Hay que matar las margaritas. Hay que salvar el mundo.

FEAT-VIVIRHa aparecido una flor en Facebook. Hace unos meses al pulgar azul se le añadieron unas pocas caras con expresiones de asombro, risa, enfado y tristeza. Además pusieron un corazón que significa “me encanta”. Y ayer una flor morada. Parece que para dar las gracias.

Esto no es nuevo en realidad. Ni siquiera lo ha inventado whatsapp, aunque sin duda ha sido esta aplicación la que ha llevado la popularidad de los emoticonos a niveles estratosféricos. A mí me gustan: me parecen divertidos, ahorran tiempo y casi nunca los uso para sustituir palabras. Soy más bien de las que los emplea para suavizar frases; ya sabes, como lo de eres imbécil, pero te lo digo desde el amor. Son divertidos, sí. La caca que sonríe es genial porque es una caca y sonríe, colega. Una mierda feliz, metáfora atrevida y de aplicación global donde las haya.

Lo que pasa es que estoy releyendo El cuento de la criada, de Margaret Atwood, una distopía cada día menos distópica en la que a las mujeres no se les permite leer. Los rótulos de las tiendas han sido sustituidos por dibujos: una chuleta donde antes decía carnicería, unos huevos y una vaca donde antes decía lechería, y así.

Y me pregunto si esto de comunicarnos con flores, corazones y emoticonos amarillos que whatsapp permite cambiar de tono para adaptarse a diferentes razas, no derivará en otra cosa. No inmediatamente, claro, sino a largo plazo.

La lectura es peligrosa. Lo decía yo misma hace poco hablando de 36, la novela corta de Nieves Delgado para Cerbero que me temo que no podría ser escrita con emoticonos. Una novela peligrosa porque obliga al lector a cuestionarse ciertas cosas y del autocuestionamiento nacen por lo general más preguntas que respuestas. Pero lo que se desean son respuestas y entonces lo que hay que hacer es leer más, aprender más. Así, cuanto más te preguntas cosas, más aprendes, cuanto más aprendes más sabes y cuanto más sabes menos manipulable eres.

Vivimos una época convulsa en la que no somos protagonistas. Yo soy una tía bastante ingenua, la verdad, y me siento traída y llevada como hoja al viento. Nadie me informa. De todas partes me hacen llegar opiniones. Y los medios de información tampoco me informan porque ni siquiera intentan contarme la verdad. Me cuentan lo que les interesa (a ellos o a sus dueños) que yo crea.

Sí, todos me dicen lo que debo creer y nadie se ocupa de lo que debo saber, así que tengo que hacerme cargo de mi propio conocimiento, de mi propia cultura. En el momento en que solo disponga de flores, corazones y caras amarillas y no de palabras más o menos complejas ¿qué capacidad para informarme, para prender, para saber, para crecer, para defenderme, tendré?

Hay que leer, hay que conseguir que los que no leen deseen leer. Hay que hacer un esfuerzo grande para que todos aquellos que no desean pensar deseen hacerlo. Joder, pensar es una mierda, pero es pensar lo que nos hace siquiera relativamente libres y relativamente más fuertes.

Esto es una responsabilidad de cada individuo y una responsabilidad aún más acusada en las personas que escriben para que otros los lean: escritores, periodistas, guionistas de comic, poetas, compositores, dramaturgos.

Hay que matar a las margaritas. Hay que salvar el mundo.

(Y yo ya si eso, debería dejar de venirme arriba, pero es que tengo mucho sueño)

 

 

Life

Origen: Life

Una historia de terror real: el trastorno reactivo del apego. Abrazad, insensatos.

FEAT-VIVIREn este momento yo debería estar escribiendo la emocionante historia de un Jesús enamorado, poseído por demonios, que se arrastra a través del desierto de Galilea porque Juan el Bautista ha creído que así podrá escapar de quienes le persiguen por haber matado a José, su padre.

Sin embargo, hay algo bello en la literatura por mucho que la literatura la firme Stephen King, que no es un hombre al que se suela relacionar con la belleza. Hacía ya un tiempo que no releía nada. Hay tanto nuevo, tanto bueno, tanto desconocido, tanto interesante, que he andado como pollo sin cabeza. Pero en septiembre estrenan la nueva versión de IT y quiero llegar con las cosas razonablemente recientes, pero no tanto como para no disfrutar de los huecos o licencias que se tome la película.

Hace  unas semanas, como cinco, terminé 22/11/63, que es una gran novela de amor, digan lo que digan quienes lo digan. En el primer tercio King hace que su protagonista pase por Derry y se encuentre con dos de los chicos de IT: Richie y Beverly. Además se complace en la recreación de la ciudad maldita, de lo que está muerto en esa ciudad. Se trata de un par de capítulos, pero bastaron para que la chica de catorce años que vive por ahí, en algún lugar entre mis riñones y mi laringe, se sintiera como si estuviera viendo las fotos del instituto. Casi no tengo fotos reales de aquella época y doy gracias porque fue una época horrenda, pero sí tengo recuerdos muy vívidos de algunas de las novelas que leí entonces. Por ejemplo, IT.

Con IT creé uno de los primeros vínculos literarios que recuerdo. El ejemplar de mi madre, comprado a Círculo de Lectores, corrió la misma suerte que el de El Señor de los Anillos, de la misma procedencia. Ahora están en mi casa, desvencijados, vividos, exprimidos, como todos los libros deberían estar. No en vano pasaron por las manos de al menos cuatro adolescentes y algunos pares de adultos ¿Si prefiero los libros nuevos? Me gusta el olor de la tinta, me encantan las librerías PERO no: prefiero los libros usados. De hecho yo no leo mis libros, los uso. Pinto, subrayo, escribo. Sé que esto me hace acreedora de una entrada VIP al infierno de los bibliófilos, pero así soy yo.

Creé vínculos gracias a Sherlock Holmes, Raistlin Majere, Frodo Bolson y Ben Hascom. Recuerdo en primer lugar la cara de idiota que se me quedó cuando descubrí que Mike Hanlon, el hombre que pone la trama de IT a rodar, era negro. Yo vivía en un pueblo de 12.000 habitantes del Valle de Ayala, donde la más morena era yo, que soy sólo un poco menos pálida que un cadáver. Recuerdo frases como que “la tortuga no pudo ayudarnos” claro, y el pasaje de la sangre que sale a borbotones del lavabo. Recuerdo a Bill el adulto pedaleando a duras penas en Silver. Lo recuerdo con la misma consistencia con la que recuerdo las vacaciones (reales) de aquel verano. Recuerdo los libros con mucho más cariño y mucho menos dolor que la vida.

