A Virginia le gustaba Vita, de Pilar Bellver. El terror es saber que que yo no escribo así.

FEAT-LEERA veces voy caminando hasta casa. Cuando el día ha sido largo porque en la oficina se me ha llenado la cabeza de mantícoras o de ladrillos (dependiendo del día ambas cosas pueden ser la misma), cuando hace bueno, cuando llevo calzado cómodo, cuando no sé bien qué hacer o cuando todas las anteriores. De camino paso por delante de Traficantes de Sueños, una librería del barrio de La Latina, aquí, en Madrid.

Los que no me conocéis debéis saber que las puertas que nunca he cruzado se me atragantan. Uno de mis miedos primigenios, el de hacer el ridículo o que me encuentren donde no debo estar, me lleva a perderme algunas cosas (cada vez menos). De modo que no me había atrevido a entrar en esta librería hasta el lunes. Lo hice porque me paré ante su escaparate y vi unos libros de esos que te llaman a hojearlos: La Sra. Le Guin, China Mieville, ambos en la misma antología…  me quité los cascos, guardé el móvil y entré.

Olía bien. Me encantan las librerías que huelen a librerías. En la primera sala las estanterías estaban rotuladas con palabras tan chulas como: literatura africana o feminismos. De la puerta que lleva a la sala trasera, donde no dejaba de sonar el teléfono y además había unas preciosas vistas al almacén (que es como tener vistas a la cocina de un hotel y por eso da hambre), colgaba un cartel que decía que “Aquí hablamos poesía”. A mí, que ando muy centrada en observar poetas últimamente, me sentó como una invitación; una de esas sorpresas agradables, un mensaje cifrado solo para iniciados.  No se me escapa que estoy hablando de un folio en blanco impreso en una multifunción barata. Pero es que cada uno lee lo que se le antoja.

Siempre me desoriento en las librerías que visito por primera vez. Cada una tiene su manera de ordenarse y hasta que no identifico la localización de lo que busco no me siento cómoda. A cambio encuentro cosas y por tanto leo cosas que de otra manera no encontraría (las zonas de confort son oscuras y solo albergan horrores domésticos). Mientras me orientaba en Traficantes de Sueños dos hombres cruzaron la tienda, desde la calle al patio interior, llevando sendas bicicletas. Yo, que últimamente veo muchas cosas raras en muchos sitios normales, saludé a ambos. Como me devolvieron el saludo deduje que eran de verdad. Una nunca sabe.

Volví a la sala delantera y examiné la mesa de novedades o destacados o lo que sea y allí me encontré esto:

virginia vita

Leí las dos primeras frases: “Acabamos de estar juntas y me pongo a escribirte con la cabeza llena de mis ruidos habituales (ya te dije que oigo voces y que estoy loca) y ahora, además, de mariposas tuyas, nacidas en mí de tus gusanos, metidas en mí a través de tu boca. Tanto aleteo me aturde, tanto deseo gritando me ensordece la razón.”

No tendría que explicar más, pero la fascinación, el reconocimiento, un sentimiento de familiaridad, de identidad, de lo que sea, me obligan a explicar más. Como si al añadir algunas palabras propias me hiciera un poco partícipe de la novela.

El título lo dice todo: A Virginia le gustaba Vita. Y ya está. En serio, no dicen nada más las páginas interiores que eso: me gustas, te amo, te quiero, te deseo. Y las respuestas: te deseo, te quiero, te amo, me gustas. Sin embargo lo dicen bonito, lo dicen bien, con una elegancia, una delicadeza, una pasión, un exponerse, un escudarse en la honestidad, que yo recuerdo haber practicado solo una vez.

Y eso es lo que me fascina y en eso me reconozco: en el uso de las palabras (no del lenguaje, sino de las palabras; no de las fórmulas, ni de los recursos, ni de las imágenes, ni de las metáforas; sino de las palabras). Palabras de verdad que sirven para mantener lejos el daño, el dolor. Palabras que dejan los corazones abiertos en dos para que no pueda venir nadie más a seccionarlos. Porque ¿qué interés tiene mutilar a un mutilado?

En esta correspondencia novelada se ve (se ve, con los ojos y con la piel y con la mente y con todo lo que sirve para ver) a dos mujeres que compiten para ver quién ama más, quien desea más, quién es más débil y por tanto más fuerte. Dos mujeres que hablan de amor y de fragilidad y de fortaleza con una belleza heladora, con elegancia y con fuerza.

