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A Virginia le gustaba Vita, de Pilar Bellver. El terror es saber que que yo no escribo así.

FEAT-LEERA veces voy caminando hasta casa. Cuando el día ha sido largo porque en la oficina se me ha llenado la cabeza de mantícoras o de ladrillos (dependiendo del día ambas cosas pueden ser la misma), cuando hace bueno, cuando llevo calzado cómodo, cuando no sé bien qué hacer o cuando todas las anteriores. De camino paso por delante de Traficantes de Sueños, una librería del barrio de La Latina, aquí, en Madrid.

Los que no me conocéis debéis saber que las puertas que nunca he cruzado se me atragantan. Uno de mis miedos primigenios, el de hacer el ridículo o que me encuentren donde no debo estar, me lleva a perderme algunas cosas (cada vez menos). De modo que no me había atrevido a entrar en esta librería hasta el lunes. Lo hice porque me paré ante su escaparate y vi unos libros de esos que te llaman a hojearlos: La Sra. Le Guin, China Mieville, ambos en la misma antología…  me quité los cascos, guardé el móvil y entré.

Olía bien. Me encantan las librerías que huelen a librerías. En la primera sala las estanterías estaban rotuladas con palabras tan chulas como: literatura africana o feminismos. De la puerta que lleva a la sala trasera, donde no dejaba de sonar el teléfono y además había unas preciosas vistas al almacén (que es como tener vistas a la cocina de un hotel y por eso da hambre), colgaba un cartel que decía que “Aquí hablamos poesía”. A mí, que ando muy centrada en observar poetas últimamente, me sentó como una invitación; una de esas sorpresas agradables, un mensaje cifrado solo para iniciados.  No se me escapa que estoy hablando de un folio en blanco impreso en una multifunción barata. Pero es que cada uno lee lo que se le antoja.

Siempre me desoriento en las librerías que visito por primera vez. Cada una tiene su manera de ordenarse y hasta que no identifico la localización de lo que busco no me siento cómoda. A cambio encuentro cosas y por tanto leo cosas que de otra manera no encontraría (las zonas de confort son oscuras y solo albergan horrores domésticos). Mientras me orientaba en Traficantes de Sueños dos hombres cruzaron la tienda, desde la calle al patio interior, llevando sendas bicicletas. Yo, que últimamente veo muchas cosas raras en muchos sitios normales, saludé a ambos. Como me devolvieron el saludo deduje que eran de verdad. Una nunca sabe.

Volví a la sala delantera y examiné la mesa de novedades o destacados o lo que sea y allí me encontré esto:

virginia vita

Leí las dos primeras frases: “Acabamos de estar juntas y me pongo a escribirte con la cabeza llena de mis ruidos habituales (ya te dije que oigo voces y que estoy loca) y ahora, además, de mariposas tuyas, nacidas en mí de tus gusanos, metidas en mí a través de tu boca. Tanto aleteo me aturde, tanto deseo gritando me ensordece la razón.”

No tendría que explicar más, pero la fascinación, el reconocimiento, un sentimiento de familiaridad, de identidad, de lo que sea, me obligan a explicar más. Como si al añadir algunas palabras propias me hiciera un poco partícipe de la novela.

El título lo dice todo: A Virginia le gustaba Vita. Y ya está. En serio, no dicen nada más las páginas interiores que eso: me gustas, te amo, te quiero, te deseo. Y las respuestas: te deseo, te quiero, te amo, me gustas. Sin embargo lo dicen bonito, lo dicen bien, con una elegancia, una delicadeza, una pasión, un exponerse, un escudarse en la honestidad, que yo recuerdo haber practicado solo una vez.

Y eso es lo que me fascina y en eso me reconozco: en el uso de las palabras (no del lenguaje, sino de las palabras; no de las fórmulas, ni de los recursos, ni de las imágenes, ni de las metáforas; sino de las palabras). Palabras de verdad que sirven para mantener lejos el daño, el dolor. Palabras que dejan los corazones abiertos en dos para que no pueda venir nadie más a seccionarlos. Porque ¿qué interés tiene mutilar a un mutilado?

En esta correspondencia novelada se ve (se ve, con los ojos y con la piel y con la mente y con todo lo que sirve para ver) a dos mujeres que compiten para ver quién ama más, quien desea más, quién es más débil y por tanto más fuerte. Dos mujeres que hablan de amor y de fragilidad y de fortaleza con una belleza heladora, con elegancia y con fuerza.

A la que no se ve es a la autora, a Pilar Bellver, que así se hace grande y a quien a partir de ahora seguiré, por si me encuentro más joyas.

Estas semanas estoy leyendo mucho. Estoy leyendo a autores esforzados cuyo dominio de la herramienta básica, el lenguaje, no termina de encajar. Leo novelas y relatos que dan un nuevo significado al término alambicado. Estos no me molestan porque, mejor o peor, se toman su tiempo en tratar de hacer las cosas bien. Existe una intención estética en su trabajo. Respetan su trabajo. Tampoco me subo por las paredes cuando me encuentro errores tipográficos, erratas o alguna falta de ortografía. Todos somos humanos. Los que me enfadan son los otros, los que escriben sin el menor respeto a las palabras. Los que colocan una detrás de otra sin ton ni son al servicio de una historia sin peso, sin atractivo alguno.

Las palabras no son sagradas, líbreme yo misma de decir algo así. Sin embargo tienen significado y un peso, una entidad diferente dependiendo de qué otras palabras las rodeen. Las mismas palabras sirven para llamar feo o guapo a un hombre; inteligente o imbécil a una mujer. Una rosa es una rosa, sí; pero dependiendo de con qué palabras designes a esa rosa la convertirás en una cosa o en otra. Ese es el poder de las palabras. Un poder que no debería malbaratarse.

Vosotros, que escribís con el mismo mimo con el que sacáis la basura, leed esta novela de Pilar Bellver. La buena literatura, a veces, es contagiosa. Quién sabe si tendréis suerte.

 

Flores para Algernon: ¿Por qué lo llaman ciencia ficción cuando quieren decir realidad y terror?