Y sin embargo.

Sin embargo, por mucho que me emocione y que me parezca bello, sé que hay algo morboso e incorrecto en todo esto. Porque a veces me cuesta distinguir lo que es verdad de lo que no. Seguro que habéis leído eso que dicen de que el cerebro no es capaz de diferenciar entre que hagas unas abdominales y que visualices que las estás haciendo. Os suena ¿no? Yo diría que es falso. Igual que digo que en mi caso es cierto que mi cerebro no diferencia, a nivel emocional, lo que me pasa a mí de lo que les pasa a los personajes con los que me identifico.

Los sicólogos hablan de una cosa que se llama desapego. Existe un desapego bueno, que es el que te permite dejar marchar el dolor, o a la gente que no te merece. Es un mecanismo para superar los malos tragos. Y luego hay desapego del malo. No me haré la víctima: yo tengo de los dos 😉

Vale, el desapego negativo es el que a veces hace que me sienta muy muy mal. Y os lo cuento por si conocéis a alguien que lo tenga todo y a quien no entendéis cuando os dice que está triste, que se siente solo o que se siente feo. Para procurar que en vez de mirarle como a un bicho raro, le deis un abrazo. Un abrazo, no hace falta que le digáis que es guapo, listo e importante. Él ya lo sabe, pero no lo siente. Necesita sentirlo, así que abrazadle.

Y no valdrá con que le digáis nada porque esto del desapego malo es un poco como esas experiencias extracorporales que salen en las películas o en los libros: y entonces fue como si saliera de mi cuerpo y viera mi vida desde fuera. Yo veía lo que hacía, pero no parecía que fuese yo, sino otra persona.

Así es, ni más ni menos. Por algún motivo este efecto se desencadena y uno (en este caso yo), sabe que tiene una hermana guay, un sobrino nuevo al que tiene que conocer, un marido al que quiere con locura (y que la quiere con la misma locura), un trabajo razonablemente cómodo, cuatro gatitos que son cuatro amores, una bonita casa, un cuerpo sano, unos ojos bonitos, un pelo maleable, cierta inteligencia, algún talento para lo de contar historias, una red de amigos. Yo sé que tengo todo eso, pero es como si no fuera mío. No soy capaz de conectarme con todas esas cosas buenas. Como si se produjese un cortocircuito o como si hubiera venido el hombre del saco y las hubiera metido todas dentro de su bolsa.

Así que en mi cabeza solo quedan las cosas malas: las que dan miedo, las que dan vergüenza, las que no me gustan, las que me hacen sentir mal, los deseos incumplidos.

Si habéis leído Coraline, de Neil Gaiman, quizá os sea más fácil entenderlo: los padres reales de Coraline desaparecen y ella debe huir de la madre falsa, mala y hueca. Pues bien, yo me siento mala, falsa y hueca, como si me hubieran robado todo lo bueno.

Luego, de una manera también misteriosa, me reconecto conmigo y con mi vida y siento el amor y la alegría y me reconozco guapa, lista e importante.

Todo esto está relacionado con el trastorno reactivo del apego, que es malo, feo y alberga más horrores que la noche y también con la ciclotimia. En ocasiones no sientes nada bueno y por tanto cuando eres capaz de sentirlo, te lanzas a tumba abierta, ya sea a vivir en Derry o a enamorarte de Dylan McKey. Lo que haga falta con tal de que te quieran, lo que haga falta con tal de formar parte.

Así que ya sabéis: si conocéis a alguien que lo tenga todo para ser feliz y veis que está genuinamente hecho polvo, pasad de discursos: dadle un abrazo. El contacto es la mejor manera de conectar. El contacto une lo que el cerebro, a veces, desconecta.

 

 

 

Aquellos muertos que, por morir, no envejecieron

FEAT-VIVIRComo soy humana soy injusta y como soy injusta detesto a John Lennon. No me hizo nada. De hecho, ni siquiera le detesto a él especialmente, sino a las hordas de lennonistas que no se paran a pensar en lo que habría quedado del ídolo si no lo hubieran matado.

Motivos para detestarles no tengo. La verdad es que tampoco me han hecho nada. Como los mejores terroristas, me asusta lo que no comprendo y no comprendo el éxito de un tipo que a mí me pareció siempre mediocre. Y luego está lo de la pertenencia, claro. No me identifico con el fandom de Lennon, así que les odio. Es un mecanismo simple. Por eso procuro no hablar de él, porque me ciega la irracionalidad.

Además, yo he sido fan de varios muertos mucho más jóvenes que él, que al menos llegó a los cuarenta. He sido fangirl de Janis, de Jim y de Kurt (Hendrix me la sopló siempre, es lo que hay) y el otro día me di cuenta de que murieron hace 16 años. Es decir, hace 16 años yo tenía 27. Dios, a los 27 yo era una niñata impresentable. Tampoco es que sea menos niñata ni menos impresentable ahora. Ahora, cuando veo a gente de menos de treinta me siguen dando cierta ternura (los que no se manifiestan a primera vista como gilipollas integrales). Pero aquellos tres se ahogaron en sus drogas y nos dejaron bonitas y oscuras canciones que yo visito cuando me siento oscura y nada bonita.

Envejecen quienes se lo pueden permitir, supongo.

Qué poco respeto.

En cualquier caso, me pregunto qué habría sido de Cobain y de su rabia, de su dolor, si hubiera dejado la heroína. Qué habría sido de Janis o de Jim, de quiénes hoy me siento más lejos. Me pregunto si, pasado el mal trago de no haber muerto, habrían seguido viviendo y escribiendo bonitas y oscuras canciones. O si habrían muerto de todos modos.

Me pregunto si alguien habría escrito alguna canción atroz titulada Scream like Cobain en lugar de una que va de moverse como Jagger. Usted ya me entiende. O si ahora a Lennon se le conocería como la otra señora mayor, la que va de gira con Mccartney.

Death is merciful.

 

Vivo para no ofender

FEAT-ESCRIBIREn un lunar de mi cara

coordenadas a parte

no ha mucho que vivía

un deseo:

que de las venas la sangre

rápida y limpia escapara,

que huyera en largo reguero.

Pena mía

que eso nunca sucediera

que me vaya haciendo vieja

y no pinten mis muñecas

más que viejas cicatrices

infelices

además de ineficaces.

