una cuestión de ser o no malas mujeres, sino una pura cuestión de cultura del trabajo. A ver si ahora los peores enemigos de los hombres van a ser los hombres trepas. No: los peores enemigos de los trabajadores no son los otros trabajadores.

Claro, que es lunes.

Centrémonos. Para colaborar con esta autora en particular (donde colaborar significa ayudarla a que siga escribiendo), puedes dirigirte aquí.

Cuando comencé a escribir: mi primer relato publicado sí que era de terror

FEAT-ESCRIBIR

He pensado que sería buena idea hacer un poco de historia. Lo he pensado, claro, porque me encuentro en un momento tumultuoso y melancólico -pero positivo-. Así que os contaré mi primera experiencia en el mundo literario que, para ser honesta, ni siquiera tuvo lugar en lo que los adultos llamamos, haciendo un soberano alarde de estupidez, mundo real.

Publicaron mi relato FRÍO, GRIS. FRÍO AZUL. FRÍO en el primer suplemento literario de la revista “Noticias Deusto”. Sí, la fotografía que ilustra este post corresponde a la portada de aquel número de 1996. Se trata de una historia de dolor -de mi dolor-, de alguien que detestaba su vida a todos los niveles: odiaba a mi familia, odiaba la universidad, odiaba el mundo y me odiaba a mí.

No está mal haber vivido 20 años más para poder contarlo, aunque sea con un nudo en el estómago.

En cualquier caso, estos días he recuperado aquellos escritos y algunos otros: relatos premiados en concursos, dos ejemplares de una revista barra fancine barra madre mía qué ingenuidad la nuestra, de la que editamos dos números. Tengo mcuhas ganas de compartirla con vosotros. El segundo hasta tiene publicidad y el precio escrito a mano: 200 pesetas. Entonces no eran antiguas. Eran pesetazas.

¿Que por qué lo publico ahora? Pues porque no estaba mal escrito aunque la versión presente se ha editado ligeramente para corregir la profusión de “eras” y “estabas”; pero sobre todo porque la temática no ha variado demasiado: sigo escribiendo sobre personas que sufren y sobre familias rotas. A veces salen vampiros, a veces salen fantasmas y a veces naves espaciales.

Y esto no es más que la demostración de que no hay ninguna diferencia entre esos escritores serios a los que les dan escaparates y premios millonarios y nosotros, los escritores igualmente serios que tenemos que defender que las invasiones extraterrestres y los hombres lobo merecen tanto respeto como un señor de nombre Ulises. Como cualquier señor llamado Ulises.

Si Cervantes levantase la cabeza…

Pero no la va a levantar, así que os dejo con mi cuento, con el cuento de una yo de 22 años.

Disfrutad y sed piadosos. Ambas cosas son gratis.

UD BERRIAK