FEAT-LEERDaniel Keyes ganó un premio Hugo por el relato original y un Nébula por la novela a la que dio lugar. Ambos merecidos. Pero antes de eso trabajó como marino mercante, luego se graduó en sicología y de paso decidió dedicarse a editar ficción con Marvel Science Fiction. Se trata de un escritor muy poco prolífico (apenas cuatro novelas incluyendo esta) especialmente interesado en la complejidad de la mente humana. Y por eso me gusta.

En Flores para Algernon cuenta la historia de Charlie Gordon, un hombre de treinta y dos años con una discapacidad intelectual severa cuya inteligencia se ve triplicada en un periodo muy breve de tiempo gracias (o por culpa de) a un experimento científico. Por supuesto, la tesis de la que parte el experimento no es del todo correcta y Charlie descubre, en el pico de su inteligencia, que volverá a su estado primitivo tan rápido como lo abandonó. Nos encontramos por tanto ante un viaje del héroe de ida y vuelta con un final poco halagüeño. Si visteis Despertares y os hizo polvo, ya sabéis lo que os espera.

También es la historia de Algernon, un ratón de laboratorio que pasa por la misma experiencia que Charlie. Un ratón muy inteligente que en cierto momento se retrae, se castiga y, finalmente, de un modo consciente y doloroso, aprende que perderá la inteligencia que le hace tan especial. Los ratones de ese laboratorio son incinerados tras su muerte; sin embargo Charlie, como sabe que no existe ninguna diferencia entre la rata y él, pide poder enterrarlo. también le lleva flores a la tumba. De ahí el título.

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¿Es una buena novela?

Sí: Es una novela inteligente, atractiva, de lectura rápida que solo ha envejecido en cuanto al método científico y en cuanto a la actualidad inmediata; en las páginas se respira cierto ambiente a lo Mad Men. Por lo demás, se puede leer sin notar los casi 80 años que han transcurrido desde que se escribió.

En cuanto a cómo está escrita, como el narrador siempre es Charlie Gordon, que cuenta su propia historia a través de unos “informes de progresos” que escribe él mismo, el mayor esfuerzo del autor es hacer que la evolución del lenguaje del protagonista refleje la evolución de su inteligencia tanto de subida como de bajada. También es su mayor logro. En toda la primera mitad, Keyes se las apaña muy bien para mantener un lenguaje adecuado sin abusar de la emoción. Habla una persona con una discapacidad intelectual grande que no sabe identificar sus sentimientos pero que, en cambio, los describe a la perfección. Y el lector se da cuenta, sin necesidad de florituras, de lo lejos que está Charlie de percibir la realidad en toda su crudeza, con lo que la carga emocional es máxima. Esto se pierde en la segunda parte, donde los informes son más precisos, más intelectuales, y el protagonista menos simpático.

¿Error del autor? No. Efecto buscado. Uno de los temas del libro es la pérdida de la inocencia. Igual que Adán y Eva pierden la suya al comer del árbol de la ciencia, Charlie deja atrás al ser humano confiado y encantador que siempre fue cuando se convierte en una persona inteligente. Charlie, que deseaba ser listo para que todos le quisieran, para que su madre le tratara con el mismo cariño con que lo hacía antes del nacimiento de su hermana pequeña, se encuentra con que su inteligencia asusta a quienes de todos modos nunc habían sido sus amigos y hace sentirse inferiores incluso a los científicos que se la procuraron.

Otro de los grandes temas es, por supuesto, el maltrato a los discapacitados, que no se ve desde un solo punto de vista. A lo largo de su vida Charlie se ha encontrado con personas crueles, como sus compañeros de trabajo o su madre; pero también con personas que lo querían y lo trataban con compasión. En este último caso siempre desde una posición de superioridad y paternalismo (su padre, por ejemplo). Los profesores que lo tratan ni siquiera consideran que fuera un ser humano antes de volverse inteligente y esto frustra a Charlie más que ninguna otra cosa. Pero él mismo asiste al maltrato de otro hombre discapacitado y participa en él en cierto punto de la segunda parte de la novela, como si el autor pensara que es imposible sustraerse a determinadas emociones que determinan ciertas acciones.

Y es que las emociones son otra piedra de toque de la novela. Más concretamente la disociación entre el intelecto y la emoción. Charlie vive desconectado bien de la emoción o bien del intelecto. Quizá sea esta parte la más difícil de asumir como lector; sin embargo está bien manejada. El Charlie inteligente no consigue empatizar con nadie, ni siquiera con él mismo, hasta el punto de que cree ver a su antiguo yo acechándole en las sombras. Las relaciones que establece con el resto de personajes son fascinantes por esto mismo, por el grado de conciencia que les aplica, por la poca naturalidad.

Leedla. Merece la pena visitar estos clásicos que los grandes críticos nunca colocan en las estanterías. Y ya si eso, pues me contáis J

Cuidado con 36, de Nieves Delgado. Es una novela peligrosa.

FEAT-LEEREn mi último post hablaba de la iniciativa “Adopta una autora” y decía que soy una de las autoras adoptadas. Bien, la persona que me ha adoptado es precisamente Nieves Delgado, la autora de la novela sobre la que estás a punto de leer mi opinión.

Es una opinión positiva.

Cuando compré la novela Nieves y yo bromeamos sobre que si me gustaba quedaría raro que hiciera una reseña. Por lo de la endogamia y lo de atusarnos mucho el pelo la una a la otra.Pero es que pasa una cosa. Nieves y yo no somos amigas. No somos leales la una a la otra, ni nos queremos, ni obtenemos ningún beneficio económico o emocional por decir lo que opinamos sobre la obra de la otra, sea esto bueno o malo. Ella ha decidido darle visibilidad a mi trabajo mediante mi “adopción” y yo me he leído su novela y me ha gustado.

Si no lo dijera porque “queda raro” estaría mintiendo por pasiva, que es como mentir por activa pero se ve menos. Y además estaría haciendo una cosa fea, fea, fea: estaría tratando a Nieves peor que Pérez Reverte, de quien sólo sé lo que he leído y al que reseño cuando coincide que me tropiezo con alguna novela suya. Por ejemplo, El tango de la guardia vieja.

No sé cómo están los mundos para que tenga que callarme una opinión positiva porque pueda quedar nepotista. Una opinión sincera, coño.

Bueno, sí que sé cómo están. Lo dice en 36.

36 parece una novela, pero no estoy segura de que lo sea.