En aquel tiempo pasado

la estética dominaba

hoy me mata

la necesidad sincera

de volar por la escalera

decorando el descansillo

con el brillo

de sesos desparramados.

Soy feliz tan solo a ratos.

La mayor parte del tiempo

me agosto.

Que ello no desmerezca

los amores inmortales

de esta absurda viada mía

ni vacía

ni tan llena de bondades

que compensen los de angustia

los momentos singulares

de alegría.

No se trata de balanzas.

Es más bien la resistencia,

la resistente flaqueza

de respirar a deshora.

Como ahora

que en lugar de gritar alto

pulso una tecla tras otra

junto ocho, junto cuatro

y exhalo.

Porque me siento culpable

de que me ahogue la angustia

y pergeño explicaciones

que ofrecer

mientras se me acaba el aire

mientras me pesa la vida

mientras me muero a escondidas.

Lo que sea

para no ofender.

 

 

 

 

No te traigo flores: sobre la memoria

 

FEAT-ESCRIBIREl cementerio de mi pueblo es pequeño, una parcela recogida, muy limpia a pesar de que la verja nunca se cierra más que con un alambre retorcido. Lo rodea un muro levantado a mano, con piedras irregulares; una de esas paredes de minifundio como las que separan unos prados de otros. Tres cipreses contados, altos, de tronco grueso y copa afilada delimitan la parte más moderna, al fondo, de la más antigua, junto a la entrada. Existe un camino asfaltado, muy feo, que lo atraviesa en vertical y varios senderos trazados por los pies insistentes de algunos deudos, que lo cruzan en horizontal. Las tumbas de los niños viejos se encuentran en la zona nueva junto a los nichos de los últimos viejos muertos. Tiene sentido, si lo piensas.

Yo digo que Sol la enterraron en tierra de nadie, en una tumba excavada a medio camino entre lo nuevo, lo antiguo, los bebés y los ancianos.

No la visito a menudo porque me duele que ya no quede nada de ella. Solo me acerco cuando noto que se me está olvidando, cuando miro una fotografía y no consigo recordar si la sonrisa que mostró a la cámara escondía algún secreto, algún tipo de malicia, o si se trataba de una sonrisa inocua. La última vez que desanudé el alambre de la verja lo hice porque el verde de sus ojos cambia de una instantánea a otra y no supe reconocer qué tono era el suyo.

No le llevo flores a Sol, sino los huecos que se abren en mi memoria precaria. Respiro por la nariz, meto las manos en los bolsillos y le ofrezco esas células muertas a ella, que se ha convertido en células muertas también. Me apoyo en las barras de hierro de un mausoleo cercano y le digo, en voz alta, que esos recuerdos borrosos míos la hacen más grande dondequiera que esté porque la realidad que yo pierdo regresa a ella. Suena fatal cuando lo digo, pero me consuela. Porque así parece que tiene un sentido, un propósito, que me esté olvidando de los rasgos de Sol, o del sonido de su voz, o del tacto áspero de su nariz demasiado grande entre mis muslos.

Esta mañana he vuelto. Había un coche rojo aparcado junto a le verja del cementerio, que estaba abierta. No sé lo que esperaba encontrar dentro Al alguien de fuera, supongo, a algún extraño, quiero decir. Algo raro, aunque la verdad es que nunca encuentro a nadie, así que ya era bastante raro el coche en sí, saber que otra persona viva respiraba allí dentro.

Una vez cruzada la puerta de hierro estiré un poco el cuello y miré a ambos lados  mientras, como siempre, me metía las manos en los bolsillos y respiraba hondo. No vi a nadie. No vi al visitante. Pensé que lo ocultaban los cipreses o que se habría metido en alguno de los panteones. Yo siempre he querido entrar en uno, pero me da reparo. Me parece que es como asaltar la casa de alguien. Aunque en ellos solo vivan los muertos. No, aunque sólo los ocupen los muertos.

La mujer, la dueña del coche, estaba de pie frente a la tumba de Sol. Allí se había parado. Miraba al frente. Se le notaba porque estiraba mucho el cuello. Lo forzaba.  Se me cortó la respiración, como antes de cambiar la caldera por la de gas natural, cuando se me acababa el agua caliente en medio de la ducha. Me acerqué de todas formas porque yo iba hacia allí.

Se levantó un poco de viento que me trajo el aroma de un perfume caro enredado con el olor corporal de la mujer: a sudor, a cansancio. La misma brisa agitó sus rizos cortos de un castaño oscuro muy similar al color de los troncos de los cipreses. Se llevó las dos manos a la cabeza y noté que temblaba, como si llorase.

Jamás se me habría ocurrido que encontraría a alguien llorando en la tumba de Sol. Se me encogió el estómago y me salió una voz chillona cuando le pregunté a aquella extraña si estaba bien.

—¿Estás bien?

Ella bajó las manos, se agarró los codos y se protegió la cintura como si, como a mí, se le hubiesen retorcido las tripas. Me miró. Me analizó. Llevaba gafas oscuras, de pasta, y yo no podía distinguir sus ojos tras los cristales, pero me repasó de arriba abajo primero y de abajo a arriba después. Creo que dedujo que yo no presentaba ningún peligro. Quizá por mi delgadez o por las manos ocultas en los bolsillos escasos donde no habría cabido un arma. Además, me mantuve a cierta distancia.

—No mucho.

Asentí. Así, con la cabeza. La moví hacia abajo y la levanté. Lo hice dos veces. Tampoco yo estaba muy bien. Empezaba a pesarme el hueco de la memoria que le llevaba a Sol y me sentía incómoda en presencia de la extraña. No quería resultar inoportuna, ni entrometerme. En realidad solo deseaba que se fuera para poder hablarle a mi muerta de que se me había escapado su altura, de que ya no sabía si su frente me llegaba a la nariz antes o después de que se pusiera los tacones.

—Era pequeña.

No sabía si se refería a Sol, a ella misma o a alguna otra muerta.

—Era pequeña y me hacía daño a veces. Como sin querer, pero quería ¿sabes a lo que me refiero?

No lo sabía, pero asentí de nuevo porque no quería entretenerla, no quería que se alargara con explicaciones. Supuse que si la dejaba hablar todo terminaría antes y yo podría hacer lo que necesitaba hacer y luego irme a seguir con mi vida.

—A veces me decía que me odiaba. Eso me daba igual porque sabía que era mentira. Pero cuando me decía que ya no me quería o que nunca me había querido, entonces me daban ganas de matarla porque con ella nunca se podía estar segura. Se reía de mí. Siempre que encontraba la oportunidad se reía de mí.