A la que no se ve es a la autora, a Pilar Bellver, que así se hace grande y a quien a partir de ahora seguiré, por si me encuentro más joyas.

Estas semanas estoy leyendo mucho. Estoy leyendo a autores esforzados cuyo dominio de la herramienta básica, el lenguaje, no termina de encajar. Leo novelas y relatos que dan un nuevo significado al término alambicado. Estos no me molestan porque, mejor o peor, se toman su tiempo en tratar de hacer las cosas bien. Existe una intención estética en su trabajo. Respetan su trabajo. Tampoco me subo por las paredes cuando me encuentro errores tipográficos, erratas o alguna falta de ortografía. Todos somos humanos. Los que me enfadan son los otros, los que escriben sin el menor respeto a las palabras. Los que colocan una detrás de otra sin ton ni son al servicio de una historia sin peso, sin atractivo alguno.

Las palabras no son sagradas, líbreme yo misma de decir algo así. Sin embargo tienen significado y un peso, una entidad diferente dependiendo de qué otras palabras las rodeen. Las mismas palabras sirven para llamar feo o guapo a un hombre; inteligente o imbécil a una mujer. Una rosa es una rosa, sí; pero dependiendo de con qué palabras designes a esa rosa la convertirás en una cosa o en otra. Ese es el poder de las palabras. Un poder que no debería malbaratarse.

Vosotros, que escribís con el mismo mimo con el que sacáis la basura, leed esta novela de Pilar Bellver. La buena literatura, a veces, es contagiosa. Quién sabe si tendréis suerte.

 

Flores para Algernon: ¿Por qué lo llaman ciencia ficción cuando quieren decir realidad y terror?

FEAT-LEERDaniel Keyes ganó un premio Hugo por el relato original y un Nébula por la novela a la que dio lugar. Ambos merecidos. Pero antes de eso trabajó como marino mercante, luego se graduó en sicología y de paso decidió dedicarse a editar ficción con Marvel Science Fiction. Se trata de un escritor muy poco prolífico (apenas cuatro novelas incluyendo esta) especialmente interesado en la complejidad de la mente humana. Y por eso me gusta.

En Flores para Algernon cuenta la historia de Charlie Gordon, un hombre de treinta y dos años con una discapacidad intelectual severa cuya inteligencia se ve triplicada en un periodo muy breve de tiempo gracias (o por culpa de) a un experimento científico. Por supuesto, la tesis de la que parte el experimento no es del todo correcta y Charlie descubre, en el pico de su inteligencia, que volverá a su estado primitivo tan rápido como lo abandonó. Nos encontramos por tanto ante un viaje del héroe de ida y vuelta con un final poco halagüeño. Si visteis Despertares y os hizo polvo, ya sabéis lo que os espera.

También es la historia de Algernon, un ratón de laboratorio que pasa por la misma experiencia que Charlie. Un ratón muy inteligente que en cierto momento se retrae, se castiga y, finalmente, de un modo consciente y doloroso, aprende que perderá la inteligencia que le hace tan especial. Los ratones de ese laboratorio son incinerados tras su muerte; sin embargo Charlie, como sabe que no existe ninguna diferencia entre la rata y él, pide poder enterrarlo. también le lleva flores a la tumba. De ahí el título.

algernon.jpg

 

¿Es una buena novela?

Sí: Es una novela inteligente, atractiva, de lectura rápida que solo ha envejecido en cuanto al método científico y en cuanto a la actualidad inmediata; en las páginas se respira cierto ambiente a lo Mad Men. Por lo demás, se puede leer sin notar los casi 80 años que han transcurrido desde que se escribió.

En cuanto a cómo está escrita, como el narrador siempre es Charlie Gordon, que cuenta su propia historia a través de unos “informes de progresos” que escribe él mismo, el mayor esfuerzo del autor es hacer que la evolución del lenguaje del protagonista refleje la evolución de su inteligencia tanto de subida como de bajada. También es su mayor logro. En toda la primera mitad, Keyes se las apaña muy bien para mantener un lenguaje adecuado sin abusar de la emoción. Habla una persona con una discapacidad intelectual grande que no sabe identificar sus sentimientos pero que, en cambio, los describe a la perfección. Y el lector se da cuenta, sin necesidad de florituras, de lo lejos que está Charlie de percibir la realidad en toda su crudeza, con lo que la carga emocional es máxima. Esto se pierde en la segunda parte, donde los informes son más precisos, más intelectuales, y el protagonista menos simpático.