Cuando la abres, tiene pinta de novela sí. Y la conserva durante algunas páginas. Hasta que una se da cuenta de que en realidad se trata de un empleo para dummies del método socrático. Creo que Editorial Cerbero la ha publicado en la colección Wyser porque salen robots, pero se parece más a una historia de terror. También se parece mucho a la vida, así que podría ser una novela de docuficción.

36 pasa brevemente por encima de la historia de una IA (Inteligencia Artificial), la que hace el número 36, pero cuenta una fea historia acerca del ser humano.  Disecciona aspectos básicos de la naturaleza humana y llega a algunas conclusiones a las que yo había llegado previamente. Como se trata de un bolsilibro no puedo decir qué conclusiones son esas porque entraría en el proceloso y dañino mundo del spoiler.

36

Sí que puedo decir, aunque no sea buena publicidad esta para un libro, que no es una obra para todos los públicos. Os cuento mi proceso lector: para empezar, yo creía que iba a leer una novela al uso, así que me he puesto a leer una novela. Eso ha tenido como consecuencia que no disfrutara del primer tercio. Porque está narrada con una prosa precisa, no diré que técnica pero sí muy pensada, carente de emoción. Si habéis leído más reseñas mías –opiniones en realidad– sabréis cuánto valoro la emoción en las historias que leo.

Una vez asumido que el libro no iba dirigido a mis entrañas sino a mis neuronas, las he puesto a funcionar a pleno rendimiento. Eso me ha hecho ponerme alerta de varios defectos menores de la obra que no tienen por qué parecerles defectos a todo el mundo. El primero es que veo, en la aplicación del método de la pregunta y la respuesta, un reflejo muy evidente del modo en que la autora se comporta, cuando le apetece, en redes sociales. He leído a Nieves en directo cuando da explicaciones, cuando confronta al interlocutor con sus propios prejuicios y lo hace igual que 36. Repito, cuando le apetece, que es muy suya Nieves para lo de educar gratis. Eso me ha sacado de la historia. No le pasará a quienes no lean su muro de Facebook. Darme cuenta de esto me ha llevado a su vez a preguntarme si más que una novela no sería un vehículo de opinión. Eso no me ha gustado mucho, es de hecho el segundo defecto de mi lista. No me gusta que me adoctrinen. Pero mi reacción natural, que ha sido cuestionar a 36 y sus conclusiones, me ha demostrado que son cuestionables, que muchas de ellas no quedan resueltas en la novela de manera tajante. Así que, bueno, me he reconciliado.

Quizá lo menos bueno de la novela sea el desequilibrio estructural. Para llegar adonde Nieves ha querido llegar (y llegado) eran necesarios al menos dos puntos de vista: el del robot y el de la raza humana. El punto de vista del robot está muy bien resuelto. El elemento mejor utilizado es sin duda esa prosa fría capaz de apuñalar un corazón sin que salpique la sangre. Ayuda mucho que la novela huya como del diablo de la emoción. Ojo a lo que digo ahora porque lo digo yo, la que valora los textos emocionantes y eso: haber dado a esta novela una sola pincelada de lo que comúnmente llamamos sentimientos habría sido TRAMPA, habría sido sobreactuar y habría sido un fracaso.

Dicho esto vuelvo a lo del desequilibrio estructural: tres cuartas partes de la novela nos ponen en el sintético pellejo de 36 y solo una cuarta parte se dedica a explicar la reacción de TODA la especie humana. Es verdad que a la autora no le hace falta más (a esta lectora tampoco), pero disfrutar la novela tal cual está requiere un ejercicio intelectual que no está al alcance de cualquier lector. No es que el final sea apresurado, es que el proceso para llegar a él, por mucho que sea el único final posible, requiere de una gran capacidad para el razonamiento rápido. Y la cuestión es que Nieves Delgado está hablando de cosas muy gordas, muy peludas y con mucho peso. Yo habría agradecido un poco más de tiempo entre el segundo plato y el postre. Ahora me he comido los tres platos pero tengo un poco de empacho.

Podéis apalearme por mi inexistente humildad mientras regreso a lo de que no es una novela para todos los públicos.

No lo es porque requiere conocimientos previos; sobre todo de uno mismo, de los prejuicios que cada uno acarrea. Quien no sepa eso de sí mismo no podrá disfrutar de los matices de 36. No podrá encontrar la emoción maldita, que no está escondida entre las páginas de la novela, sino en la capacidad de ver del lector. Pero no basta con ver. Para leer 36 hasta el fondo hay que hacer otro ejercicio, de honestidad esta vez. Porque de otra manera se haría una lectura intelectual y fría. Y no merece esto un texto que te está preguntando si sabes quién eres. Si de verdad sabes quién eres.

Yo desayuno a menudo después de lavarme la cara y el existencialismo. Lo paso mal porque cada dos o tres días pienso que es que no, que la vida no, que esto, sentido, lo que viene a ser sentido… Vamos, que no. Pero bueno, me froto con jabón y voy tirando. 36 ha sido, para mí, como levantarme de la cama. Ahora toca frotarme bien. Con exfoliante. Para que se me pase el mal rollo.

Como diría una amiga mía, es esta una novela incómoda porque apela a la verdad del lector y no a la verdad escrita en sus páginas.

Y por eso los lectores incautos y los lectores inexpertos quizá se lleven una sorpresa desagradable. Todos los demás la disfrutarán y la guardarán en el sitio donde se guardan las verdades. Ahí la he puesto yo.

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FEAT-LEER

 

 

 

 

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Editorial Cerbero, colección Wyser

FEAT-LEER

He querido reposar unos días antes de acometer la labor, complicada, de opinar sobre las tres primeras obras publicadas por Editorial Cerbero. No soy dada a la paciencia o la paciencia no me fue dada, como prefiráis; pero en este caso se imponía un periodo de reflexión. Os preguntaréis (o no) que por qué. En fin, pues los motivos son varios.

1.- Aprecio al editor

Le conozco a través de las redes sociales (y ahora a través de un par de somnolientas cañas) y le aprecio, me cae bien, quiero que las cosas le vayan bien y quiero hablar bien de lo que hace. Eso, así, a priori, compromete la objetividad y la credibilidad de todo lo que está escrito más abajo. Pero es cierto y ha pesado en este post, que no en mi opinión. Ha pesado en el tono y en la carga de tintas.