Me dio mucha pena la mujer, muchísima, porque parecía que se acordaba de todo y que eso le hacía daño.

—¿Y tú?

—¿Qué?

—¿A ti también te jodió la vida?

—Pues no creo que sea asunto tuyo, la verdad.

Me di cuenta de que mi respuesta era grosera, pero también reflejaba lo que sentía, así que no me disculpé.

—Ya… Hacía mucho que no la veía. No tienes que odiarme ni nada. Seguro que no te engañó.

—Seguro que no.

Lo pensé un poco más antes de añadir algo que también era cierto.

—La habría matado.

Se rio con una de esas risas falsas que tratan de ocultar el miedo sin conseguirlo.

—¿No fuiste tú, entonces?

Yo negué. Con la cabeza. La giré de un lado a otro y luego me quedé mirando a aquella extraña que no terminaba de marcharse. De repente me interesó saber por qué motivo había ido a mi cementerio, de modo que se lo pregunté.

—¿Por qué has venido?

—No es que sea cosa tuya tampoco ¿no?

Respondió muy rápido, como si hubiera estado esperando la oportunidad de devolverme mi respuesta grosera. No me importó.

No dijo nada más, se metió las manos en los bolsillos y pasó a mi lado. Yo no me di la vuelta para mirarla porque no era a ella a quien había ido a llevarle sus cosas, sino a Sol. Así que allí las dejé: la incógnita sobre su altura y un enigma nuevo, un regalo.

Reseña: “36” de Nieves Delgado. Por Lola Robles.

A Lola Robles también le ha gustado 36. Yo ya dije que era buena, pero esta mujer se explica mejor… Y hace algún pequeño spoiler.

MaMuT

La editorial Cerbero ha empezado su andadura a principios de 2017, con la publicación de tres novelas cortas: Rubicón de Juan González Mesa, Los príncipes de madera de Daniel Pérez Navarro y Yabarí de Lola Robles. El proyecto de Israel Alonso, director de Cerbero, atendiendo a las reminiscencias del nombre que ha elegido para su sello, el can de tres cabezas que custodiaba la puerta del Hades, es sacar a la luz tres novelitas cada tres meses aproximadamente. En esta ocasión la segunda tanda incluye los títulos CloroFilia de Cristina Jurado, Domori de Sofía Rhei y 36 de Nieves Delgado, y es esta última obra la que voy a comentar aquí.
Cerbero publica libros de pequeño tamaño, con dimensiones que vendrían a corresponder a los «bolsilibros» del siglo pasado, surgidos de editoriales como Bruguera. Los bolsilibros ofrecían géneros diversos, entre ellos ciencia ficción, terror, western…

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La angustia y el miedo que se aprenden. Esos, los que no dejan respirar.

FEAT-VIVIRHoy hablaremos de la angustia y del miedo.

Hoy hablaremos de acostarse con la convicción de que algo horrible pasará por tu culpa, porque has cometido un error.

No, no se trata de desencadenar una guerra mundial, sino una confrontación cualquiera, mucho más pequeña.

Veréis, para que la angustia sea real y el miedo resulte paralizador, primero hay que abonar el campo.

Pongamos un niño pequeño, o una niña; en esto del terror tanto da un género como otro.

Pongamos una pequeña persona de uno, dos o tres años de edad. Una persona muy pequeña con un control muy escaso de sus emociones y por tanto de sus reacciones. Una persona con sus ojos, sus manitas suaves y toda la curiosidad de alguien que acaba de llegar al mundo, que empieza a andar, que se pone de puntillas como en precario y a lo  mejor ni siquiera alcanza a que le asomen los dedos por encima del mostrador de la cocina.

¿Os la habéis imaginado ya? ¿Y os da ternura?

Pongamos que esa personita hace sus cosas de personita: a lo mejor se hace pis, o a lo mejor tiene una rabieta por algo que no puede explicar porque todavía no habla. A lo mejor es torpe y se tropieza a menudo. A lo mejor es una persona cantarina o se divierte golpeando sus juguetes porque, no nos engañemos, no hay mucho más que se pueda hacer a esas edades. Y si no lo creéis,  acercaos a una tienda de juguetes: todo son formas redondeadas, colores vivos y sonidos nuevos.

Pongamos que todo lo que hace se convierte en motivo de reconvención. No hablo de grandes broncas (aunque puede ser que se den), sino de regañinas, de malas caras, de privaciones (no jugaré contigo porque has hecho ruido y me has molestado), de ausencias (no te querré porque te has ensuciado), de amenazas (si se vuelve a repetir, te vas a enterar; tú no sabes lo que vale un peine; que no me entere yo de que vuelve a pasar esto).

No tengo que deciros quién posee el poder absoluto para convertir todas esas pequeñas cosas, que son pequeñas, que son humanas, en herramientas de coerción de la voluntad. Lo sabemos todos.

Pongamos que esa personita encuentra un nicho de elogios (de besos y abrazos no; digo de elogios y sonrisas).

Pongamos que esos elogios vienen de la mano de unos números que van desde el siete hasta el diez porque los que van desde el cinco hasta el siete son pura mediocridad y no existe vida por debajo del número cinco.

La cuestión es que esa pequeña persona crece y lo que sabe de sí misma es que su curiosidad molesta a las personas de las que depende, que cuando hace ruido incomoda a esas mismas personas pero que el reconocimiento por lo que aprende le reporta sonrisas. Así establece la identidad entre el resultado y el amor. Crece por tanto pensando que lo que hace de manera natural es incorrecto y sabe, además, que esos errores suyos dan lugar a castigos, mientras que un buen resultado reconocido por alguien ajeno a ella misma, da lugar a cierto bienestar.

Espero no ser la única que se de cuenta de que crecer así determina el modo en que cualquiera se enfrenta a las novedades: a la escuela, al instituto, a un primer trabajo o solo a un trabajo nuevo.

Espero no ser la única que ve con claridad que cada vez que una persona grande educada como una de esas personas pequeñas de las que hablaba hace unas líneas revive cada vez que se equivoca los castigos, las privaciones de amor, el sentimiento de inadecuación. Espero que me acompañéis también en el entendimiento de la fragilidad de lo bueno, que depende siempre del juicio de otros, que no es estable ni duradero.