¿Error del autor? No. Efecto buscado. Uno de los temas del libro es la pérdida de la inocencia. Igual que Adán y Eva pierden la suya al comer del árbol de la ciencia, Charlie deja atrás al ser humano confiado y encantador que siempre fue cuando se convierte en una persona inteligente. Charlie, que deseaba ser listo para que todos le quisieran, para que su madre le tratara con el mismo cariño con que lo hacía antes del nacimiento de su hermana pequeña, se encuentra con que su inteligencia asusta a quienes de todos modos nunc habían sido sus amigos y hace sentirse inferiores incluso a los científicos que se la procuraron.

Otro de los grandes temas es, por supuesto, el maltrato a los discapacitados, que no se ve desde un solo punto de vista. A lo largo de su vida Charlie se ha encontrado con personas crueles, como sus compañeros de trabajo o su madre; pero también con personas que lo querían y lo trataban con compasión. En este último caso siempre desde una posición de superioridad y paternalismo (su padre, por ejemplo). Los profesores que lo tratan ni siquiera consideran que fuera un ser humano antes de volverse inteligente y esto frustra a Charlie más que ninguna otra cosa. Pero él mismo asiste al maltrato de otro hombre discapacitado y participa en él en cierto punto de la segunda parte de la novela, como si el autor pensara que es imposible sustraerse a determinadas emociones que determinan ciertas acciones.

Y es que las emociones son otra piedra de toque de la novela. Más concretamente la disociación entre el intelecto y la emoción. Charlie vive desconectado bien de la emoción o bien del intelecto. Quizá sea esta parte la más difícil de asumir como lector; sin embargo está bien manejada. El Charlie inteligente no consigue empatizar con nadie, ni siquiera con él mismo, hasta el punto de que cree ver a su antiguo yo acechándole en las sombras. Las relaciones que establece con el resto de personajes son fascinantes por esto mismo, por el grado de conciencia que les aplica, por la poca naturalidad.

Leedla. Merece la pena visitar estos clásicos que los grandes críticos nunca colocan en las estanterías. Y ya si eso, pues me contáis J

A su imagen y semejanza. Relato de clásico de posesiones diabólicas

FEAT-ESCRIBIRBuenos días:

Como sabeís prque os lo he contado muchas veces, además de publicar aquí, lo hago en Patreon.com.

Hoy he colgado, para mecenas de 1€ en adelante, un relato clásico de posesiones diabólicas. Recuerda que un solo euro al mes te da a derecho a leer todos los posts exclusivos y acceso a todas las descargas.

Os dejo el comienzo del relato, que no se diga que compráis a ciegas 😉


 

Paseaba entre las personas, junto a ellas, sin que le vieran: una niña de aspecto angelical que le escondía los dulces a su compañera de pupitre descubrió un nuevo modo de martirizarla cuando su sombra se cruzó con la del pequeño ser oscuro. Un hombre ya mayor no alcanzaría sobrio la jornada número cien tras respirar el aliento de la criatura. Unos y otros hallaban la manera de hacerse más pequeños, más mezquinos, más miserables. Peores.

Pero donde la oscuridad era más densa, se hizo una luz; un haz de luz blanca, sólida, que le ofendió como sólo el bien es capaz de ofender al mal. Supo entonces que, aunque lo que deseaba era reptar entre la hez de los seres vivos, le habían enviado a que apagase aquella luz infame porque mientras brillase de ese modo, el orden no sería el debido.

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Tenía nueve años, la piel blanca como la niebla, bucles dorados que enmarcaban el rostro más dulce y un par de ojos azules, casi transparentes. En el salón de actos no quedaba una silla vacía. Los nervios de los padres se hacían patentes en los destellos precipitados de sus cámaras y algunas maldiciones pronunciadas entre dientes.

Entonces se abrió el telón. En el centro aún en sombras del escenario la Sagrada Familia y varios niños disfrazados de animales esperaban su turno. En el extremo derecho, tres reyes magos aguardaban las palabras del ángel anunciador. Félix hizo una profunda reverencia de modo que los rizos rubios cayeron hacia delante y volvieron a su sitio elásticos y brillantes como en un anuncio de champú. Todas las madres contuvieron el aliento. Alzó los brazos en un gesto mesiánico y, con tono solemne, anunció:

—La puta ha parido.

Meses más tarde el padre Ricardo tuvo la oportunidad de examinar las pruebas médicas: escáneres, tacs, radiografías, ecografías, test y diagnósticos de los especialistas a los que Fátima y Luis habían llevado a su niño. Según todos ellos, era normal.