2.- Son tres novelas

Y aunque las tres novelas me han gustado me he sentido un poco traidora por haber disfrutado más con unas que con otras. Para empezar, me consta que las comparaciones son odiosas, pero es que los tres libros se han publicado a la vez, los he leído seguidos y, bueno, el respeto por el formato del editor es lo que tiene. Si fueran trillizos a nadie le sorprendería que se dijera de ellos: mira, este es el más guapo, este el más gracioso, este el más movido. Pues aquí igual. Y no me hace mucha gracia este constreñimiento en parte autoimpuesto y en parte inevitable, pero es que no veo otra manera de hacerlo: tres CiFis de la misma editorial que ven la luz a la vez; en serio, son trillizos.

3.- Son tres buenas novelas

Y yo no soy mala lectora pero soy una pésima reseñadora. Me pasa con los libros como con el vino: será más o menos caro pero a mí, o me gusta o no me gusta. Bueno, miento, se me dan mejor los libros que el vino. La verdad es que me pones un tanino delante y podría confundirlo con un tanano sin mayor sonrojo. Con lo que está escrito me pasa que algo sí entiendo y distingo, por tanto, lo bueno de lo malo. Así, sin sonrojarme tampoco. A pesar de ello, allá por la postadolescencia llegué conmigo al acuerdo de que me daba permiso para disfrutar cosas de mala calidad. Ninguna de estas tres novelas es de mala calidad, pero reconozco que algunas me han emocionado más que otras y yo… en fin, si me emocionas te querré para siempre. Así que de ese pie cojeo, sabedlo.

Dicho esto, dejo aquí un aviso a navegantes: digan lo que digan los críticos, sean los críticos de la talla que sean, una novela no es una novela. Existe una para cada lector y cada lector la leerá, la entenderá y la disfrutará en mayor o menor medida teniendo en cuenta docenas de variables. Todas esas variables no pertenecen tanto al espacio de la obra como al espacio del lector y por eso no hay reseña infalible ni cien por cien fiable. Salvo en lo que se refiere a las críticas técnicas del señor J. Evans Pritchard, necesarias pero insuficientes.

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YABARÍ, de Lola Robles

Yabarí es un siete o un siete y medio. Un notable alto.

Se trata de la historia de una periodista terrestre que viaja hasta Yabarí, un planeta lejano que está siendo explotado para la extracción de algo llamado bentá. No tengo ni idea de lo que es esa bentá ni para qué sirve, ni falta que me hace. A estas alturas no estoy cerca del libro y no sé ni si lleva tilde, pero tampoco importa mucho. El elemento en sí es preciado, es deseado, reporta pingues beneficios y por su causa el planeta en el que se da está sufriendo un terrible expolio y sus habitantes siendo esclavizados o muertos.

En realidad la novela toca varios temas de candente actualidad: la explotación de unas civilizaciones por otras, el expolio del planeta, la desinformación, las relaciones no amorosas entre hombres y mujeres. Todo ello envuelto en una trama simple, lineal, de acción ligera. Es una historia entretenida de leer que roza demasiados palos para mi gusto, sin ahondar de verdad en ninguno de ellos.

No he dicho más arriba que Cerbero publica novela breve, pero esto es determinante. Al menos lo es para Yabarí, que se asfixia en la falta de espacio, en la falta de palabras. Si hay que ponerle un pero es ese: por culpa de la extensión no hay un desarrollo real de la trama. La premisa inicial es que la periodista viaja a ese planeta para descubrir la verdad, pero la verdad es revelada en las primeras páginas. La protagonista por tanto no tiene espacio para la desconfianza ni para el descubrimiento real. El lector tampoco.

Una pena, porque Lola Robles escribe que da gusto. Escribe, describe y crea. Es una buena creadora, Lola, de paisajes, de escenarios, de atmósferas. Maneja el lenguaje con soltura, sin caer en el extremo de la floritura ni en el opuesto, el del prosismo. Hay que darle a Israel Alonso (el can que da nombre a la editorial, que no deja pasar a los malos, parece ser) una pequeña insignia de Boy Scout porque ha escogido a tres autores que se desempeñan muy bien en esto de no abusar del vocabulario. Lola quizá sea la de la imagen más rica, la escena más vistosa en la que se introducen elementos domésticos de la manera más natural.

Creo que debe de ser una buena escritora de relaciones. Y lo creo porque intuyo en Yabarí –maldita limitación de espacio que no me deja confirmarlo- que sus personajes son sólidos, están bien pensados. Muriel la del apellido impronunciable es así. Y el dodimi ligoncete (parafraseando a la autora), también. Así que me apunto a Lola para mi lista de lecturas inmediatas. Yabarí garantiza eso: ganas de más Lola Robles.

RUBICON, de Juan González Mesa

Yo soy fan de Juan. A estas alturas él lo sabe y lo sabe cualquiera que me conozca. Me gustan sus personajes duros por fuera y blandos por dentro, con eso que llamamos blandura pero en realidad son sentimientos. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos.

Ocho y medio, casi nueve para Rubicón.

La historia es aparentemente simple, también. En un momento en el que la población terrestre en su totalidad debe emigrar a Marte un oficial hasta los huevos de matar gente indiscriminadamente en aras de un futuro mejor decide que ya vale, que lo que hay que hacer es salvar a los grandes depredadores terrestres y llevarlos también al Planeta Rojo. Y ya.

Vale, luego se descubren cosas. Pero es que la novela es tan corta que si digo algo más lo habré dicho todo. Así que vayamos a los pros y los contras y recordemos que yo, Alicia, soy muy fan de Juan y de esos personajes a cuyo grupo pertenece el protagonista.

No es el primer personaje de Juan que se dedica a tirar para adelante por encima de todas las cosas. Un tío roto por dentro al que se le van las grietas por fuera y cuya debilidad nace precisamente de esa dureza externa que también es su fortaleza porque no es sino el reflejo de unos principios sólidos y una moral férrea. Pueden ser unos principios y una moral con los que no estemos de acuerdo, eso depende del gusto del consumidor. Es el mayor atractivo de Rubicón, este protagonista, pero no el único.