Espero que comprendáis todos que es de ahí –en los casos a los que me refiero. Hay otros cuadros, otros ejemplo, otras causas para la autoestima destrozada-, de donde surgen la angustia y el miedo que a algunos no nos deja respirar por las noches, que convierte la vida en una sucesión dolorosa de días con sus noches, a veces en blanco, a veces pobladas de pesadillas. Es de ahí de donde surge, cuando hay suerte, la literatura verdadera.

Descanse en paz

FEAT-ESCRIBIRComo cada Semana Santa, edito este relato de mi veintena. Cambia poco: sigue hablando de amor.

Este año sí hay una novedad que me apetece contaros: Estas nueve páginas son ya una novela de 150. Veremos en qué para aunque, le suceda lo que le suceda, el premio es haber escrito, una vez más, la verdad y nada más que la verdad.

Sin ninguna ayuda de Dios.


Descanse en paz

Amanecimos al dolor cuando nacimos bajo el sol, en Galilea; y ni las escasas lluvias ni las aguas del Jordán han calmado jamás nuestra sed ni lavado nuestras heridas. El río pasa a nuestro lado como si no pasara; vuelve la espalda a nuestras casas de adobe, al polvo y al viento preñado del desierto. Vivimos en ese polvo que nos envuelve y que nos ciega desde el frío de la mañana hasta el frío de la noche; que abrasa nuestros cuerpos y nuestras almas.

Nuestros hijos conocen sólo el polvo que les cubre los pies descalzos y más tarde las sandalias, el cayado o las pieles. Nuestras hijas nacen condenadas a la maldición de engendrar nuevos cuerpos morenos y suaves que el tiempo convertirá en cueros ásperos, gastados y vacíos. Para eso nacemos y para eso nos enseñaron a vivir. A los otros como a mí y entre los otros a Jesús, a quien yo, en mi ignorancia de mujer, amé.

Yo conocí su cuerpo frágil, a la criatura que María, su madre y José, su padre, trajeron a la madera, la sed y al viento caliente del desierto. Nunca fue un niño más tranquilo que los otros, ni un ángel de paz. Era sólo otro par de ojos negros y otra piel aún suave que yo quise ya entonces, en su vulgaridad, tanto como Marta, mi hermana, le despreció. Le odiaba a él igual que me odiaba a mí y a todo lo que formaba parte del polvo, del sol, y de mi pueblo. Marta era todo eso y por esa razón lo odiaba.

En la casa de Jesús vivía el silencio. Yo pasaba cada mañana con el cántaro sobre la cabeza mientras Marta se quedaba moliendo el trigo. A mi paso sólo se oía al carpintero con su madera, el sonido del escoplo modelando sus llagas y la respiración del hombre cansado a perpetuidad. Si giraba la cabeza veía la suya inclinada sobre el banco. Nada más. Siempre la mantuvo gacha mientras yo dejaba su silencio a mi espalda y llegaba hasta el pozo. Allí recogía mi agua y regresaba y encontraba a Jesús, tan parecido a su padre, con la misma herramienta en las manos aún libres de callos, con el mismo cansancio. Con el cansancio todos en Galilea. El cansancio que nace del dolor, el mismo que parecía aplastar el barro contra las cabezas de las mujeres que esperaban en el pozo. Sólo Marta lo soportaba con indiferencia. Ella me miraba y le satisfacía ver cómo Dios me moldeaban a su imagen, a su semejanza; cómo yo me pudría bajo su poder sin oponer resistencia. Creo ahora que así se sentía menos sola.

Hasta que una mañana el cincel de José dejó de herir la madera y su rostro no apareció inclinado dentro del cubil. Sin embargo estaba allí, con Jesús, que se había marchado ya cuando yo regresé del pozo, inquieta. En el lugar de siempre sólo quedaba el padre, que me miró una sola vez, sin conocerme, antes de desaparecer tras el adobe.

Marta me esperaba. Me sujetó por el hombro cuando quise entrar, me miró desde los ojos de mi pueblo, con los ojos de su Dios, y señaló un cesto de ropa pendiente de lavar. Ropa en un cesto fue todo lo que sus ojos quisieron ver, pero no lo que vieron los ojos de Dios ni los ojos de mi pueblo. Y aun así se me permitió marchar con esa ropa, caminar a salvo entre los collados, evitar los rebaños de cabras que han pacido en ellos desde tiempos de Abraham y hallar, de nuevo, agua.

Anduve sin saber lo que buscaba hasta que lo encontré, desnudo, la espalda golpeada, sangrante. Me pareció hermoso su dolor porque no lo compartía con nadie más. No era el nuestro, no era el de todos, no era el de Dios Padre, sino el provocado por un padre propio. Las heridas de su piel no procedían de Dios como el mal de mi alma. La sangre recorría en hilos todo su cuerpo, él sufría y yo sentí los golpes sin sentido de José. Se arrodilló entonces Jesús y el agua arrancó el rojo de su espalda. Yo me incliné hacia delante y comencé a lavar la ropa de Marta. Él se alejó.

A partir de entonces José sí me miraba cuando pasaba con el cántaro hacia el pozo y yo le devolvía con mis ojos el odio que él mismo ponía en ellos. Luego corría a por el cesto que Marta preparaba y buscaba a Jesús para compartir su dolor, sus llagas y su sangre.

Nunca mientras vivió en Nazaret le oí pronunciar una palabra. No hablaba a José ni leyó en el templo como es el deber de todos los hombres. Tampoco me hablaba a mí. Toda su vida era silencio y ojos oscuros de cordero.

Una mañana abandoné la ropa y caminé en el agua hasta alcanzarle. Me acerqué con cuidado y lamí una a una cada gota de su sangre. Le lavé luego y bajo mis dedos sentí sus espasmos de dolor hasta hacerlos míos. Siempre callados.

Luego todas las mañanas fueron iguales: la mirada repugnante de José, la desconfianza de Marta, el cántaro, la ropa, las otras mujeres que esperaban en el pozo, los otros hombres, el polvo, el sol. Todo daba vueltas en torno a Jesús y a mí: las colinas, las rocas, el polvo caliente del desierto, Nazaret con cada piedra, con cada nube de su cielo. Dios mismo. Todo estaba ordenado en círculos fuera de nosotros. Éramos Jericó y, al sonido de la última trompeta, Jesús se fue.