—Nos da miedo, padre.

Les había pedido que le llamaran Ricardo, pero no les salía a pesar de que a diario vestía de seglar; incluso llevaba el pelo largo por debajo de las orejas, de las que no se sentía muy orgulloso, y se permitía la inmodestia de adornarse con bufandas caras. Era su único capricho. Le gustaban tanto que siempre las mencionaba en confesión.

La primera vez que vio a Félix Eguiluz prometió no comprar una nueva ni aceptarla como regalo si el Señor le ayudaba a salvar a aquel niño. A punto estuvo de huir, pero se aferró a la cruz que usaba como llavero y de ella extrajo la fuerza para quedarse.

Debía establecer la posesión, pero no tuvo la necesidad de pedir a la criatura  que se identificara. Un texto antiguo cubrió en pocos minutos hasta el último centímetro de las paredes del cuarto. El bonito color amarillo con que estaban pintadas se ensució de caligrafía infantil. Las frases, aparecieron de la nada, como si alguien estuviese pasando una llama por el reverso de un papel escrito con zumo de limón. El niño, por su parte, hojeaba un libro mientras todo sucedía. Al sacerdote no le hicieron falta más pruebas. Rezó para sí mismo un padre nuestro y se sintió mejor cuando, de tanto apretarlo en el puño, el crucifijo le hizo sangre.

—Me quedaré con vosotros hasta que el señor se apiade de vuestro hijo. Os doy mi palabra.

Ese momento, por fin, había llegado.

Mientras esperaba que le abrieran se encomendó de nuevo a lo más alto. Sólo entonces, imbuido de una confianza ciega y  una seguridad que sólo sentía ante los peligros más graves porque sabía que Dios no abandonaba a sus hijos en la oscuridad, entró en el cuarto del muchacho. Hizo una reverencia profunda a la cruz que los padres habían colgado frente a la cama; una bonita talla de madera apenas ornamentada, sin la efigie de Cristo. Incluso así, desnuda, le sobrecogía su significado. Agradeció al Señor el sacrificio de su único hijo para la salvación de todos los hombres mientras colocaba en una mesilla todo lo necesario: un vial de agua bendita, un crucifijo de metal, también bendecido, y el libro encuadernado en piel, ya muy manoseado, en cuyas páginas siempre encontraba verdad e inspiración. Con todo dispuesto recitó la Señal de la Cruz. Oyó el murmullo de las voces de Fátima y Luis que acompañaban a la suya.

—Dios Padre omnipotente, que quiere que todos los hombres se salven, esté con ustedes.

—Y con su espíritu.

—Querido Félix —se dirigió al niño—, hemos venido aquí como vehículos de la voluntad del Señor. No temas, pues Su poder es grande y Su amor por todos Sus hijos más grande aún.

Ricardo tomó el frasco de agua y la salpicó sobre el cuerpo del chico.

Fátima esperaba que el contacto con el líquido sagrado volviese loco al demonio que vivía en su hijo, pero no fue eso lo que sucedió: en la cara blanca, demacrada pero aún bella, de Félix aparecieron verdugones rojizos. Un olor a quemado invadió la habitación y le provocó una náusea a la madre. Su marido estaba lívido, con las manos juntas bajo la barbilla y los ojos desorbitados de terror.

Apenas oyeron el pie para su respuesta.

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Ni supieron de dónde sacaban el ánimo para contestar.

—Amén.

—Queridos hermanos, supliquemos intensamente la misericordia de Dios para que, movido por la intercesión de todos los santos, atienda la invocación de su iglesia a favor de nuestro hermano Félix que sufre gravemente.

Cuando dio comienzo la lectura del Santo Evangelio, Fátima creyó que había descendido a los infiernos. La temperatura de la habitación subió tanto que los tres adultos rompieron a sudar. En poco tiempo, la estola morada del sacerdote chorreaba y la sobrepelliz parecía pesar toneladas sobre sus hombros. El pelo se le adhería a las orejas de soplillo y algunas gotas resbalaban por el filo de su nariz. Luis, ahora con los ojos cerrados, empapado, emitía un sonido gutural, sordo, que no tardaría en convertirse en un grito. Fátima quiso consolar a su marido con un gesto de amor, una leve caricia en el brazo, y recordarle que no estaban solos. Cuando devolvió su atención a la cama, no quedaba en ella ni rastro de su hijo.

