Inquilinos

Portada-Ilustrada

PRÓLOGO DE XIMO SOLER

Una mano invisible enciende las pocas farolas que protegen la calle de la invasión de las tinieblas. Me remuevo en el sillón de terciopelo rojo buscando una postura más cómoda, paso la mano por su desgastada superficie sintiendo bajo la yema de mis dedos los agujeros y zonas ásperas, donde cayó algún tipo de líquido que nadie limpió y que terminó por secarse hace más tiempo del que yo podría recordar. Ante mí, Alicia sonríe con esa enigmática mirada que le gusta poner de vez en cuando, haciéndote pensar que sabe muchas más cosas de las que dice en voz alta. Me ha traído aquí aprovechándose de que, para ciertas cosas, me fío más de ella que de mí mismo, y porque me ha prometido una experiencia que jamás podré olvidar.

Tras guiarme por una zona de Madrid que no sale en los mapas, en la que cada calle es más oscura que la anterior y los gatos deambulan por los tejados, sabiéndose señores de este reino, Alicia se acercó a una puerta que seguía unida a sus goznes por puro milagro. Esbozó una mueca parecida a una sonrisa mientras hacía sonar sus nudillos sobre la superficie de madera. Sentí un escalofrío. Mientras esperábamos a que alguien respondiese a la llamada, aproveché para observar el entorno. Nunca había visto edificios semejantes en la capital; no se parecían a nada que pudiese identificar. La luz del atardecer moría sobre los tejados, coronados de extrañas chimeneas, dando un ambiente aún más tétrico a la calle, pero fue el olor a humedad y encierro lo que me puso los pelos de punta. Ese aroma fétido era más propio de un sepulcro sellado que de un espacio al aire libre, aunque –bien pensado- si no fuese por los esquivos felinos que merodeaban en los rincones, cualquiera diría que Alicia me había llevado a un cementerio. En eso pensaba, cuando una fuerza invisible abrió la puerta, descubriendo un pasillo oscuro alumbrado por lámparas de aceite cuyas llamas temblaban ante el paso de una corriente de aire gélido que nos dio la bienvenida. Subimos hacia la destartalada buhardilla, en la que nos encontramos ahora y mi amiga me pidió, muy amablemente, que tuviese un poco de paciencia. ¿Qué estamos esperando?

De pronto, un ruido me hace mirar hacia un ángulo en sombras de la habitación, justo a tiempo para ver la silueta oscura de algo que se escurre tras las estanterías repletas de libros. Noto un escalofrío que me recorre la columna, desde el coxis hasta el cuello, erizándome el pelo de la nuca. Sin embargo, no es la húmeda criatura que he intuido lo que me ha arrancado el calor del cuerpo, sino el objeto del que ha escapado: un espejo. Un espejo grande y ovalado, con un marco dorado de estilo victoriano, que antes no estaba ahí y que ahora me devuelve la mirada desde la oscuridad. Me giró hacia Alicia, que me indica –con su imperturbable y enigmática sonrisa- que me acerque a él. Apoyó todo mi peso en el brazo del sillón, temiendo que el valor me abandone, y me aproximo. Noto una ligera vibración con cada paso que doy y, durante un instante, tengo la extraña certeza de que la superficie pulida está viva. El espejo es consciente de sí mismo.

Cuando llego hasta él no veo nada. Para mi sorpresa, la superficie no es reflectante, sino que ondula como si se tratase de algún tipo de líquido plateado. Acercó la yema del dedo índice hasta el espejo, y lo toco durante una milésima de segundo, sin saber demasiado bien qué esperar. Efectivamente, el cristal no es sólido, se trata de una sustancia viscosa que se estremece con mi contacto. Vuelvo a acercar la mano y empujo con más fuerza. Hundo el brazo hasta el codo sin demasiados problemas, siento en mi piel el lechoso tacto de la materia desconocida, que presiona con suavidad mi antebrazo. Entonces algo me agarra desde el otro lado, una fuerza sobre-humana me arrastra hacia el espejo, tan rápido que ni siquiera tengo tiempo para gritar.

Un segundo.

Una existencia entera.

No sé cuánto tiempo he pasado dentro del espejo, ni que ha ocurrido allí. Ahora estoy en el suelo de la polvorienta habitación, empapado y muerto de frío. Alicia aparece a mi lado y me envuelve en una manta, mientras yo intento incorporarme. Es en ese momento cuando me doy cuenta de algo importante. Mis manos congeladas aferran un libro –que está incomprensiblemente seco-, un volumen que no sé de dónde ha salido pero que ha vuelto conmigo desde el otro lado… Inquilinos, reza el título. Miro de nuevo al espejo, que continúa tan opaco como al principio, y siento su viscosa mirada sobre mí. Vuelvo mis ojos hacia el libro y, después, a Alicia, que sigue sonriendo, como si supiese algo que jamás podré comprender. Durante un instante, tengo la extraña impresión de que ahí dentro he visitado la parte más oscura del alma humana El libro vibra entre mis dedos con vida propia, como la superficie gelatinosa del espejo, tal vez en sus páginas encuentre respuestas. Aunque también, es posible, que tan solo encuentre nuevas preguntas.

 

Bienvenidos al mundo tras el espejo.