Y fue ese el tiempo en que a diario se quemaban mis labios, se agrietaban las esquinas de mi alma. A la caída del sol, lejos de Marta, me sentaba en el suelo, cruzaba las piernas y dejaba caer el pelo hacia delante mientras esperaba. Me embrutecí hasta errar por las calles de Nazaret tratando de deshacerme del Jesús que se había quedado en mi cabeza, del sabor de su sangre. Quería confundirme en el lamento pero el polvo desaparecía a mi paso y el sol resplandecía siempre sobre mi cabeza. Hasta que el dolor hueco de no tenerle me obligó a buscarle más allá de mi misma y del recuerdo. Quise encontrarle en cada hombre y quise amar de cada uno lo que tuviera de Jesús. Pero no había nada. No había Jesús. Ni con el tiempo quedó tampoco recuerdo, ni quedó vida. José pagaba igual que pagaban todos, pero ni siquiera en él encontré una esquirla de su hijo. Y así como Jesús padeció sed bajo el sol del desierto y padeció hambre desnudo en la arena yo me ahogué en cuerpos que no eran el suyo, pero jamás me sacié.

Las mujeres me despreciaban y los hombres quisieron apedrearme, pero les faltó valor. Querían de mí lo que no encontraban en otras pieles ya resquebrajadas, en otras gargantas, ya secas. Yo era la mujer más hermosa de Nazaret y Nazaret hubo de rendirme tributo.

Cuarenta días y cuarenta noches reiné sobre mi pueblo antes de volver a saber de Jesús y aún muchos días y muchas noches más antes de volver a verle.

Regresó una mañana y su voz quebró mi sueño. Nunca le había oído, pero supe. Y con el conocimiento llegó el miedo. Porque escuché desde la oscuridad de mi cueva que hablaba de amor. Hablaba de amar al prójimo hasta el dolor, más allá de lo humano. Entonces tomé mis ropas de mujer y salí a la calle. Todos estaban allí: los ancianos y los jóvenes, los hombres y las mujeres. Le miraban como a un loco y comprendí. Vi que los demonios le habían hechizado y que doce hombres lo acompañaban, vestidos con los mismos harapos que él; que los trece y sus cuerpos devastados llevaban los ojos perdidos. Jesús ya no tenía heridas, ya no sangraba, pero su espíritu estaba más perdido que mi alma de mujer. Porque yo era fruto del pecado igual que era su causa, pero él había nacido hombre, había nacido puro y se había envenenado. Y por eso aquellos que no habían encontrado el valor de lapidarme a mí alzaron piedras contra él para volver a herirle, para herirme a mí más que si hubiese sido mi sangre la que hubiese caído para mezclarse con la tierra de Nazaret y mi cuerpo el que se hubiese desplomado, quebradizo, sobre esa sangre.

Luego los gritos. Todos los gritos que mi pueblo jamás pronunciara los oí aquella mañana mientras corría a sostener a Jesús, a llevármelo de allí ante la mirada horrorizada de Marta. Huimos como perros y vivimos con las doce ratas durante meses. Todo el silencio se tornó furia y estruendo. Jesús hablaba a las gentes en los pueblos, a los mercaderes en los caminos. Hablaba todo el tiempo y los doce le escuchaban y asentían; y todos continuábamos cansados y doloridos, hambrientos y helados hasta los huesos. Pero cuando él hablaba, nadie veía que no era él, sino los demonios los que asomaban a sus ojos y le arrancaban aquellas palabras atroces. Curaron enfermos, resucitaron muertos pero no me compensaron jamás por su pérdida. Mutilaban su cabeza, le obligaban a recitar con el sol en la mitad del cielo, con los labios abiertos, lacerados por la sed, el calor y el viento arenoso. Los demonios se reían: ante mí, de mí, por mi vanidad, por mi alma de hembra que no comprendía sus palabras ¡Palabras de loco! Entonces la ira agarrotaba mis dedos hasta que sus ojos, los de Jesús, encontraban los míos para tranquilizarme. Los mismos ojos de cordero, negros, brillantes, ingenuos. Porque Jesús no sabía nada. El odio a José se había fundido con la arena, un poco a cada paso. Y nunca llegaría el odio hacia el mundo. Para eso estoy yo. Yo odio a quienes le dieron la vida y odio a quienes se la quitaron. Y odio más aún a los que le escuchaban, a los que le exigían que les tocara, que les mirara, que pronunciara sus nombres. Porque para ninguno era nada más importante que cada uno de ellos. Ni nada más cierto que el agotamiento de mi pobre Jesús a quien dieron en llamar profeta, y Cristo y Maestro.

Yo odiaba y los demonios estaban contentos. Igual que los doce cuando aquellas mismas gentes les ofrecieron cobijo y alimentos. Entonces empezaron a querer hablar como él lo hacía y comenzaron a repetir las palabras de su maestro, y sus gestos. Y cuanto más hablaban, más puertas se abrían, menos penalidades soportaban. Mientras, yo cuidaba del cuerpo extenuado de Jesús y maldecía a Dios por haber permitido que el lamento nos pasara por alto. Aunque en esos momentos cuando, estaba sola con él, los demonios lo abandonaban. Porque los había visto y nada podían hacer por perderme si yo ya estaba perdida. En esos ratos el joven carpintero de Nazaret volvía a su silencio, me conocía y luego dormía en paz y me era permitido mirarle y amarle y sentir de nuevo todo su dolor y amarle más aún por eso.

Los días se sucedían y yo sabía del desprecio de los doce y de su temor. Necesitaban al maestro para mantener el encantamiento sobre las gentes. Ellos no podían sanar enfermos si no mediaba la voluntad del Cristo. Y yo, mujer, se lo arrancaba de las garras cada noche. ¡Cómo se reían los demonios de los doce! Y del furor que despertaban en mí sus miradas mezquinas. Las de todos excepto la de uno de ellos, que se apiadó de mí y a quien desprecié por ello. El único que compartía conmigo su alimento, el que se desesperaba cuando yo se lo ofrecía a Jesús. Muchas veces observé sus labios crispados y su expresión doliente. Luego en sus ojos apreció el odio como aparece más tarde o más temprano en los ojos de todos. Los demonios gozaron cada minuto de nuestras vidas miserables apartando a Jesús de ellas de forma que apenas nos veía. Esperaban alejarme de él alejándome de mí. Pero conocía a los demonios. Había crecido con ellos en Nazaret, había vivido con ellos en mi propia casa sin que Marta supiera nunca que existían. Así que continué esperando mis jirones de sol poniente.

Una mañana Judas vino a hablarme. Los otros once repartían panes y peces entre las multitudes que habían ido a escuchar a Jesús. Él permanecía absorto. Contemplaba los cuerpos ajenos y los rostros, pero no nos veía a nosotros. Sólo Dios y sus demonios saben lo que ocupaba su cabeza.