Los rizos dorados de Félix estaban ahí, su rostro redondo seguía siendo hermoso, pero los ojos no eran los de su niño. No había vida allí. Al mirarlos, Fátima se sintió arrastrada por una corriente poderosa que le robaba la voluntad de respirar. La habitación se cerró sobre ella igual que un huevo perfecto mientras los labios resquebrajados de Félix sonreían en una mueca que no mostraba nada semejante a placer, sólo una curva deforme.

Muy lejos, una voz se abrió camino en la oscuridad. Hablaba de salvación, pero la palabra carecía de sentido para ella. Alguien la toco, creyó que la levantaban del suelo, aunque no recordaba haber caído.

—No sabemos orar como necesitamos, pero el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad y él mismo ruega a Dios por nosotros. Movidos por el Espíritu digamos juntos:

Entonces las palabras salieron solas de sus labios, despacio, pesadas, como si en lugar de pronunciarlas las estuviera extrayendo de la escombrera de un edificio en ruinas. Cuando llegó a la última frase —Porque Tuyo es el reino, Tuyo el Poder y la Gloria, por siempre, Señor—. Fátima lloraba de agradecimiento  y temblaba de terror. Los ojos de la serpiente se habían desprendido de los suyos para adherirse a los del padre Ricardo. Se habían vuelto más negros que la concha brillante de un escarabajo.

Luis por fin rompió a gritar. Fátima aguantó. El sacerdote se obligó a recitar de nuevo la Señal de la Cruz. Con los ojos abiertos, rogando al Señor para que le concediera la gracia de ver la pureza del alma del niño en lugar de la iniquidad inventada por el demonio.

Felix se retorcía, sinuoso como una sirena, sobre la sábana bajera. Tumbado boca abajo, apoyaba las rodillas en el colchón de modo que la cadera quedaba alzada, ofreciendo las nalgas al sacerdote. El ano se veía rosado, rodeado por un círculo de tentáculos que ondeaban como pétalos de carne.

Ricardo no notó cómo las lágrimas mojaban el manual, ni fue consciente del modo en que llevó a término el ritual. Sólo fue capaz de rezarle a Dios para que hiciera acto de presencia y expulsase de allí al monstruo de maldad que había convertido un cuerpo inocente en aquella abominación. Consciente a medias continuó hasta el final, repasó todas las fórmulas, oró con todo el fervor de su corazón y por fin se oyó pronunciar, con una voz que no era del todo suya:

—Te exorcizo, antiguo enemigo del hombre. Sal fuera de Félix, a quien Dios creó con amor. Te lo manda nuestro Señor Jesucristo, cuya humildad venció tu soberbia. Enmudece, padre de la mentira. Eso te ordena Jesucristo, Sabiduría del Padre y Esplendor de la Verdad. Retírate por la fe y la oración de la Iglesia, huye de aquí por la fuerza de la Santa Cruz. Nuestro señor te lo ordena. Él que vive y reina por los siglos de los siglos.

—Amén.

El niño yacía, desmayado, en su cama y la temperatura de la habitación volvía a ser normal, pero el sacerdote sentía frío. Los padres, obedientes, entonaban el cántico de acción de gracias con las voces tomadas por la emoción. Les acompañó. También él sentía el alma iluminada por el agradecimiento.

Recordad: el resto del relato lo encontraréis pinchando en este link.

Ombligación – Poema de terror disfrazado

FEAT-ESCRIBIRMientras escribo textos largos en magnífica prosa del siglo XXI, destinados todos ellos a ocupar los anaqueles de las librerías y bibliotecas más selectas, me asaltan emociones que no requieren más que unas pocas palabras.

Antes las dejaba en barbecho, pero engordan.

Ahora las administro por goteo.

Podéis leer aquí el poema de hoy: OMBLIGACIÓN


 

Poesía: hoy es mi día II – Poet a Porter

FEAT-ESCRIBIR

 

 

 

 

 

 

 

De lectura rápida y,

sobre todo, limpia.

Que use bien de palabras:

insondable, proceloso,

infinito, eterno, poderoso.

Que no use vagina ni vaselina.

Que entre suavecito

y se vaya cual llegó:

como un vídeo de gatitos.

Que use rimas y

Ritmos tenaces;

que abuse de términos sin

dejarnos terminales.

Que defienda la paz

la libertad en todo

menos en el verso.

Que cuente sílabas,

que se deje de cuentos

que nos incomodan.

Queremos poetas

Estilosos.

A la moda.

Poesía: hoy es mi día

FEAT-ESCRIBIR

 

 

 

 

Poesía soy yo

¿no lo ves?