El giro del final, del que no puedo hablar, es de los mejores que le he leído últimamente, la acción es trepidante, los secundarios están tan bien dibujados que casi se les ven las mellas en los dientes. Sin embargo, aunque plantea sus conflictos de manera precisa y efectiva, aunque todo está donde debe estar, a nivel emocional cojea. Allí donde Lola Robles se intuye brillante, Juan se queda un poco corto. No termino de creerme la relación entre los dos protagonistas ni veo la de las dos mujeres de la nave. Y es verdad que emplea demasiado espacio para justificar la acción de un secundario. Pero es que es uno de esos personajes de Juan. Creo que los dibuja con facilidad, que se los cree y que se enamora un poco de ellos. Es difícil cortarle un brazo (o una página), a alguien de quien te has enamorado.

Con cada nueva obra de Juan, por otra parte, asisto encantada a la depuración de su estilo, a una evolución en la manera de decir las cosas y a una pléyade de metáforas e imágenes. Es bueno, Juan. Tengo la sospecha de que necesita salir de su zona de confort, pero eso es cosa mía.

En cuanto a Rubicón, juega con la verdad, con las expectativas del lector y con el suspense. Unos malabares complejos pero bien resueltos. Es decir, la trama que parece la principal se solventa a mitad de la novela y luego ¡zas! Llega lo bueno. Y lo bueno es muy bueno. Yo no me la perdía.

LOS PRÍNCIPES DE MADERA, de Daniel Pérez Navarro

O la nueva niña de mis ojos.

Y aquí es donde debéis aplicar con mayor rigor el filtro de que cualquier crítica es producto del lector que la emite. Leí la novela con una angustia creciente y la terminé con ansiedad. Nada de alivio, nada de tensión liberada. Y es que Los príncipes de madera habla de lo que más me gusta hablar a mí: de la identidad, del lugar de dónde venimos, de a dónde vamos, de si el origen de los seres vivos determina su valor absoluto. Y luego está la música, claro.

En fin, que me desvío de nuevo.

Un nueve y medio para Los Príncipes de madera.

Que es la historia de un grupo de adolescentes genéticamente modificados para ser los mejores en su trabajo. Dicho trabajo consiste en hacer más sencilla y eficiente la extracción de otra de esas cosas cuyo nombre no recuerdo (me pasa como a los cornudos con las excusas de los corneadores, que una excusa la puedes vestir de seda cuanto se te antoje pero excusa se queda). Sólo que aquí hay gato encerrado y ni Schrodinger sabría decir si es un gato vivo, muerto, las dos cosas o ninguna. Misterio, existencialismo y la más bella prosa que yo haya leído en los últimos tiempos se conjugan aquí. Podría ser más comedida, pero no sería sincera.

Estamos hablando de un libro intenso, bello, equilibrado, bien estructurado, que no deja ningún hilo suelto, que mantiene el interés, que incorpora música y ciencia a partes iguales, que imagino que no gustará a todos por igual porque está lleno de emociones contradictorias contadas con una aparente frialdad que te deja necesitando una manta y un chocolate caliente. Una novela que plantea interrogantes que no puede resolver, que no debe resolver. Una novela romántica como Mary Shelley, innovadora como Star Treck y poética como Silvia Plath.

Como decía el otro día en una conversación privada, Israel Alonso, el hombre detrás de Editorial Cerbero, ha hecho tres buenas elecciones para inaugurar su catálogo. También ha hecho un buen trabajo de estrategia: tres novelas cortas cada tres meses, un bonito diseño, una maquetación cuidada, una buena atención al cliente, un gran precio. Yo le deseo todos los éxitos. Y que me descubra más autores.

Y ahora, en Marzo, llegan tres nuevas novelas. Estad atentos, algo me dice que merecerán la pena.

 

Acción-reacción-maldición. Somero análisis de las maldiciones y la manera de romperlas en los cuentos de hadas.

FEAT-LEERLeo estos días a Gaiman. Algunas de sus cosas empiezan a gustarme más que hace unos meses, pero no creo que me convierta al fandom absoluto. Lo que sí me resulta evidente es que mi gaimanización da extraños frutos. Y no me refiero únicamente al cuento de ayer, en el que el narrador era un día de la semana.

Hoy, en Stardust, me he encontrado con un príncipe encantado convertido en búho cuya maldición se rompería al comerse a otro príncipe encantado transformado en ratón de campo cuya maldición se rompería una vez se comiera la avellana de la sabiduría. O un sugus, da igual. Con tanto encantamiento y tanto trabajo para romperlos, me he preguntado si no les saldría más a cuenta a las criaturas encantadas hacerse a las maldiciones, aceptarlas, vivir con ellas de la mejor manera posible.

Al fin y al cabo ¿qué es una maldición? Pues ni más ni menos que una consecuencia. El príncipe o la princesa incumplen una norma, le tocan las narices a un troll o a una bruja, ceden a una pulsión que deberían controlar  y ¡zas! ¡rana! ¡zas! ¡espantapájaros!¡zas! ¡cerdos! (esto último solo vale para padres de niñas japonesas llamadas Chihiro). Podría alegarse aquí que las víctimas de maldiciones, a veces, no saben que están incumpliendo una norma. No es por jorobar, pero la legislación española dice que la ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento y no veo a nadie haciéndose de cruces. Podría alegarse también que los castigos parecen aleatorios y que por lo tanto no hay justicia en su aplicación, aunque en realidad esto no es cierto. Las brujas y los trolls que no condenan a muerte, suelen condenar a largos encierros o a transformaciones. Además, si vamos a eso, y teniendo en cuenta que nadie ha vuelto de la muerte para declarar que estoy equivocada, la muerte no deja de ser una transformación.

Así que, tenemos un acto y una consecuencia para el acto. Metedura de pata ergo maldición. O sea que el efecto inmediato de que hayas hecho algo inaceptable es que cambias. Francamente, no veo el problema. ¿O es que no es eso lo que sucede en la vida real? Pulsas el interruptor y se enciende la luz, luego ves. Insultas a alguien, te devuelve el insulto y eres un poco más pobre y un poco más pequeño. Cometes una indignidad y tu alma se encoge como una pasa.