— Magdalena— dijo.

Yo le miré desde lejos, como Marta me había mirado cuando me recriminó el cesto de la ropa sucia. No le contesté.

—Está loco—. Esperó alguna palabra mía como si mis palabras también pudiesen salvarle, pero no la obtuvo. Me miró con rabia, pero no se fue.

—Pasó cuarenta días con sus noches en el desierto, errando descalzo sin comida ni agua. Cuando volvió no nos conocía. Ni siquiera a Pedro.

—No está loco— dije.

—Volvió más delgado que cuando llegamos a Nazaret. El sol le había llenado de llagas que tardaron semanas en curar. Tenía fiebre. No podía hablar porque los labios se le habían hinchado. Y la lengua. Por la sed. Aún así nos miraba y quería decir algo. Cuando pudo hacerlo sólo oímos barbaridades mucho peores que las de ahora.

—Son demonios.

—María…

Me cogió la mano y le aparté. Me levanté para sentarme tan cerca como pude de Jesús, que había comenzado a hablar de nuevo. Yo no le escuchaba. Miraba a los que sí lo hacían y vi entre ellos a pobres y a ricos, a samaritanos y otros extranjeros, a gentes de Judea y de la misma Galilea que le seguían. Vi a romanos que lo miraban altivos, como es su costumbre. Cuando por fin calló comenzaron los ruegos y las súplicas, las lágrimas, los gritos de socorro. Les habría arrancado las lenguas a todos ellos para que nos dejaran en paz pero los demonios se encarnizaron en Jesús que caminó de un lado a otro imponiendo las manos, recitando oraciones y poniendo nerviosos a los civilizados romanos que huyeron colina abajo.

Esa noche, cuando los demonios le hubieron abandonado en mis brazos, Jesús rompió su silencio.

—María, hermosa entre todas las mujeres. María Magdalena, mi esposa ¿Aún no has visto suficiente? No son demonios los que elevan mi espíritu, sino mi Padre quien me ordena hacer todo este bien. Y yo obedezco como todo hijo debe obedecer a su padre.

—¿José?

Sonrió y me acarició el rostro. Yo quise detener el tiempo entonces, pero el tiempo transcurre a la par que el lamento. Y el lamento estaba allí, con nosotros, también por primera vez.

—No, María. Él, mi padre en los Cielos.

—Pero…

—Déjame hablar ahora. Debo decirte que nuestro dolor aún no ha llegado, que será en Jerusalén donde queramos morir. Pero no moriremos. Terminaremos con el dolor de otros y luego… luego quizá seamos olvidados.

—No iremos.

—Está escrito que debemos hacerlo ¿No has visto a esas gentes? Necesitan ser arrancadas de su miseria, María. Nos necesitan porque no hay nadie más que nosotros para salvarles.

—Ellos no ten necesitan, Jesús, no te merecen ¿qué te dan? ¡Nada! Sólo exigen milagros. Ellos no te aman. Han vivido hasta ahora sin ti y seguirán haciéndolo si les dejas.

Pero marchamos hacia Jerusalén y arrastramos con nosotros innumerables personas hambrientas o tristes, o solas. Monstruos todos ellos sin conciencia. Y con ellos vinieron los doce y con los doce Judas, que no había vuelto a acercarse a mí, que ya apenas me miraba.

En Jerusalén nos esperaba la gloria. Multitudes como nunca he visto salieron a recibirnos, tendieron sus túnicas a su paso, u hojas de palma. Hasta que cubrieron del todo el suelo. Los demonios sonreían a través de los labios de Jesús y yo entré tras él, sombría y silenciosa. Un reflejo a los pies del Cristo, una sombra que se arrastraba en su cochambre sin querer reconocer la grandeza. Debí gritar que todo era falso, que se trataba de un loco o de un endemoniado. Pero no me habrían creído porque él estaba allí, espléndido sobre la mula que le llevaba. Parecía un rey y como a un rey le adoraron. Mientras tanto yo, su esclava, quise recordar el modo en que siempre ha rezado mi pueblo, pero no pude. Porque así como yo lo había abandonado, él me había abandonado a mí.

Habló ese día Jesús ante el pueblo de Jerusalén y jamás he oído palabras tan bellas. Parecía que los demonios se hubieran marchado para dejarle a él, a mi esposo, pero estaban allí. Sé que estaban como sé que Judas se fue reptando entre las casas para perpetrar su crimen. Aun así me quedé a escucharle y por primera vez vi a aquel hombre moreno y delgado lleno de historias maravillosas y promesas de demente. Vi por qué los otros le creían y me esforcé; pero tampoco de eso fui capaz y él me vio en mi dolor. Él entre todos los demonios que sacudían su alma me vio y me compadeció. Luego calló y volvieron los mismos sollozos a rogarle clemencia y un momento más de vida.

Y esa noche los demonios no me lo devolvieron.

Dormimos en un huerto de árboles ancianos y rugosos en un sitio tranquilo, apartado. Los once se desperdigaron para acostarse entre el suelo y el cielo. Yo escogí el lugar para Jesús y para mí. Él no se habría movido si yo no le hubiera guiado. No estaba conmigo, sino siendo devorado al fin por aquellos a los que había servido de diversión durante tanto tiempo. No soporté el vacío de sus ojos ni su sudor frío. Le abandoné a los olivos. Dejé su cabeza apoyada en la raíz del aceite y corrí lejos. Ni una lágrima acudió a mis ojos mientras él lloraba en su delirio, se retorcía en su túnica, se hería las rodillas y las manos preciosas con las que algunas veces me había tocado. Aullaba de dolor y su cara se deformaba en muecas espantosas. Todo paraba de repente y quería acercarme, pero algo me retenía y todo volvía a empezar.

Hasta que Judas llegó con los soldados. Pasaron a mi lado sin mirarme, como José no me miraba cuando yo pasaba bajo mi cántaro vacío. Yo en cambio vi como temblaba cuando besó la mejilla ardiente de Jesús.

El camino a la Cruz fue el más largo de todos los caminos. Tres veces cayó bajo el peso del madero que habían colocado sobre sus hombros. La primera estalló la risa, escupieron sobre él y le martirizaron del mismo modo que habían colocado palmas bajo sus pies. La segunda un hombre salió en su ayuda y la tercera no vi nada entre las lágrimas.