Estoy viva,

respiro,

a pesar del viento helado

y de la muerte fría.

Vivo, veo, vibro.

Hoy es mi día.

También lo eres tú:

Poesía

¿no lo ves?

No importa.

No es cosa

de puplias.

Cuidado con 36, de Nieves Delgado. Es una novela peligrosa.

FEAT-LEEREn mi último post hablaba de la iniciativa “Adopta una autora” y decía que soy una de las autoras adoptadas. Bien, la persona que me ha adoptado es precisamente Nieves Delgado, la autora de la novela sobre la que estás a punto de leer mi opinión.

Es una opinión positiva.

Cuando compré la novela Nieves y yo bromeamos sobre que si me gustaba quedaría raro que hiciera una reseña. Por lo de la endogamia y lo de atusarnos mucho el pelo la una a la otra.Pero es que pasa una cosa. Nieves y yo no somos amigas. No somos leales la una a la otra, ni nos queremos, ni obtenemos ningún beneficio económico o emocional por decir lo que opinamos sobre la obra de la otra, sea esto bueno o malo. Ella ha decidido darle visibilidad a mi trabajo mediante mi “adopción” y yo me he leído su novela y me ha gustado.

Si no lo dijera porque “queda raro” estaría mintiendo por pasiva, que es como mentir por activa pero se ve menos. Y además estaría haciendo una cosa fea, fea, fea: estaría tratando a Nieves peor que Pérez Reverte, de quien sólo sé lo que he leído y al que reseño cuando coincide que me tropiezo con alguna novela suya. Por ejemplo, El tango de la guardia vieja.

No sé cómo están los mundos para que tenga que callarme una opinión positiva porque pueda quedar nepotista. Una opinión sincera, coño.

Bueno, sí que sé cómo están. Lo dice en 36.

36 parece una novela, pero no estoy segura de que lo sea.

Cuando la abres, tiene pinta de novela sí. Y la conserva durante algunas páginas. Hasta que una se da cuenta de que en realidad se trata de un empleo para dummies del método socrático. Creo que Editorial Cerbero la ha publicado en la colección Wyser porque salen robots, pero se parece más a una historia de terror. También se parece mucho a la vida, así que podría ser una novela de docuficción.

36 pasa brevemente por encima de la historia de una IA (Inteligencia Artificial), la que hace el número 36, pero cuenta una fea historia acerca del ser humano.  Disecciona aspectos básicos de la naturaleza humana y llega a algunas conclusiones a las que yo había llegado previamente. Como se trata de un bolsilibro no puedo decir qué conclusiones son esas porque entraría en el proceloso y dañino mundo del spoiler.

36

Sí que puedo decir, aunque no sea buena publicidad esta para un libro, que no es una obra para todos los públicos. Os cuento mi proceso lector: para empezar, yo creía que iba a leer una novela al uso, así que me he puesto a leer una novela. Eso ha tenido como consecuencia que no disfrutara del primer tercio. Porque está narrada con una prosa precisa, no diré que técnica pero sí muy pensada, carente de emoción. Si habéis leído más reseñas mías –opiniones en realidad– sabréis cuánto valoro la emoción en las historias que leo.

Una vez asumido que el libro no iba dirigido a mis entrañas sino a mis neuronas, las he puesto a funcionar a pleno rendimiento. Eso me ha hecho ponerme alerta de varios defectos menores de la obra que no tienen por qué parecerles defectos a todo el mundo. El primero es que veo, en la aplicación del método de la pregunta y la respuesta, un reflejo muy evidente del modo en que la autora se comporta, cuando le apetece, en redes sociales. He leído a Nieves en directo cuando da explicaciones, cuando confronta al interlocutor con sus propios prejuicios y lo hace igual que 36. Repito, cuando le apetece, que es muy suya Nieves para lo de educar gratis. Eso me ha sacado de la historia. No le pasará a quienes no lean su muro de Facebook. Darme cuenta de esto me ha llevado a su vez a preguntarme si más que una novela no sería un vehículo de opinión. Eso no me ha gustado mucho, es de hecho el segundo defecto de mi lista. No me gusta que me adoctrinen. Pero mi reacción natural, que ha sido cuestionar a 36 y sus conclusiones, me ha demostrado que son cuestionables, que muchas de ellas no quedan resueltas en la novela de manera tajante. Así que, bueno, me he reconciliado.