Oscar Wilde lo tenía muy claro y nos colocó El Retrato de Dorian Grey, que no es más que una venda previa a la herida: seré malo, pero ya tengo el antídoto para el castigo que me impondrán; este cuadro tan sufrido en el que se van reflejando mis monstruosidades. Nadie se queja en este caso de que al quemarse el cuadro muera el infractor. Al fin y al cabo el hombre venía evitando las consecuencias de sus actos ya de antiguo.

Pero aparece una bruja, aparece un troll, que da a los culpables su merecido y el mundo mágico se vuelve del revés: comienzan las pruebas hercúleas, los sacrificios, las búsquedas de curas y remedios. A mí me parece un desperdicio de esfuerzo, la verdad. Es imposible que nuestras propias acciones nos dejen sin mácula. Igual que hacer el bien nos eleva, hacer el mal nos degrada. Como adultos –y también como niños aunque quizá en medida diferente- debemos aceptar las transformaciones a las que nosotros mismos nos sometemos.

Diréis, porque sois listos, que los infractores de los cuentos regresan a sus formas humanas transformados, mejorados por el castigo. Diréis que han aprendido algo. Diréis que no repetirán sus acciones y que por tanto está bien que se les restaure una versión 2.0 de su personalidad previa. Puede ser. Puede que en esto, como en muchas otras cosas, se me vaya la mano; pero ¿por qué tiene uno que recuperar su identidad anterior mejorada? ¿Por qué no se asume que la identidad no es inmutable? ¿Es menos él mismo el búho que se come al ratón, que se come la avellana, por tener plumas? No, tío, búho, eres tú.

El problema no es que los infractores sean perdonados. El perdón es básico para la supervivencia. El problema es que muchos de los príncipes cisne del mundo no buscan deshacer los efectos que sus actos tuvieron en terceras personas, sino solo los que tuvieron sobre sus vidas. En los peores casos, además, ni siquiera son ellos quienes hacen el trabajo sucio: encuentran hermanas, padres, otros príncipes, ayudantes mágicos varios que les sacan las castañas del fuego a mayor gloria de la redención.

No sé a vosotros, pero a mí eso me parece mucho morro.

Mucho morro.

 

 

Pasteles de bebé – Neil Gaiman

FEAT-LEER

Hace unos años todos los animales se fueron.

Nos despertamos una mañana y ya no estaba allí. Ni siquiera nos dejaron una nota o nos dijeron adiós. Nunca acabamos de entender adónde se habían ido.

Los echábamos de menos.

Algunos pensamos que el mundo se había acabado, pero no era así.

Sencillamente, no había más animales. Ni gatos ni conejos, ni perros ni ballenas, ni peces en los mares ni aves en los cielos.

Estábamos completamente solos.

No sabíamos qué hacer.

Vagamos perdidos un tiempo y entonces alguien señaló que, solo porque ya no había animales, no teníamos por qué cambiar nuestras vidas. No teníamos por qué cambiar nuestras dietas o dejar de poner a prueba productos que podrían hacernos daño.

Después de todo, aún quedaban los bebés.

Los bebés no saben hablar. Apenas se pueden mover. Un bebé no es una criatura racional y pensante.

Hicimos bebés.

Y los usamos.

Algunos nos los comimos. La carne de bebé es tierna y suculenta.

Los despellejamos y nos decoramos con su piel. El cuero de bebé es suave y cómodo.

Con otros hicimos pruebas.

Les sujetamos los ojos abiertos con cinta adhesiva y vertimos detergentes y champús dentro, de gota en gota.

Los cubrimos de cicatrices y los escaldamos. Los quemamos. Los sujetamos con abrazaderas y colocamos electrodos en sus cerebros. Hicimos injertos y los congelamos e irradiamos.

Los bebés respiraban nuestro humo y en sus venas corrían nuestras medicinas y drogas, hasta que dejaban de respirar o hasta que la sangre les dejaba de correr.

Fue duro, desde luego, pero era necesario.

Nadie podía negarlo.

Si habían desaparecido los animales ¿qué otra cosa podríamos hacer?

Algunas personas se quejaron, por supuesto. Pero la verdad es que siempre lo hacen.

Así que todo volvió a la normalidad.

Pero…

Ayer, todos los bebés habían desaparecido.

No sabemos adónde se fueron. Ni siquiera los vimos marcharse.

No sabemos qué vamos a hacer sin ellos.

Pero ya se nos cocurrirá algo. Los seres humanos son listos. Es lo que nos hace superiores a los animales y a los bebés.

Ya encontraremos una solución.

Neil Gaiman

De Humo y Espejos

Limpieza de otoño

FEAT-LEERLa ignorancia tiene sus recompensas.

Por ejemplo, si ignorabas que una antología de Silvina Ocampo anidaba en tus estanterías a la espera de ser descubierta, puede que la encuentres durante una limpieza en profundidad y que decidas leerla.

Los libros que se han ido

Ayer bajé a la basura, en pulcras bolsas de plástico, para que no sufrieran con la lluvia, más de 200 libros. A los pocos minutos desaparecieron, así que no os doláis por ellos: alguien más los está disfrutando.  Había leído casi todos; desde “El Señor de los Anillos” hasta “Trópico de Cáncer”. Muchos de ellos habían marcado etapas largas de mi vida y/o configurado alguna de mis identidades.

Y sin embargo.

A pesar de que eran buenos libros, libros disfrutados, libros vividos, no quedaba espacio para ellos en mi habitación.

El criterio para decidir si sacarlos de casa no ha sido único y, desde luego, no ha sido ortodoxo:

  • Te adoré pero tengo que seguir adelante sin ti: fuera.
  • Eres muy bueno pero lo que tienes ya no es para mí: fuera.
  • Eres más malo que todas las cosas pero sonrío todavía cuando veo tu lomo (Sí, “La forja de un mago” se ha quedado como último bastión de la obra de Margaret Weiss): dentro.
  • No te terminé, pero creo que debo darte una oportunidad porque para mí que te guardas algo útil: dentro (Diario de una escritora, Virginia Wolf).
  • Ni te he abierto, pero no pierdo la esperanza: dentro (Pavese, “El oficio de vivir”)
  • Quiero conservarte, pero no quiero que acumules polvo y te he encontrado en versión digital: fuera (docenas, literalmente)
  • He tirado casi todos tus títulos, pero todavía nos une una sólida piedra de color azul y además no dueles: dentro (M. Duras, Henry Miller)
  • ¿Y tú que tenías escrito?: Fuera
  • ¿Pero a quién quería engañar cuando te compré?: Fuera
  • Primo Levi: dentro.