Cuando llegué al monte, colgado del madero no vi a Jesús, sólo un cuerpo destrozado y aún hermoso del que ya había escapado la vida. Apareció Marta con la esposa de José y me apartaron de él, me golpearon, me culparon de su locura, me insultaron y me abandonaron como a un perro con las ropas desgarradas y el alma rota. Entonces llegó la oscuridad y llegó el silencio. Y a mí me levantó del suelo el odio que sentí por Marta que nos había perdido ante los ojos de Dios y de nuestro pueblo. Ella, la más devota entre las devotas nos acusó. A ella y a nadie más culpé de la condenación de mi esposo; así como culpé a Judas de su muerte y de mi soledad. Así culpé también a todos los hombres que no supieron amarle. Y a mí por no amarle lo suficiente. Odie tanto que ya ni recuerdo los motivos.

Volví a Magdala, al lugar donde nací, a orillas del mar de Galilea, al sur de Cafarnaún, donde el muerto había encontrado a sus doce. Aquí he vivido desde entonces y aquí llevé en mi seno un hijo de Jesús que no nació. Volví a la vida de pecado por la que Marta me condenó, pero nunca esperé nada.

Porque nunca hubo ya nada que esperar.

¿Sueñan los escritores de género con altas cumbres literarias?

FEAT-ESCRIBIRHace un par de días Cristina Jurado, editora de la revista digital Supersonic, lanzaba en su muro de Fcebook la siguiente pregunta: ¿Está el futuro de la literatura de género en manos de las editoriales independientes?

Merece la pena leer el hilo porque las respuestas de editores, escritores, lectores y demás (léase la referencia a “El Cine” de Mecano) son de todos los colores, sabores, credos, ideologías y tamaños. Están los síes y los noes a secas, los argumentados y luego está mi respuesta, que reivindica el futuro de cualquier tipo de literatura para los escritores. Imagino que por aquello de barrer para casa.

En esa respuesta mía hablaba de los prejuicios contra el terror, la fantasía y la ciencia ficción, que son los mismos que existen contra la literatura romántica. La cultura popular se entiende en muchos círculos como incultura. No hablaré aquí, porque no es lo que me interesa en este momento, de que en realidad se entiende como incultura la cultura ajena no compartida por uno mismo. Baste la mención.

Existe, estaremos todos de acuerdo, una especie de élite cultural. Existen los estetas, los diletantes, los expertos en cánones y modos. Existe gente como Harold Bloom que dice qué es arte y qué es mierda pinchada en un palo. Aunque probablemente Harold Bloom solo use la expresión en privado y tapándose la boca. O quizá no, lo mismo es un feísta de esos, pero lo dudo. Esa gente vive de establecer los cánones del arte. En una especie de gigante lenguado que se muerde la boca, los gurús dicen qué es arte, el arte se revaloriza, lo que revaloriza al gurú, lo que determina la dirección del mercado artístico y todos los que se queden contentos, tan contentos que se quedan.

Es decir, la élite esa del arte come y alimenta el mercado del arte.

En un nivel menos sublime están las obras de arte pret a porter; por ejemplo, los libros que publican las grandes editoriales que son las que copan el mercado y las que fabrican los grandes éxitos literarios. Quiero creer que no todos, pero sí muchos.  Digo que los fabrican porque, en fin, son las que tienen el control del dinero que compra la publicidad y es la publicidad las que se estampa en nuestras retinas sin que podamos evitarlo y sin que debamos esforzarnos.  Esas editoriales apuestan por dos tipos de literatura: la que viene avalada por la élite esa que comentaba más arriba y la que compran los lectores populares.

Léase lector popular como se leería corredor popular: no es un profesional del atletismo, sino alguien que corre porque le gusta, que entrena porque disfruta, que no tiene una visión profesional ni académica del deporte; es decir, un lector que lee sin devanarse los sesos en exceso. Uno que compra novedades, que quizá tenga un par de escritores favoritos, que no investiga demasiado. Al fin y al cabo leer es un pasatiempo para muchos y así debe ser.

Las editoriales esas gordas llenan por tanto las grandes superficies y un porcentaje amplio de las superficies pequeñas con los libros que eligen los gurús y con los libros que ellas quieren.

Y llegamos a donde yo quería traeros ¿Por qué no quieren fantasía, terror y ciencia ficción? ¿Por qué no los quieren en la misma medida que quieren novelas de drama realista o biografías de famosos o novelas históricas?

Bueno, con todos mis respetos, la literatura de género es mucho más peligrosa que el resto. Es más peligrosa porque es más libre, porque las posibilidades que ofrece son infinitas. El terror es capaz por sí mismo de situar a una persona normal en un entorno en el que deba analizar su propia naturaleza, la naturaleza de sus miedos, el modo en el que están construidas las cosas. La capacidad del terror, la fantasía y la ciencia ficción para la metáfora, para introducir ideas transgresoras o directamente revolucionarias es muy superior a la de los dramas realistas.

Eso lo saben los señores (y las pocas señoras) que controlan el dinero y el acceso a la información. Llamadme conspiranioca. Llamadme lo que os de la gana y luego negad que, como decía Pily Barba, “Santa Clarita Diet” oculta una oda al matrimonio; o que “The Walking Dead” hace docenas de temporadas que dejó de ser una serie de zombis para convertirse en un análisis de la capacidad de violencia del ser humano. Sí, ambas populares porque dan mucho dinero, no como los libros. Y ambas permitidas porque transmiten un mensaje conservador a ultranza. Pensadlo, pensadlo.

Las editoriales independientes las fundan elementos independientes de la sociedad y en ese sentido puede que parte del futuro de la literatura de género esté en sus manos.  Porque los escritores de género deben ser independientes. Ya que te van a marginar salvo que seas un genio con suerte (todos queremos ser genios pero más nos vale asumir que la mayoría nos quedamos en lo humano y que de suerte vamos justos); ya que te van a marginar, digo, mejor hazte independiente antes. Por lo de salvar la dignidad y eso.

En cualquier caso, sigo diciendo que el futuro del género está en los autores, y como autores tenemos dos grandes obligaciones: la primera es escribir como si persiguiéramos el nobel a la calidad literaria en combinación con el premio a la popularidad más gordo que haya. Maduremos: hay que escribir muy bien y eso quiere decir —ideología en 3, 2, 1— que nuestros libros deben ser bellos, fuertes, innovadores y asequibles. Pero por si eso fuera poco, también deben ser populares. Combinar la popularidad con la calidad debe ser nuestra primera meta.

La segunda es todavía más fácil: debemos ser más listos que los demás. Debemos parecer inofensivos. Somos gente peligrosa. La gente peligrosa sólo sobrevive si no lo parece.