Quizá lo menos bueno de la novela sea el desequilibrio estructural. Para llegar adonde Nieves ha querido llegar (y llegado) eran necesarios al menos dos puntos de vista: el del robot y el de la raza humana. El punto de vista del robot está muy bien resuelto. El elemento mejor utilizado es sin duda esa prosa fría capaz de apuñalar un corazón sin que salpique la sangre. Ayuda mucho que la novela huya como del diablo de la emoción. Ojo a lo que digo ahora porque lo digo yo, la que valora los textos emocionantes y eso: haber dado a esta novela una sola pincelada de lo que comúnmente llamamos sentimientos habría sido TRAMPA, habría sido sobreactuar y habría sido un fracaso.

Dicho esto vuelvo a lo del desequilibrio estructural: tres cuartas partes de la novela nos ponen en el sintético pellejo de 36 y solo una cuarta parte se dedica a explicar la reacción de TODA la especie humana. Es verdad que a la autora no le hace falta más (a esta lectora tampoco), pero disfrutar la novela tal cual está requiere un ejercicio intelectual que no está al alcance de cualquier lector. No es que el final sea apresurado, es que el proceso para llegar a él, por mucho que sea el único final posible, requiere de una gran capacidad para el razonamiento rápido. Y la cuestión es que Nieves Delgado está hablando de cosas muy gordas, muy peludas y con mucho peso. Yo habría agradecido un poco más de tiempo entre el segundo plato y el postre. Ahora me he comido los tres platos pero tengo un poco de empacho.

Podéis apalearme por mi inexistente humildad mientras regreso a lo de que no es una novela para todos los públicos.

No lo es porque requiere conocimientos previos; sobre todo de uno mismo, de los prejuicios que cada uno acarrea. Quien no sepa eso de sí mismo no podrá disfrutar de los matices de 36. No podrá encontrar la emoción maldita, que no está escondida entre las páginas de la novela, sino en la capacidad de ver del lector. Pero no basta con ver. Para leer 36 hasta el fondo hay que hacer otro ejercicio, de honestidad esta vez. Porque de otra manera se haría una lectura intelectual y fría. Y no merece esto un texto que te está preguntando si sabes quién eres. Si de verdad sabes quién eres.

Yo desayuno a menudo después de lavarme la cara y el existencialismo. Lo paso mal porque cada dos o tres días pienso que es que no, que la vida no, que esto, sentido, lo que viene a ser sentido… Vamos, que no. Pero bueno, me froto con jabón y voy tirando. 36 ha sido, para mí, como levantarme de la cama. Ahora toca frotarme bien. Con exfoliante. Para que se me pase el mal rollo.

Como diría una amiga mía, es esta una novela incómoda porque apela a la verdad del lector y no a la verdad escrita en sus páginas.

Y por eso los lectores incautos y los lectores inexpertos quizá se lleven una sorpresa desagradable. Todos los demás la disfrutarán y la guardarán en el sitio donde se guardan las verdades. Ahí la he puesto yo.

Adopta a una autora: la antítesis de un relato de terror machista.

FEAT-VIVIR¿Cuántas de vosotras, cuántos de vosotros, habéis dicho alguna vez eso de que las peores enemigas de las mujeres son las mujeres?

Pocas cosas hay que me hastíen tanto como esa afirmación.

La última conversación que tuve al respecto, en Facebook, hace ya algunos meses,  terminó con el cruce de dos mensajes entre otra mujer y yo. Yo había dicho que en mi vida profesional las mujeres jamás me habían apuñalado por la espalda. Ella contestó que qué buena suerte había tenido, que su experiencia era otra muy distinta. Mi último mensaje fu: qué mala suerte has tenido, mi experiencia ha sido la que ha sido.

No, las mujeres no somos nuestro peor enemigo. Se me cae la lengua a trozos y las yemas de los dedos se me despegan de decir que las mujeres hemos sido educadas en el mismo sistema lamentablemente machista que los hombres. No tenemos más responsabilidad que ellos de vivir donde vivimos ni debemos exigir a una mujer mayor conciencia feminista que a un hombre. Eso, queridas y queridos, es machista.

¿Que nos duele más contemplar cómo una mujer obedece las reglas del heteropatriarcado este? Pues claro, que nos duele.  Pero hay que distinguir entre lo que deseamos y el reparto de responsabilidades por lo que no obtenemos. Si hombres y mujeres deben disfrutar de igualdad de oportunidades y derechos, esa igualdad hay que aplicarla a la responsabilidad de educarse en el feminismo (y al derecho a no hacerlo, ellos y ellas sabrán).