Me he quedado con unos 50 libros de ficción que irán desapareciendo a medida que lleve a cabo mi proyecto: a saber, leerlos todos y quedarme solo con los que de verdad ocupan un puesto en mi Olimpo de los libros. “Nación” va a quedarse ahí y tengo en digital Terramar, pero no en papel, así que habrá que comprarlo. Me he quedado con “La hora violeta” en catalán. Un regalo. No pasa de 2017 que lo lea.

Este es, quizá mi mayor proyecto para 2017: asegurarme de que no queda en mi habitación ni un solo libro cuyo lomo no me produzca alguna reacción positiva.

Porque he pasado muchos años rindiendo culto a dioses falsos. Yo no adoro los libros, no adoro las cosas. Me gusta aprender, me gustan las historias y, si las historias están muy bien construidas o encierran un significado especial para mí, entonces sí. Entonces quiero tener la referencia a mano para pintarla de colores (literalmente, con pinturas y rotuladores). Si no, asumo que mi cabeza se quedará con lo que necesita. Pero mi cabeza, no mis muebles.

Diarios que no están.

Este es mi segundo gran proyecto para 2017. Ya he tirado todos los diarios anteriores a 2016, excepto aquellos que contienen ideas para relatos o embriones de novelas. El reto es extraer la ficción que haya en su interior y tirarlos también. En segundo lugar, leer los de 2016 antes del 31 de diciembre y deshacerme de ellos.

A los 12 años comencé a escribir mi diario. No lo hago de manera obsesiva y he aprendido algunas cosas durante el proceso: la primera es que cuando escribo pienso más despacio y eso me ayuda a entender mejor lo que pasa en mi cabeza. Otra es que disfruto mucho escribiendo a mano. Tanto, que he descrito ese placer muchas veces. La tercera y quizá más importante es que solo releo lo que escribo cuando me siento mal.

No disfruto de la lectura de mis diarios. Recurro a ellos de manera morbosa, para comprobar lo mucho que he perdido o lo mucho que he desperdiciado a lo largo de los años. Es decir, lo hacía hasta anoche, que bajé dos grandes bolsas de basura al contenedor de papel. Reconozco que me acosté con la angustia de no saber si había hecho bien. Todavía no estoy segura al respecto, pero sí sé algo que ayer no sabía:

No importa.

Viajé por Japón y recopilé sellos en todas las estaciones de metro, los estampé en mi cuaderno, el que usaba para tomar notas del viaje. ME ENCANTÓ HACERLO. Recuerdo la diversión de la búsqueda, las bromas con Emilio, la satisfacción al estampar cada uno de ellos. Ayer vi la libreta y los sellos. No había vuelto a tocarla desde que la guardé en 2014. No había vuelto a disfrutarla.

Esas páginas cumplieron una función muy específica y luego ya no, así que me despedí de ellas y liberé el espacio que ocupaban. No he perdido nada en el camino, al contrario, he aprendido que importa el presente, que enlatar recuerdos no sirve para que vivan más tiempo, sino para desgastarlos.

Las cosas son como las flores: si las arrancas se mueren, si las compras no son más bellas ni te dan más placer: sólo las posees y así también se desgastan. Al menos las cosas que no usas, las que se quedan al fondo de un cajón para ser, más pronto que tarde, olvidadas.

Hace tiempo que decidí que no compraría cosas solo porque fueran bonitas. El mundo está lleno de cosas bonitas y basta salir de casa y meterse en una tienda para verlas y tocarlas. Casi nada de todo eso merece la pena lo suficiente. He dejado de comprar muchos objetos por ese motivo, pero no me había parado a deshacerme de lo acumulado.

Con mis diarios pasa igual: los años llegan, pasan, se van, te cambian, o haces tú por cambiar. Atraparlos entre palabras, pegarlos al papel no evitará que mueras.

Disfruta y libera. Nada queda al final.

Esta mañana, al fin, he leído un relato de Silvina Ocampo, “La red”, y he comprendido que este libro cuya existencia ignoraba ocupará, al menos durante algún tiempo, el lugar de algunos otros que combaban mis estanterías y un poco, también, mi alma.

Viajeros del Picoteórico, de Rafael Lindem: instrucciones de uso

FEAT-LEERSeñoras, señores, tienen ante ustedes una novela poco común. Podría parecer que para leerla basta con separar la portada de la primera página, posar la vista sobre la primera palabra y continuar, de izquierda a derecha. Sin embargo eso, que sirve para casi todo lo escrito en occidente, no será suficiente para viajar al Picoteórico.

Antes de nada, señoras, háganse a la idea de que se han convertido en elegantes damas y que en las posaderas les ha crecido un polisón. Llévense la mano a la cabeza; eso que tocan son plumas; adornan su sombrero. Caballeros, tiren con delicadeza del pantalón antes de sentarse y aparten la cola del frac si no quieren presentar una apariencia astrosa.

Y, ahora sí, tomen el libro y obsérvenlo. En primer lugar admiren la ilustración de la portada. Encontrarán varias del mismo autor en el interior. Su nombre es Antonio Hernández y no lo hallarán en internet, así que disfruten de esta muestra de su talento ¿no les recuerda a nada? Es decir… ¿No les traslada a ningún tiempo pasado?

En ese caso comiencen la lectura. Se darán cuenta de que Viajeros del Picoteórico es una novela llena de palabras. De palabras poco usuales combinadas de manera desusada. Donde desusada no significa antigua ni rebuscada. Desusada significa que, lamentablemente, ha caído en desuso. Los reseñadores profesionales llaman a esto riqueza del lenguaje. Yo, que soy mucho más prosista, digo que es un lujazo y un recurso muy bien traído, que permite al Sr. Lindem manejar un humor inteligente; donde inteligente no significa complejo, sino ingenioso, chispeante y casi sobrio.

Sí, humor sobrio. Así están las cosas.

Viajeros del Picoteórico tiene un argumento de los aristotélicos: plantemiento-nudo-desenlace. No vayamos a reinventar la rueda, que si algo funciona, pues funciona. Lo bueno es que el planteamiento solo anuncia el desatino del nudo; un nudo lleno de mares musicales, desiertos temporales, vacíos judiciales y un pueblecito donde se comen cruasanes a la sombra de un tirano. A mí nadie me había dicho que esto era un libro de aventuras y ya ves. Cuatro contextos como cuatro soles, mucho sarcasmo apenas disfrazado y referencias, referencias por doquier. Será por la R y por la F: Rafael refiere referencias, no sé.

Es un libro tan bien escrito que da gusto leerlo, verdadero placer estético.  Yo creo que merece la pena,  aunque solo sea para saber de primera mano que el español no ha  muerto aunque nos empeñemos en ahogarlo con un uso limitado de sus posibilidades. Fíjate que en el capítulo final sale un Seat 600 y yo no me quito de la cabeza la imagen de un cacharro de esos que gira y tiene dibujos y si miras por una rendija ves una peli animada. Uno de esos cuyo nombre Rafael Lindem conocerá, casi seguro.

Leedlo.

 

Los clásicos

Los clásFEAT-LEERicos esos a los que hay que leer porque… ¿Por qué? ¿Por qué lo dicen las listas de los gurús de la cultura? ¿Para aprender a escribir? ¿Para ser más culto?

Error.

A los clásicos hay que leerlos para disfrutar, como todo lo que hay que leer. Porque si uno no disfruta cuando lee ¿para qué leer? Lo del enriquecimiento viene después. Como con las pastillas de caldo, que las añades a un guiso porque le dan sabor, no por las vitaminas (que por otra parte no creo que lleven).

Mi madre me compró de todo cuando yo era joven. Desde Los 5 hasta Julio Verne, que la encantaba; Dumas, Stevenson, fábulas de Samaniego y cuentos clásicos ilustrados por María Pascual. Estos últimos, los favoritos de mi hermana.

Yo devoraba a Enid Blyton. Verne, Dumas y Stevenson se me atragantaron con la misma pertinaz y desgarradora insistencia que la señora de Mujercitas, la Alcott. Luego, de más mayor, Stephen King le ganó la batalla a Dostoiewsky y Tolkien a todos los demás.

Mientras tanto pasé por el instituto y me tiraron a la cabeza cosas que fui incapaz de digerir. Qué sé yo ¿El árbol de la ciencia? ¿En serio? ¿A los 15? ¡Venga ya!  Unamuno me gustó más, y La Colmena. La Colmena me gustó mucho. Un sobresaliente en literatura no me lo quitó nadie. Cosas de memoria y nada más que de memoria.

El hecho es que leí novelas muy sencillas hasta que el cerebro se me coció lo bastante para ser capaz de procesar obras un poco más complejas.  Tan sencillas como las Crónicas de La Dragonlance, basura encuadernada que defenderé hasta el fin de mis días. Lo haré porque fueron aquellas historias las que despertaron mi deseo de contar historias propias.

Yo no sé cómo pasa esto en los demás. Ni idea de cómo autores de renombre descubren que lo que quieren es escribir. A mí el mundo, en la adolescencia, me parecía una cloaca maloliente en la que yo no tenía un lugar y, como siempre he sido de las del camino fácil, decidí que aquello había que cambiarlo. Como  al mundo mi camino fácil no le gustó y yo me canso con cierta facilidad de darme de cabezazos contra los muros, me lie la manta a la cabeza y me puse a escribir biopics de wannabe. Uno de ellos comenzaba “Estaba yo en un concierto de Hombres G”. Y no pienso decir con cuantos enamoramientos solucionaba lo de casarme con el solista ni qué bandas rivales aparecían en mis cuatro páginas tamaño A5.

Años después asesinaba a una malvada chica de mi clase que se había enrollado con el chico que me gustaba. Años después son DOS años después.

Y así comenzó la literatura para mí.

Mi camino literario continuó por una senda de dignidad similar durante toda la universidad y solo hace una década que, por azar, por puro azar, me salió un relato de ficción que nada tenía que ver conmigo. Está publicado en Inquilinos y se titula Melodía en verde. A mí me gusta.

A partir de ahí, no sé por qué, quizá porque era la primera vez que creaba algo desde cero, sin personajes de reminiscencias reales, sin nada que relacionar con nada, me dio por investigar. Y es que, cuando quieres contar historias no te queda más remedio que leer historias.  Cuando quieres contar historias, cuando quieres hacerlo de la manera adecuada, te das cuenta de que te faltan herramientas y de que no controlas con eficacia aquellas de las que ya dispones. Entonces y solo entonces me puse a leer a los clásicos. Y a disfrutarlos.

Los leía como alumna y los disfrutaba como lectora adulta.

Me consta que muchas mujeres de mi generación, grandes amigas, inteligentes y creativas, leyeron a los clásicos mientras yo me entretenía con mi basura juvenil. Quiero decir con esto que sé que mi caso no representa  a la totalidad de la población. Pero sí representa a chicos y chicas que leen para divertirse, para evadirse y que solo lo consiguen con personajes e historias que ven lo bastante cercanas o lo bastante lejanas, escritas en un lenguaje comprensible y actual.

Lo que quiero decir, en realidad es que no es cierto que los niños que leen hoy a Harry Potter o a Stephen King, o a Michael Ende o a quien sea que leen, no vayan a leer a los clásicos antes o después. Los leerán si los necesitan, si conectan con ellos en alguna medida. Si es que eso sucede alguna vez. Puede, es verdad, que jamás abran una novela de Tolstoi de Voltaire o de Dickens. Mi tesis es que no pasa nada si eso no ocurre.

Por amor de Dios, los tres están pasadísimos de moda. Lo que hay que hacer, señores y señoras que os rasgáis las vestiduras por miedo a que se pierdan los clásicos, es reinventarlos. Las historias llevan siendo las mismas desde Homero y la musa aquella que hizo público el cabreo de Aquiles. Contémoslas con toda su profundidad y riqueza de matices para los niños que serán adultos y para los adultos que son ahora.

Se me caerán los dedos de escribir que si Hombres y Mujeres Y Viceversa tiene más audiencia que mis relatos, una parte importante del problema es mío y por tanto recae en mi parcela de responsabilidad una parte (importante) de la solución.

O, lo que viene a ser lo mismo: vale de quejarse, hombre ya.