En cualquier caso, venía yo a hablar hoy de una iniciativa surgida de un grupo de mujeres que beneficia directamente a otras mujeres (y luego ya a todo el mundo): Adopta a una autora. Un proyecto que consiste en dar visibilidad a la literatura escrita por mujeres. Hombres y mujeres por igual tienen la oportunidad de sumarse a este proyecto adoptando a una autora. La adopción, que se realiza rellenando el formulario de la web, consiste en (cito el blog del proyecto): “El objetivo del proyecto Adopta una autora es dar a conocer la vida y obra de autoras pertenecientes a todas las épocas, nacionalidades, lenguas, géneros literarios y formatos de lectura. Para ello, una persona adopta a la autora de su elección para hablar de ella todo lo que pueda y más. Este proyecto es de larga duración. Estamos hablando de meses, incluso años. Hay que dedicarle tiempo, esfuerzo y muchas ganas.

Como su nombre indica, «Adopta una autora» consiste en adoptar a una escritora durante un periodo indefinido de tiempo en el que hablarás, escribirás y compartirás información sobre su vida y obra. El objetivo es promover, difundir y dar a conocer a la escritora que adoptes.

La colaboración no tendrá ningún tipo de remuneración económica.”

Es decir: hombres y mujeres (muchas mujeres por lo que he visto en la lista de autoras adoptadas, entre las que me encuentro) trabajan gratis para beneficio de otras mujeres.

Habrá quien diga que sí, pero que esto no invalida todas esas experiencias propias en las que horribles mujeres de la especie trepa han apuñalado por la espalda a otras mujeres en entornos laborales. Me da una pereza increíble hablaros de que eso no es una cuestión de ser o no malas mujeres, sino una pura cuestión de cultura del trabajo. A ver si ahora los peores enemigos de los hombres van a ser los hombres trepas. No: los peores enemigos de los trabajadores no son los otros trabajadores.

Claro, que es lunes.

Centrémonos. Para colaborar con esta autora en particular (donde colaborar significa ayudarla a que siga escribiendo), puedes dirigirte aquí.

Los átomos, querida

Origen: Los átomos, querida

Cuando comencé a escribir: mi primer relato publicado sí que era de terror

FEAT-ESCRIBIR

He pensado que sería buena idea hacer un poco de historia. Lo he pensado, claro, porque me encuentro en un momento tumultuoso y melancólico -pero positivo-. Así que os contaré mi primera experiencia en el mundo literario que, para ser honesta, ni siquiera tuvo lugar en lo que los adultos llamamos, haciendo un soberano alarde de estupidez, mundo real.

Publicaron mi relato FRÍO, GRIS. FRÍO AZUL. FRÍO en el primer suplemento literario de la revista “Noticias Deusto”. Sí, la fotografía que ilustra este post corresponde a la portada de aquel número de 1996. Se trata de una historia de dolor -de mi dolor-, de alguien que detestaba su vida a todos los niveles: odiaba a mi familia, odiaba la universidad, odiaba el mundo y me odiaba a mí.

No está mal haber vivido 20 años más para poder contarlo, aunque sea con un nudo en el estómago.

En cualquier caso, estos días he recuperado aquellos escritos y algunos otros: relatos premiados en concursos, dos ejemplares de una revista barra fancine barra madre mía qué ingenuidad la nuestra, de la que editamos dos números. Tengo mcuhas ganas de compartirla con vosotros. El segundo hasta tiene publicidad y el precio escrito a mano: 200 pesetas. Entonces no eran antiguas. Eran pesetazas.

¿Que por qué lo publico ahora? Pues porque no estaba mal escrito aunque la versión presente se ha editado ligeramente para corregir la profusión de “eras” y “estabas”; pero sobre todo porque la temática no ha variado demasiado: sigo escribiendo sobre personas que sufren y sobre familias rotas. A veces salen vampiros, a veces salen fantasmas y a veces naves espaciales.

Y esto no es más que la demostración de que no hay ninguna diferencia entre esos escritores serios a los que les dan escaparates y premios millonarios y nosotros, los escritores igualmente serios que tenemos que defender que las invasiones extraterrestres y los hombres lobo merecen tanto respeto como un señor de nombre Ulises. Como cualquier señor llamado Ulises.

Si Cervantes levantase la cabeza…

Pero no la va a levantar, así que os dejo con mi cuento, con el cuento de una yo de 22 años.

Disfrutad y sed piadosos. Ambas cosas son gratis.

UD BERRIAK